Revista Palta | YO NO NECESITO PODER
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YO NO NECESITO PODER

Por Ignacio Moulia.

Pido un café doble y me lo traen enseguida. Afuera hace mucho frío para ser otoño. Adentro, un poco también. Me dejo puesto el saco y la bufanda. Abro el libro que estoy leyendo. En una mesa hay una chica que también lee y a la que me encantaría ir a preguntarle qué es lo que lee, pero me quedo sentado con mi café y con mi libro. Soplo el café. En otra mesa hay una señora con cara de estar tratando de acordarse de algo mientras hace un sudoku. Tiene un tapado de piel. Por la puerta entran dos oficinistas. No es prejuicio, se nota que son oficinistas. Además estoy en un café en pleno centro y son las tres de la tarde. Tienen que ser oficinistas. Escucho que uno le dice al otro: y, sí, si somos un país subdesarrollado.

Tengo el libro abierto, no lo leo, miro las palabras ahí, pero no puedo pensar en otra cosa que no sea el oficinista diciendo país subdesarrollado. Con un poco de resignación, con algo de bronca. Con el mismo tono que seguramente les escuchó a todxs los que le enseñaron que somos un país subdesarrollado y que eso no se puede cambiar. Porque suena así: como algo definitivo. Ahora me siento un poco incómodo. De repente, me aprietan las zapatillas, se me achica la ropa, se me calienta el estómago. Me escondo atrás del libro y hago lo que más me gusta hacer en los cafés: escuchar conversaciones ajenas.

Un oficinista habla y el otro sólo escucha, pero parece estar bastante de acuerdo. Tal vez por eso no habla. Porque el otro está describiendo de una manera muy precisa lo que él también piensa. Y lo que dicen (o dice uno y con lo que el otro está de acuerdo) es que somos un país subdesarrollado porque hay dos tipos de países: los que son desarrollados y los que no. Y los que no alcanzamos los estándares que, si será curioso, imponen los que sí son desarrollados, bueno, es una ecuación muy fácil. Ahí se me ocurre que si yo me considerase el mejor en algo y después descubriera que hay otrxs que lo hacen distinto, y yo tuviese el poder suficiente como para hacerles creer que lo que yo hago es lo único válido y que ellxs tienen que abandonar toda su formación, toda su historia, toda su idiosincrasia, todo su bagaje cultural para tratar de imitarme… Bueno, yo seguramente no lo haría, pero tampoco creo que el oficinista me considere un tipo desarrollado.

Lo que me gustaría preguntarle al oficinista es qué entiende él por desarrollo. O, por qué no, qué es lo que le gustaría que imitáramos de esos países desarrollados. Si lo que le gusta es la horizontalidad moldeada a los puños, o sus altísimos niveles educativos a tan módicos precios, o sus sistemas de salud pública que no saben de diferencias entre clases sociales ni nacionalidades, que no te dejan tiradx en la calle si no tenés la burocracia necesaria, que no te hacen esperar una semana entera para sacarte el apéndice o una muela, que hacen juramentos hipocráticos que a veces se confunden con un contrato. Me gustaría preguntarle si el desarrollo de dos regiones con historias totalmente diferentes puede ser el mismo. Le diría que cada cultura tiene su ritmo y eso no significa que ninguna esté rezagada porque rezagarse es respecto de otrx, es comparar la distancia que recorrieron en el mismo tiempo en un lugar delimitado. Y si cada cultura tiene su tiempo, si cada cultura se hace a sí misma, no se la puede apurar. Menos si ese incentivo viene desde afuera de la cultura.

Veo que la chica está pagando el café y me mira. A ella me gustaría preguntarle si está de acuerdo con lo que me gustaría preguntarle al oficinista. Yo creo que sí. Los oficinistas ahora alternan, uno crítica y el otro asiente. La chica los escucha y pone cara de asco. La vieja sigue con su sudoku. Se me ocurre que, en realidad, esos oficinistas no tienen la culpa. Les contaron el cuento de que hay un ellos y un nosotros y nosotros tenemos que apuntar a ser ellos. Porque ellos son más fuertes, más lindos, más ricos, más todo. Sí, puede ser que te den ganas. Es creíble. Suena lógico. Hasta que te das cuenta de que ellos no son ni más lindos, ni más fuertes, ni más nada. Y ahí nomás se me ocurre una idea impecable, mi futuro epitafio: mientras nos creamos subdesarrollados y actuemos como subdesarrollados y nos vistamos como subdesarrollados y estudiemos como subdesarrollados y amemos y odiemos como subdesarrollados, vamos a ser subdesarrollados. Tautológicamente.

Tiro unos billetes sobre la mesa y me voy a buscar a la chica que leía, a ver si la termino de convencer con mi ocurrencia. Su mesa está vacía. Antes de irme, miro a los oficinistas y los puteo en voz alta. No entienden.

Colaboración
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