Revista Palta | VIAJE AL CENTRO DE MÍ MISMA
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VIAJE AL CENTRO DE MÍ MISMA

Por más que hubiese querido volver a casa, me alejaban de ella miles de kilómetros. Me hizo bien sentir que estaba sola de verdad.

Llegué a Madrid el 5 de diciembre y lo primero que hice fue ir al supermercado. La adrenalina se apoderó de mi cuerpo cuando guardé mi mochila en el locker y agarré un canasto. Ahí empezó la aventura. Tenía calculado el presupuesto desde el primer momento: 30 euros por día con hospedaje y transporte ya pagos. Empecé a caminar por entre las góndolas y compré lo que quise en la cantidad que quise. No miré precios, agarré con libertad los distintos productos en exposición. Chocolate, alcohol, comida pre-hecha, panificados varios. Fue un gran “just do it” gastronómico. El primer síntoma de libertad y relajo. Estaba sola, y no me importaba ninguna opinión que no fuera la mía.

Esa misma noche, mientras cenaba mi lasaña hecha en microondas, charlé con un Francés que paraba en el mismo hostel que yo. Hablamos de nuestras vidas y, pasado un rato, le confesé mis secretos más profundos cual niñx de 12 años que va a la Iglesia y le cuenta al cura que se masturba, en busca del “yo te absuelvo de todo pecado”. No había juicio, lo más probable era que no lo viera nunca más en mi vida. Escuché todos los consejos que me dio, sabiendo que no los iba a tener en cuenta. Por falta de interés y por no entender la mitad de las cosas que me dijo dado que mi inglés es muy malo. Yo solo lo usé como excusa para escupir todas esas cosas que en casa me guardo por miedo a la opinión de mi gente.

Las redes sociales me recordaban que, si bien estaba lejos, seguía conectada con el “allá”. Desde el momento en el que compré los pasajes me encargué de que mis seguidores estuvieran al tanto del viaje que iba a hacer. Subí fotos a Instagram de todas las ciudades en las que estuve y mis historias reflejaban la mayoría de las actividades que hacía en el día. Algo en mí quería mostrar lo plena que estaba, “el triunfo”. No viajé tanto para no hacer sentir envidia aunque sea a una persona, pensaba.

Es curioso que estando tan lejos me haya sentido más libre que en mi propia casa. Y al mismo tiempo, no era necesario ir hasta el primer mundo y yéndome a cualquier lugar alejado de capital federal también hubiese disfrutado del momento “soledad y flash introspectivo”. Es en la comodidad de mi hogar donde me la paso convenciéndome de que hago lo que me gusta, cuándo y cómo me gusta, aunque en realidad soy más de esas que prefieren hacer sentir cómodxs a sus amigxs/familia/etc. Si la pregunta es “¿Qué película vamos a ver?” mi respuesta es “la que quieran”. Si hay que elegir a dónde salir a la noche, me adapto a lo que guste la mayoría. Si alguien tiene que ceder, soy yo la que lo hace.

No es cuestión de pasarme la vida viajando, aunque bien quisiera hacerlo. Creo que la capacidad que tengo de escucharme a mí misma no tiene que ver con la ubicación geográfica, aunque a veces sea más fácil creer que sí -y sentirme orgullosa cuando decido salir a andar en bici en vez de encerrarme a ver Intrusos, como si eso fuese lo mejor que hago por mí en la semana-. Hoy pienso que irme lejos me ayudó a sentirme mejor ahora que estoy cerca.

Quizás mi miedo a la soledad hace que concentre tanto mi energía en priorizar la opinión de lxs que me rodean por sobre la mía. El temor a que la gente se aleje de mí. Es ahí donde probablemente deba encontrar el equilibrio entre lo que quiero y lo que quiero mostrar. Dejar de pensar en conformar a todxs y empezar a prestarle más atención al deseo propio. Identificar qué estoy haciendo por temor a quedarme sola. Nunca creí que la respuesta a ésto iba a comenzar a gestarse justamente en soledad y alejada de todo lo que cuido con tanto empeño.

Paloma De La Jara
Paloma De La Jara
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