Revista Palta | ¿VIRGEN MARÍA?
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¿VIRGEN MARÍA?

La primera vez que me contaron qué significaba el sexo, yo tenía 5 años. Mi vieja no tuvo alternativa porque mi hermano, cuatro años mayor, ya lo había aprendido y utilizaba el término para molestarme con un maestro de la escuela que tenía muy mal aliento y feos dientes. Vos te vas a coger a Ricardo Emilio Potetti, me cantaba. Así que desde los cinco que sé lo que es coger, pero la noción de la virginidad la aprendí a los 12.

Esto no tuvo que ver con tradiciones religiosas. Tuve una crianza y educación laica pero con celebraciones mixtas, mi mamá, de familia judía, se decía atea; mi papá, de familia católica, agnóstico. La fe en mi familia estaba más arraigada al pan dulce y los knishes de papa que a esas fechas que nos unían a celebrar.

Supongo que por eso mi primera idea de la virgen, o de la virginidad, no estuvo ligada a un dogma religioso ni a la figura de la mamá de Jesús. Tampoco tuvo que ver con llamarme María a secas. No. A ese figura mítica la conocí mirando Rebelde Way con mi mejor amiga, y esa virgen tenía nombre y apellido: Mía Colucci.

Descontroladas por la aparición de hormonas en la pubertad, con un Felipe Colombo que todavía no entiendo qué me generaba, con Nadi empezamos a indagar y así llegamos al himen. Eso que le contaba Mía a sus amigas de la novela, cuando les decía que ella iba a esperar hasta los 15 para desvirgarse con un hombre. Porque, claro, para ese entonces la sexualidad estaba sujeta al parámetro heteronormado que nos bajaba Cris Morena en sus producciones.

La revolución hormonal que estábamos viviendo era tan evidente que la mamá de Nadi nos dejaba libros de educación sexual ubicados estratégicamente para que los leyéramos. Entendimos: El himen es una telita finita que se rompe cuando tenés tu primera relación sexual, pero también se te pudo haber roto sin haberte dado cuenta. Cuando se rompe el himen, se deja de ser virgen.

Nadi era súper atlética y andaba mucho en bicicleta así que, sin decirle nada, asumí que ella era la que corría el riesgo de haber sido desvirgada sin quererlo. Yo, perezosa y sedentaria, creía que tenía más chances de dejar de ser virgen a los 15, con esa ceremonia triunfal de un pene que eliminara mi barrera; como si algo se tuviera que romper para conocer el placer real.

Muchas veces intenté tantear con mis dedos a ver si estaba esa telita. No hubo caso. También para cuando tenía 14 años, las que habían sido desvirgadas me llenaban de miedo. Eran como heroínas, como excombatientes de guerra. En ronda las escuchábamos para que nos contasen la experiencia. Duele un montón. Es clave que el chico te quiera y lo haga despacio, si no la pasás peor.

Ok. Entonces además de superar el miedo a la penetración, tenía que conseguir un novio antes de los 15.

Cada vez escuchaba más leyendas al respecto, y quería pronto hacer mi propia idea de lo que era coger. No alcanzaba con disfrutar el toqueteo con mis “chapes”. Intentaba ser suave con mis movimientos pélvicos para no regalarle al galancito del momento lo que pensaba que era la coronación de mi sexualidad femenina. El himen se tenía que romper con amor.

Para mis 15 años, las fiestas de cumpleaños tipo casamiento de mis amigas me pusieron más vanidosa que intrigada por el sexo opuesto. Ese año que Mía había planeado como el momento ideal para coger, estaba siendo interrumpido por vestidos y bailes, y por la idea que iba construyendo sobre la conquista. Porque, para ese entonces, los besos y el franeleo ya no eran suficientes. El tema del novio era clave para retomar el objetivo que traía desde los 12.

En esa etapa sufrí mucho. Mi búsqueda por un chico que tenía que ser más grande –porque las normas en la adolescencia son más crueles que reveladoras- me trajo mucho dolor. Me enamoré sin querer de un chico mayor que yo; atlético, lindo y sensible. Pero pelotudo. Lo que yo pensé que era la previa de una relación de amor, terminó siendo una propaganda política en mi contra. “Maru toca la pija y bombea”. Cuando me contaron del rumor tuve que preguntar qué era bombear, y dudé si realmente lo había tocado o si estaba muy borracha.

Los chicos me empezaron a dar miedo. No eran como Felipe Colombo y no tenían tanta hambre de amor como yo. Concretar su sexualidad marcaba el inicio de su masculinidad. Y la mía marcaba el fin de algo que nunca entendí demasiado bien: ellos debutaban, pero yo me desvirgaba.

Pasaron dos años de sufrir más por los hombres que por la idea de dejar de ser la virgen María. Al momento de conseguir novio, y ya sucia de desconfianza por el sexo opuesto, dejé pasar el tiempo que consideraba necesario ante la gran ceremonia. Pensaba en el himen y tenía que estar segura de que este chico me iba a cuidar y que no me haría doler, ni aún rompiéndome algo. Que él iba a ponerse su “propia telita” y que tenía que ser marca Prime.

Mi primera vez no tuvo nada de especial. Un poco me molestó no encontrar ningún rastro de himen en las sábanas, y mi versión fue muy distinta a la de la prensa: no me dolió, no me disgustó, no fue nada raro. Fue un día más, pero para el mundo en el que vivía tenía que agendarlo y recordarlo como el día en que dejé de ser algo que, creo, nunca fui.

El hecho de desvirgarme implicó, solamente, conocer otra forma de placer. Me hizo entender que compartir la intimidad era mucho más difícil de lo que pensaba; exponerse, desnuda y entregada, ante otro en la misma.

Mi himen se rompió cuando descubrí cómo era mi intimidad, con quién la quería compartir y qué quería hacer con ella.

Hoy puedo decir que la sexualidad me hizo sufrir mucho. Antes y después de haberla debutado. Que la primera vez se repite cada vez que conocés a alguien. Que el temor migra a otra clase de dolor, y que se construye otro tipo de “himen” que es mucho más difícil de romper. Y su ingrediente principal es la desconfianza, y los mambos que me quedaron después de tantas veces de estar con tipos que no quisieron ponerse un  forro, o que buscaron dominarme en la cama como si mi placer fuera inexistente; que me empujaron la cabeza hacia su pene con la misma actitud con la que se le enseña a un cachorrito a hacer pis en el diario; que tengo que ser una puta en la cama y sino me cagan; que mejor depilada y linda como el parámetro impuesto, o sino no tengo relaciones.

Al final, el cuerpo y su biología fueron mucho más piolas de lo que parecían. Las relaciones humanas y su psicología, no tanto.

 

Maru Labat
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