Revista Palta | VIEJXS SON LOS TRAPOS
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VIEJXS SON LOS TRAPOS

¿Qué pasa con el cuerpo viejo? ¿es el cuerpo viejo un sujeto político? ¿cómo se integran la vejez y la teoría de género? ¿es la vejez una fatalidad? ¿una patología? ¿un proceso natural? ¿pensamos en ella en nuestro tiempo libre? ¿ la vejez es sabia? ¿es infantil? ¿tenemos ganas de preguntarnos sobre ella?

De la muestra Cuerpos (no) representados de Miguel Ángel Bengochea, me fuí con más preguntas que respuestas.

En la galería Jacques Martínez este año se lleva a cabo un ciclo con el nombre de “Cuerpos”, que busca problematizar la representación del cuerpo humano en las artes visuales. La primera exposición de este ciclo es la de Cuerpos (no) representados, de Miguel Ángel Bengochea, una serie de obras realizadas durante los 80’ y los 90’ que se pregunta por la representación, dicho sin tapujos, del cuerpo de las mujeres viejas. A la vez, la muestra es acompañada por una selección de publicidades realizada por las galeristas: publicidad anti-age que va más o menos desde 1930 hasta la actualidad sacadas de la Revista Para Ti y Claudia. El mensaje es contundente y se resume en uno de los slogans:  “La mujer que es vieja pierde la dicha”.

Lo primero en lo que pienso cuando termino de ver las imágenes publicitarias es un sentimiento muy cotidiano, interno y que no se hace tan evidente de lo arraigado que está en mi cuerpo, “cuánta presión”. El target es casi único en esto: la población femenina.

Para acompañar la muestra, además se organizó un foro en el cual cuatro personas de distintas disciplinas acompañaron el debate sobre las representaciones del cuerpo femenino en la vejez: un historiador del arte, una especialista en género, una socióloga, una persona del ámbito de las políticas públicas.

Me interesa reproducir algunos de los discursos de los especialistas. Desde el discurso demográfico,  hay varias posiciones que las mujeres ocupamos en la esfera social y política: la reproductora, que pasa a “productora” con la inserción masiva de la mujer en el mundo del trabajo, y que se abandona finalmente, con el pasaje a la vejez marcado por un hito: la menopausia. Las mujeres tienden a vivir más que los hombres y la tendencia mundial es a vivir en un mundo cada vez más envejecido, algo que, personalmente, ni siquiera registro ¿Cómo es que los viejos hoy se volvieron invisibles?

Desde el discurso de las políticas públicas: la vejez se vive como patología, como si la palabra “enfermedad” fuera su sinónimo. Las políticas públicas se efectúan desde una óptica farmacológica y geriátrica: los viejos son el objeto de consumo de los medicamentos y el mercado explora este potencial, como si fueran un sujeto homogéneo. Es la realidad de la biomedicalización de la vida y la muerte en todas las etapas de la vida y sobre todo en la vejez, como si no existieran viejos sanos y jóvenes enfermos. El mercado y el estado tienden a homogeneizar a los sujetos políticos.  

En contraposición, otra de los expositoras contó su experiencia en el Borda, a partir de la cual desarrolló un dispositivo llamado “historia vital del trabajo”, en el cual la pregunta clave para trabajar con los adultos mayores de la institución estaba más relacionada con la experiencia vital y el deseo. ¿Qué cosa en tu vida es para vos inolvidable?, la pregunta llevaba a que ellos pudieran reconstruir sus historias a partir del goce, y salir del lugar de la patología. Desde ahí podían posicionarse de manera diferente. Quizás sería interesante pensar en sus cuerpos subversivos, mediante reivindicaciones corporales que puedan subvertir el orden, como aquellos que ya están ahí apareciendo.

Las mujeres que aparecen en las pinturas de Bengochea tienen mucha identidad y gritan lo que los medios hegemónicos intentan ocultar: los pliegues, las arrugas, el cambio físico, todo eso como en un primer plano, otros cuerpos hegemónicos y sin identidad aparecen por atrás, en segundo plano, al revés de lo que vemos y nos figuramos en la vida cotidiana.

Para Susan Sontag, hay un doble estándar que se sostiene: la mujer tiene que llegar “bella y sana” a la vejez, o tiene que mantener este estatus durante toda su vida, mientras que esta exigencia no existe para el hombre.

La vejez para mí opera en la misma clave que en la de los medios: como soy bastante negadora pienso que a mí nunca me va a pasar o que llegado el momento me abocaré a la espiritualidad o alguna causa política o a algo relacionado a la entrega de algo que me relacione al colectivo, no sé por qué operan en mí esas fantasías. Creo que es porque registro la vejez desde ese lugar, muy alejado, oculto, idealizado, como de góndola de supermercado, casi como un producto televisivo.

Sí llego a una conclusión contundente: la mujer vieja no existe, porque nadie la hace visible,  o se transforma en sabia venerable o sigue representada como desde hace siglos: para la mirada masculina.

Julieta Blanco
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