Revista Palta | TODAS SOMOS LUCÍA
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TODAS SOMOS LUCÍA

Mar del Plata, octubre de 2016. Es sábado 8 por la mañana y Lucía tiene 16 años, algunas rastas que se entreveran con su pelo largo y abundante y un apuro más que evidente. Deja la computadora prendida, su cuenta de Facebook abierta y sale de la casa. La espera en el barrio La Serena Matías el Chinchilla Farías, que no está solo, sino junto a Juan Pablo Offidani y una tercera persona más. El que no le lleva siete años, le lleva veinticinco. Es sábado 8 al mediodía y son al menos dos los hombres que la drogan, la violan en grupo por horas, lavan su cuerpo, vuelven a vestirla y la llevan a la salita de salud de Playa Serena. Para cuando el cuerpo médico intenta -sin éxito- reanimarla y entiende que Lucía llegó sin signos vitales, los responsables huyeron en la camioneta de Offidani.

Mientras era abusada sexualmente hasta la muerte, en Rosario, Santa fé, unas 70 mil mujeres, lesbianas, travestis y trans de todo el país reunidas en el 31° Encuentro Plurinacional debatían y pensaban cómo cortarle las patas a este sistema y esta sociedad patriarcales que nos apuntan y nos disparan, a toda hora, en todo lugar y a todo momento, concreta y simbólicamente.

Esa mañana salió de casa la hija, la hermana, la amiga, la estudiante, la adolescente que Lucía era, con una sonrisa prolija y un piercing negro en el labio. A esa piba no le dieron opción. Volvió como un cuerpo frío, un cuerpo destrozado por dentro y limpio por fuera, un cuerpo que manda no uno sino múltiples mensajes: que somos, para estos machos, mero instrumento de posicionamiento y validación entre pares, la vía por la que se demuestran -unos a otros, específicamente- que están a la altura de los mandatos masculinos.

Es lunes 26 de noviembre de 2018. La justicia se caga en la perspectiva de género, nos regala tres nuevos nombres que sumamos a la lista de aquellos que no pienso olvidar: Pablo Viñas, Facundo Gómez Urso y Aldo Carnevale, los jueces que consideraron que no hubo elementos suficientes para comprobar que Lucía fue violada y asesinada. Por un lado, absolvieron a Frías y a Offidani por considerar que no hay pruebas suficientes; por otro, excarcelaron a Maciel. Me permito citar una vez más a Rita Segato que dice que “no es únicamente la materialidad del cuerpo de la mujer lo que se domina y comercia, sino su funcionalidad en el sostenimiento del pacto de poder”.

No es necesario hablar en sentido figurado si se trata de feminicidios y de abusos sexuales: cada día muere una piba, una mujer, una trava, una niña, una trans. Desaparecemos, dejamos de tenernos, ya no nos cruzamos más a la piba del gimnasio, a la piba que atendía el kiosco, a la hija del vecino. Somos cada día una menos entre nosotras, y un nombre y una foto más que circulan en nuestros mundos -y con suerte en los medios-.

Pero hay algo que corregir en lo dicho recién. No morimos: nos asesinan, nos empalan, nos violan, nos golpean. Nos laceran como grupo humano. Y vuelvo a corregir: no desaparecemos, no nos esfumamos. No caigamos en esa trampa mediática. Nos desaparecen, nos venden como a las vacas, nos trasladan de un lugar a otro con la tranquilidad y la seguridad que la que nosotras mismas carecemos para movernos. El pacto de poder es horizontal en todo el país -y más allá también- y, de base, el pacto de poder es masculino.

En estos casos, como acto reflejo pienso en cómo sería ver ese banco libre en la escuela, la cama fría y vacía, volver a casa después de escuchar una sentencia machista y misógina que me involucre. No hace falta demasiada imaginación: el feminismo nos sirve de empatía y nos da la capacidad de hacer cuerpo las injusticias.

Es lunes 26 de noviembre, pasaron dos años. Me pregunto cuáles son los pasos a seguir de este lado de la lucha teniendo como punto de partida una sentencia en la que los jueces suponen que “sería muy forzado hablar de una situación de desigualdad o superioridad, sobre todo teniendo en cuenta la personalidad de Lucía, quien no se mostraba como una chica de su edad y que además había referido mantener relaciones con hombres de hasta 29 años”.

La justicia argentina no solo es primitiva y todavía cuestiona la forma de actuar, comportarse y relacionarse de las pibas y no la de las masculinidades, pone además todo el empeño en hacer un análisis sin perspectiva de género. No por incomprensión, no por falta de recursos ni por desconocimiento, sino por propia voluntad.  

Brota la angustia y me pregunto cómo tomarme en serio una sentencia que señala a una Cindor y unas facturas como detalles a considerar y a la actividad sexual de Lucía como factor “exculpatorio”, entre otras cosas. Pero principalmente me pregunto de qué forma ser mujer no es un riesgo permanente.

 

Ana Carrozzo
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