Revista Palta | UN ARGENTINO EN HOLLYWOOD
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UN ARGENTINO EN HOLLYWOOD

Estoy a punto de ver Green Book. ¿Qué me atrae de esta película antes de verla? Por un lado, ver una película “seria” realizada por Peter Farrelly. El director de dos películas que marcaron la comedia norteamericana de los 90´como Tonto y Re Tonto y Loco por Mary (ambas películas se tratan sobre ¡un hombre obsesionado por una mujer que no le corresponde a la que persigue y acosa!) de pronto quiere hacer una película ambientada en Estados Unidos en los años 60 sobre la relación entre un italiano racista que acepta ser chofer de un pianista negro en una gira hacia un sur aún más racista. Algo me seduce en todo esto, como cuando a Campanella se le ocurrió que Francella podía hacer un personaje dramático. Quiero ver qué sucede.

¿Qué más me atrae de Green Book? Tiene cinco nominaciones a los Oscar. Desde hace años que intento durante diciembre y enero ver la mayor cantidad de películas nominadas a esos premios. Es un pequeño placer culposo. Llegar a esa noche de febrero con muchas películas tachadas para poder disfrutar como un súper entendido de todos los discursos. Quiero ver a Brad Pitt llorar, mirar hacia el cielo y agradecerle a su abuela. La maquinaria Oscar funciona en mí. Y Green Book es una de las películas más nominadas: Mejor Película; Mejor Guión Original; Mejor Montaje; Mejor Actor de Reparto y Mejor Actor.

Aquí me detengo. Quien está nominado a mejor actor, quien hace de este italiano racista llamado Tony “The Lip” (El Labio) Vallelonga es Viggo Mortensen. Siento que en toda la sala hay una especie de acuerdo tácito, de algo no dicho. Nos sentamos todos y todas a ver a Viggo Mortensen como si fuese un hijo pródigo o un amigo al que le fue bien. Como si fuera el argentino de Hollywood. Nos sentimos parte de su carrera y nos sentiremos parte de su triunfo si gana el Oscar esta vez. Algo en nosotros dice: dale, que sea la actuación de tu vida, ganemos otro Oscar “Guido” (así le dijo una vez a Viggo el nefasto Bambino Veira).

Yo no sé si en el resto de los países sucede pero los argentinos necesitamos buscar un punto de contacto entre cualquier cosa y nuestro país. Viggo Mortensen es una de esas cosas. Es el dulce de leche en el hostel: “¿querés probar? Es muy dulce pero muy rico, parecido al nutella pero mejor”. Este actor estadounidense vivió parte de su infancia en Venezuela y también en Argentina. Ese hecho hizo que los argentinos nos pudiéramos vanagloriar de tener un Aragorn argentino. ¿Quién es Aragorn?: es el personaje de El Señor de los Anillos que Peter Jackson le dió a Viggo para convertirlo definitivamente en una mega estrella de Hollywood. Viggo, además, refuerza esta obsesión argentina con su fanatismo por el club de fútbol San Lorenzo de Almagro. Se viste con ropa azul y roja; va a premieres con las medias del club; se cuelga collares con el escudo de CASLA y en el 2012, cuando San Lorenzo casi pierde la categoría, Viggo siguió el partido por internet mientras esperaba subir a un avión y parece que gritó el gol salvador tan fuerte que, según él mismo publicó en Twitter, lo quisieron echar del aeropuerto.

Esas pequeñas anécdotas son levantadas en los medios argentinos como “la noticia” y seguramente Rial y compañía morirían por convertir a Viggo en parte de nuestra farándula. Alguna vez vi un meme que decía que Viggo era lo que le hubiera pasado a Gastón Pauls si en lugar de hacer Montaña Rusa se iba a vivir a Los Ángeles. Y en el programa de radio Basta de Todo de Metro y Medio jugaban al juego “Viggo o Mortensen” en donde había que apostar si tal o cual persona estaba viva (Viggo) o muerta (Mortensen).

Tal vez esta obsesión nuestra y este intento de argentinear cada vez más a Viggo Mortensen hayan hecho que en nuestro país este hombre de ya 61 años pase desapercibido como un gran actor. Haciendo una pequeña y rápida búsqueda en internet aparecen distintos personajes emblemáticos que vi a Viggo hacer a lo largo de su carrera: el amante y asesino a sueldo que contrata Michael Douglas en Un crimen perfecto; los dos increíbles y violentos personajes de las películas de David Cronenberg Promesas del Este (su primer nominación al Oscar) y Una historia violenta, y el padre de familia hippie de Captain Fantastic (su segunda nominación al Oscar). Además de otras perlitas como el amish con el que comenzó su carrera en Testigo en Peligro y su incursión en el cine argentino con Jauja de Lisandro Alonso.

Volviendo a Green Book: la película en sí, más allá de Viggo Mortensen, es una buddy movie y también una road movie, dos géneros que me gustan. Está basada en una historia real. De hecho, Nick Vallelonga, el hijo del Tony Vallelonga real, es uno de los productores y guionistas del film. Green Book es heredera en algo de Qué Bello es Vivir de Frank Capra y no puede evitarse tampoco la comparación con Mejor Solo Que Mal Acompañado, ese clásico de John Hughes que uno sí hubiera esperado que dirigiera Peter Fatterly. Además, es una película que trata sobre la dignidad y eso, cuando está bien contado, a todos y a todas nos lleva hasta el final. En este caso, de la dignidad de un hombre negro que está en una búsqueda existencial porque siente que nunca es ni suficientemente negro ni suficientemente hombre. Pareciera que así era la vida de un afroamericano en la Estados Unidos de comienzos de la década del 60: alguien que tenía que estar siempre medio escondido en el asiento de atrás. Hay cierta metáfora en la película entre ser conducido por otro o tomar el volante de tu propia vida. De hecho hay algunas decisiones argumentales en el tercer acto, cuando todas las cartas están sobre la mesa, que refuerzan esta idea. Pero no me gustan las críticas con spoilers innecesarios.  

Y volviendo ahora a esta mañana de cine en el Village Recoleta, en el primer momento en el que aparece Viggo en la pantalla, un pequeño rumor surca esta sala llena de sus hermanos y hermanas argentinas. Algunos ríen un poco, otros comentan algo por lo bajo y todos y todas piensan lo mismo aunque sólo uno, a tres butacas mías, lo dice: “che, qué gordo está Viggo”, que es casi como decir: “che, qué gordo está este argentino”.

Pero Viggo no es un argentino excedido de peso. Es un actor que tuvo que engordar 20 kilos para construir este personaje. Dicen que uno de los consejos que siguió fue el de comer pizzas dobladas a la mitad, como hacía el Tony The Lip real. Eso mismo hace en una de las escenas. En la película Cobra, Sylvester Stallone agarró una pizza y la cortó con tijera (¡escena que debería ya ser un gif!) pero ahora Viggo redobla la apuesta tomando una pizza entera, doblandola por la mitad y entrándole a boca limpia recostado en la cama de un motel.

El Tony The Lip de Viggo Mortensen es un deleite desde la primera hasta la última escena. Sólo ese personaje vale la pena para ver Green Book. No sólo modificó su fisonomía para el personaje, sino que también habla como si fuera un italiano de Brooklyn; maneja un humor fino y sutil; guarda por lo bajo el peligro y la violencia de sus personajes de Cronenberg y, un dato no menor: debe ser uno de los actores que mejor come en cámara. La escena en la que le enseña al personaje de Mahershala Ali a comer pollo frito (gran chivo a la vista de todos de Kentucky Fried Chicken) es tan sutilmente graciosa que uno se imagina a todo el equipo técnico conteniendo las risas detrás de cámara cada vez que Viggo se llevaba una alita a la boca.

Después de este pequeño análisis viggomortensiano, yo propongo: dejemos los argentinismos de lado y disfrutemos de este gran actor. Este personaje de Mortensen es para prestarle atención y para que, a los ojos de nuestro país, deje de ser Guido, “ese argentino al que le fue bien” y se transforme finalmente en el gran actor que es Viggo Mortensen. Subámonos a este carro conducido por Tony “The Lip” para adentrarnos en esta historia acerca de dos desconocidos que tuvieron que adentrarse en el sur profundo para enfrentarse contra todos los prejuicios (propios y ajenos) y salir de allí con una amistad que perduró en el tiempo.

Lucas Palacios
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