Revista Palta | TODOS LOS CONSEJOS QUE DOY PERO NO SIGO
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TODOS LOS CONSEJOS QUE DOY PERO NO SIGO

Adoro dar consejos. Lo adoro de verdad. Incluso hay veces que trato de llevar las conversaciones a ese terreno. Psicoanalizar a la gente es algo que siempre me salió bien. Sin embargo nunca pensé ni por un segundo dedicarme a eso. Ahora que lo pienso, me hubiera ahorrado muchas frustraciones si lo hacía.

De amor se muy poco, pero me hago la que sí. Suelo ser la primera en escuchar a mis amigas, sacar conclusiones apresuradas y decirles que opino al respecto: “Va a estar todo bien. Tenes que seguir tu instinto, están re enamorados. Viví el momento”.

Acá es cuando, si esto fuera una película, la escena la protagonizo yo. Estoy acostada en mi cama llorando, preocupada porque el chico que me gusta no me contesta los mensajes. No siento que vaya a estar todo bien, no sigo mi instinto, ni creo poder solo vivir el momento. ¿Por qué es tan fácil decirlo y tan difícil aplicarlo? ¿Por qué no somos sinceros con nosotros mismos? ¿A quien le mentimos?

Cuando las palabras salen de mi boca las digo con seguridad. Creo cada cosa de lo que pronuncio, pero después me preocupo por tonterías y saco conclusiones sin sentido. “Como el otro día le hablé yo a él, ahora tengo que esperar que él me escriba a mí”. Una deducción que no tiene razón de ser. Si una amiga me pregunta “¿Ay, lo llamo?” rapidísimo contesto: “Obvio. Hacelo. No entiendo eso de esperar que él te hable a vos.”

Claro que es así.  Hay millones de cosas que sin siquiera saber por qué, las hago una y mil veces. Pero eso sí, nunca dejaría que una amiga las hiciera. Me pasa con el amor, con el trabajo, con la carrera. Con muchas cosas.

Hace poco rendí el ingreso a una escuela para estudiar lo que, después de mucho tiempo, descubrí que me gustaba. Volví antes de mis vacaciones para prepararme bien, de verdad decidí ponerme las pilas. De todas formas me encargué de decirle a mi entorno que no me importaba si entraba o no, que simplemente estaba probando. La única premisa antes de rendir, fue esa. En el primer examen me saqué un 9. Ahí fue donde las cosas se me empezaron ir de las manos. La adrenalina, la emoción, el querer contárselo a todo el mundo, el orgullo. Pero todo lo que sube tiene que bajar, dicen. Solo me quedaba pasar una etapa más.

Fui el día de la entrevista con mucha seguridad. Es la parte que menos me asusta. A mi me encanta hablar y suelo estar segura de lo que digo. Sé argumentar lo que pienso. La gente me decía cosas lindas y se cansaba de asegurarme que iba a entrar. Intenté escucharlos, ser aconsejada y no consejera.

No entré. Me hizo muy mal, fue como ver caer toda una torre hecha de mi propia autoestima. Pero no quiero criticar a los que me alentaron, fue lindo de su parte. Una vez más me equivoqué exteriorizando algo de lo que realmente no estaba segura. Ocultando mi debilidad con halagos. No siento todas esas cosas. Dudo todo el tiempo, me odio más veces de las que me quiero. Pero siento necesario mostrarme fuerte para poder sentirme así.

Me canso de mostrarle al mundo que me gusta estar activa, en constante movimiento. Que salgo a buscar las cosas, que no espero que lleguen a mí. Que si me gusta un chico, voy y lo encaro. Que si me propongo algo, lo logro. Que en el futuro me veo triunfadora.

En un punto algo de todo esto es verdad, así es como quiero proyectar mi vida. Pero todavía no lo logro. Me falta muchísimo para poder sentir todo eso de mí. Quizás es más fácil seguir dando consejos. Sentir que ayudando a la gente con sus problemas, me voy convirtiendo en una persona cada vez mejor mientras espero que llegue pronto el día en el que pueda ayudarme a mi misma. O el día en el que, simplemente, dejar de buscar respuestas o soluciones para todo.

 

Paloma De La Jara
[email protected]