Revista Palta | UN SOSUKE QUE ME QUIERA COMO SOY
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UN SOSUKE QUE ME QUIERA COMO SOY

Mis amigos se ríen de mí, dicen que soy como la infantil del grupo. La que canta canciones de Disney, la que sabe los diálogos enteros de las películas de Pixar, la que “seguro pone Chiquititas para limpiar su casa”.

Un poco es así. Hay algo que encuentro en las películas infantiles que no encuentro en ningún otro lado. Y no tiene que ver con la inocencia así nomás, es un lugar físico al que vuelve mi cuerpo: viajo en el tiempo a ese momento donde dentro mío no había contradicción.

Mi favorita de todas las “infantiles” es Ponyo. La niña pez.

Sosuke, que vive con su mamá en una casa en un acantilado, encuentra un pez rojo con cara de nena, lo guarda en su balde verde y le pone de nombre Ponyo. A partir de ahí empieza una historia de mutua fascinación y amor estilo La Sirenita pero con mucha más onda, porque estamos hablando del genio de Miyazaki.

Una madre que putea y maneja como el orto. Una nena que se aferra a todos los objetos que alguna vez la hicieron sentir bien; que come jamón y corre por la casa. Un mago que está decepcionado de los hombres. Un mar que tiene vida. Un pueblo con miedo a la destrucción del mundo. Una nena que corre el peligro de convertirse en espuma.

Una película que me hace entrar en una especie de realismo mágico donde me olvido de que existen cosas como la mentira, la culpa, o los prejuicios. Me olvido incluso de la lógica y soy parte de un sueño, uno mucho más lindo que cualquiera de los que mi cabeza de “adulta” pudiera llegar a imaginar.

Lo que más me gusta es la idea del amor sin límites. Y no lo digo de manera cursi, me refiero al amor al que le tengo miedo, al que le escapo casi todos los días. El que es mucho más difícil porque implica la entrega total con algún otro; y no le tiene miedo al rechazo.

Que asume la diversidad con normalidad; que no tiene forma, ni edad, ni tamaño. No el que nos hace renunciar a quienes somos, sino el que hace salir a la luz a ese que está escondido. El que hace que Sosuke la reconozca cuando llega convertida. El que nos destapa y nos hace gritar de felicidad, como cuando ella grita sonriente la primera vez que se siente identificada con un nombre que le ponen: Ponyo.

Es difícil decirlo sin sentir que estoy repitiendo frases de libros de autoayuda; y gracias a dios la película no lo dice, sino no le creería. En vez de decirlo me lo muestra, me obliga a creerlo y me hace pensar en todas las niñas pez escondidas por el mundo que se viven tapando para sentir que son aceptadas. Desde cuestiones de género, hasta las que van a una primer cita con un manual de todo lo que deben y no deben hacer. Todas y todos lxs que hablan de los demás sin siquiera preguntarse si ellos también son parte de lo mismo.

Ponyo es la historia de una chica valiente, que se la juega y que defiende quién es. Ojalá yo pudiera ser tan valiente como ella, y ojalá tuviera un Sosuke que me quisiera así como soy. Porque yo también me escondo. Yo también, en el fondo, soy mitad pez.

Manuela Martinez
[email protected]