Revista Palta | UN CLÓSET QUE NO DEBERÍA EXISTIR
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UN CLÓSET QUE NO DEBERÍA EXISTIR

No pensé que militar pudiera ser algo que formara parte de mis intereses, quizás porque mis fanatismos no van mucho más allá de escuchar repetidamente una canción,  enamorarme de alguna actriz o flecharme con un personaje de ficción, y en eso encasillé siempre a la militancia: en la defensa ciega de un partido y el amor desmesurado por un referente político sin importar cuándo ni cómo. Como nunca nadie me representó como Perón a un camporista o Maradona a un bostero, la defensa de una causa política era para mí un imposible.

Sólo estaba teniendo en cuenta una única concepción de militancia. Esa del argentino que tiene algunas pautas políticas en claro- algunas muchas veces heredadas de generaciones anteriores- y defiende a toda costa los ideales y el partido. Ese sentido de pertenencia no podía ser para mí.

Por intermedio de amigas y amigos de mi novia de La Plata, en donde vivo hace siete años, conocí a un pibe estudiante de periodismo y con él nos descargamos contra la Néstor Kirchner. Días después me invitó a formar parte de la organización del festival Espacio Queer para laburar juntos en la difusión y la comunicación.

Así, empecé a interiorizarme con este mundo nuevo, con términos que desconocía y otros que conocía pero no sabía definir, a leer sobre actualidad LGBTIQ, a buscar noticias para compartir en las redes sociales del festival. Yo, que soy cero cinéfila. Pero encontré en un festival de cine el lugar desde el cual postularme a favor de los derechos de este colectivo. Encontré mi bandera y gente hermosa y diversa con quien levantarla.

Me encontré con otra forma de militar. Una que no se pone una remera con un nombre ni tiene un cantito, pero que sí tiene claro hacia dónde direcciona su lucha política y social. Espacio Queer sería, desde 2015, mi vía para reclamar igualdad y para postularme explícitamente a favor de los derechos humanos, en este caso específicamente los LGBTIQ y de todas aquellas minorías que vayan quedando bajo el ala de la sigla.

Hace unos años me di cuenta de que ser gay era, sin querer, la forma de mostrarles a mis amigas y amigos, a mi familia y a mi círculo social que el espectro de la sexualidad va más allá de la heterosexualidad; que los gustos sexuales y las identificaciones de género no tienen que condicionarnos a la hora de relacionarnos; ni para querer y ser queridos/as, trabajar, viajar, caminar, expresarnos y básicamente vivir la vida que queremos.

Si la sociedad es un abanico de identidades, preferencias y deseos, ¿por qué algunas y algunos tenemos que dar amor puertas adentro? Como si tuviéramos nosotras/os que cuidar al resto de las personas, porque no vaya a ser cosa que tengan que ver algo que no les guste.

La idea es, en definitiva, que podamos ponernos una camisa con corte de hombre y que no por eso seamos lesbianas, que tampoco seamos el travuco de la esquina porque nos identificamos con otro género, o el putito del barrio porque nos gusta Bandana.

Militar en cuanto a creer, pensar, expresar, reflexionar, querer un cambio -y activar para que eso suceda- está más a nuestro alcance de lo que pensamos. Nos puede ayudar a alejarnos de las primeras concepciones de, en este caso, lo queer, un término usado de forma peyorativa, en referencia a las personas desviadas, torcidas, salidas de los parámetros heteronormativos y cisgenéricos. Hoy, desde el festival rompemos con su uso despectivo; porque estamos orgullosos de representarnos desde una óptica que ambiciona con una sociedad realmente diversa, y que pueda expresar maneras de vivir e identidades que antes vivían ocultas para que algunos/as no se sientieran incómodos al ver a quienes antes tenían que esconderse.

Al fin y al cabo, milito defendiendo una idea, difundiendo femicidios, diciéndole a mi papá que es machista, saliendo de un closet que en un futuro ojalá ni siquiera exista, bardeando al patriarcado, leyendo, escribiendo, pensando, pero nunca callando.

Pasé de sentirme queer con mi familia y algunas personas, a formar parte de un espacio de cine cuando ni siquiera vi El Padrino. Así de diverso es Espacio Queer.

Ana Carrozzo
[email protected]