Revista Palta | UNA FUERTE AMISTAD QUE EMPEZÓ EN VOZ BAJA
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UNA FUERTE AMISTAD QUE EMPEZÓ EN VOZ BAJA

Con Vichu nos hicimos amigas a los cuatro años en un comprometidísimo pacto tácito. Fue a la misma edad que le supliqué a mis padres que me dejaran ir a dormir a su casa. Me dijeron que sí y fui feliz hasta que algún susto me despertó en la “mitad” de la noche.

Lloré desde mi colchón, primero despacio y después un poco más fuerte. Como nadie me escuchaba, fui a la cocina. Sabía que ahí iba a encontrar lo elemental para calmar mi angustia: mujeres adultas. Siempre fueron y serán mis escoltas y asesoras favoritas.

Una vez que las encontré les imploré que me llevaran a mi casa, pero sucumbí tras unos vasitos de agua, un poco de cariño maternal y un “son las diez de la noche, Jose. Es re tarde y tus papás deben estar durmiendo”.

Así comenzó a gestarse mi amistad más longeva. Corrí de su mano casi todos los recreos hasta tercer grado, cuando decidimos que lo de la mano era medio raro. Ese mismo año construimos nuestros primeros tres secretos:

EL CHARCO

Nos habían enseñado a hacer un molino de papel glasé en clase. Estábamos tan entusiasmadas con la tarea que le dedicamos una tarde entera a su construcción. Llegado el momento del veredicto, con la dificultad y el esfuerzo que implican las manualidades a tan temprana edad, todo salió mal. Las arduas horas de trabajo fueron tiradas por la borda ante el primer soplido que emané para que el papel girara. El glasé, tan prolijamente doblado, junto a la chinche que lo sostenía del palito, cayeron al piso como si nada. Nos dio tanta risa el fracaso que las esfínteres se me aflojaron como nunca. Inmediatamente buscamos un trapo, secamos “perfectamente” el charco de pis que dejé en el centro de la habitación y juramos no decir nada. Ni se nos ocurrió mi cambio de ropa.

EL CHUPELATÍN

Era ese chupetín de chocolate que venía con forma de conejito, de osito, de Papá Noel, etc. En este caso tenía la forma de un payaso. Lo encontramos en un recreo de nuestro disciplinado y pulcro colegio bilingüe. Entre la basura, adentro de un tacho, pero en perfectas condiciones. Lo miramos un rato y, después de evaluarlo lo suficiente, decidimos agarrarlo cuando nadie nos miraba. Lo llevamos escondido hasta el bebedero, lo enjuagamos con agua y nos lo comimos. Nunca más se habló del tema.

EL PÁJARO

Esta vez no había comida que nos interesara en aquel tacho, pero sí un pájaro muerto. Era un pichón y nos afligió que estuviese muerto ahí adentro, “así como si nada”. Lo inspeccionamos a la distancia todo el recreo y, justo antes de que sonara la campana, lo metimos en una bolsita.

Lo tuvimos colgado del banco – que obviamente compartíamos – todo el día. Hicimos chistes sobre la resurrección del pájaro moviendo la bolsa desde abajo y lo llevamos al resto de los recreos junto a nosotras para evitar que nos lo robaran o que lo descubrieran. El cuello escurridizo y sus ojos saltones eran las cosas que más nos llamaban la atención.

Cuando fue la hora de irnos, lo llevamos escondido hasta mi casa. Teníamos un objetivo claro. Juntamos dos ramitas, hilo y una pala, y corrimos hasta el jardín de la casa abandonada de en frente. Hicimos un pocito, tiramos al pájaro adentro, lo tapamos, clavamos las ramitas en forma de cruz en la punta de la tumba, contemplamos un poco la obra, lamentamos la partida y dimos por terminado el cristiano sepelio.

 

Hubo muchos más secretos que tuvieron la intención de permanecer ocultos por lo menos hasta la adolescencia, pero no siempre lo logramos. En segundo grado revelé uno con mi propio llanto ante la presencia de la psicopedagoga. Ella siempre interrumpía las clases con despotismo y, con poco tacto, exponía a lxs niñxs. Tanto a las víctimas como a los victimarios. Esta vez mi amiga y yo éramos culpables, por lo que el trabajo de la psicopedagoga podría haberse juzgado por bueno. Le habíamos tirado las medias al tacho de basura a una compañera y puesto en su mochila las figuritas de otra. Creíamos que el acto estaba perfectamente justificado porque un rato antes ella le había dicho “tu papá no te quiere” a una amiga que vivía sólo con su mamá. Hicimos todo durante la clase de educación física, a escondidas de nuestra profesora, cuando debíamos estar corriendo – actividad que odiábamos -.

También compartimos el momento en que decidimos dejar de hablar en neutro al jugar con los muñecos para hablar como hablábamos nosotras, en argentino criollo. No tardamos mucho en que nos dejara de dar vergüenza revelar este pacto. Con la sagacidad que da el crecimiento terminamos alzándolo como bandera y pensando que quienes no jugaban como nosotras eran un poco tontxs. No éramos niñas precisamente adorables. Eso sí, en quinto grado, cuando decidimos que jugar con juguetes era cosa de bebés, jamás le contábamos a nadie si se nos escapaba alguna que otra jugadita.

 

 

Por Josefina Terradas.

Colaboración
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