Revista Palta | TIEMPO DE HACER EL AMOR
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TIEMPO DE HACER EL AMOR

Estos son tiempos de querernos mucho. Lo repito como un mantra, cada vez que puedo, cada vez que siento que la incertidumbre y la desinformación se cronifican con el avance de ideologías y políticas que siento peligrosas. Ideas de antaño que promueven la violencia y que atentan -entre otras tantas cosas- contra el amor. Lo podemos ver, está ahí: en resultados electorales, en quienes ya dirigen países de este continente, en los debates parlamentarios, en el desapego de tantas personas frente a algo que a muchxs nos reduce la libertad de habitar este planeta. Donde un beso o un labio pintado es motivo para invitarte a retirarte o golpearte por puto de mierda. No me alcanza la formación ni la energía para analizar, arista por arista, cuál es el problema de fondo que hace brotar la bronca de los empleados de un restaurant cheto en el barrio más “diverso” de la ciudad, con una pareja que se corre de los márgenes establecidos como “normales”. ¿Cómo van a atacar al amor? Será porque sigue ganando el patriarcado, será que la vida está cada vez más precaria.

Tengo el pelo lacio llovido, los ojos claros y una campera de marca. Tengo el teléfono con mensajes de un chico que me gusta y tangas a estrenar en casa. Tengo todo para estar este sábado tirada en el sillón, consumiendo en la tele alguna que otra movida artística que desvíe mi atención de lo que pasa a mi alrededor; todo eso que por mucho tiempo sentí terreno y tarea de “otras personas”. Por suerte, me cansé de mirar para otro lado: dejar de estar ya no es opción, desligarse de la resistencia es negar la fuerza de las redes humanas. Regalarle la tarea de la reflexión a los medios masivos que tanto renacer totalitario están provocando es jugar para su equipo. Así que con todo esto de paki, de blanca, de piba que pone que es bilingüe en el Linkedin, me fui al besazo en la Accademia, al restaurant donde hace un tiempo persiguieron a los golpes a una pareja disidente. A ser una marciana, una periodista de medio independiente sin cámara ni anotador que lo acredite. A mover la cadera de manera pronunciada con Shakira de fondo, a darlo todo por una causa que por no vivirla no deja de pertenecerme. Sin diversidad, ni chape, ni posibilidad de besazo, ni de generarle repudio a ninguna de las personas que todavía permanecían comiendo dentro de La Accademia, un lugar al que había ido tanto con un ex que nunca pude volver ni resignificarlo, hasta ahora. Así que yo, la disidente entre lxs disidentes, era parte de la movilización con la misión de visibilizar. Porque esto que pasa en la esquina de Scalabrini Ortiz y Santa Fe es una muestra de lo que queremos detener a nivel regional. Y que avanza, con el pulso firme, hasta institucionalizarse.

Un viejo se me acerca, lo miro con desconfianza. Será con la misma con la que siento que me miran a mí, tan falta de beso torta, de glitter, de estereotipo disidente. Se me acerca y lo primero que pienso es “debe ser un viejo pajero”. Me opera el mismo prejuicio que intento derribar, porque así de contradictoria es la vida y así de anti varones de la tercera edad me he vuelto.

El viejo pajero es un gay de 70 años que se autopercibe diverso, que gustó de un “chongo” que anda con una cámara en el besazo y que me cuenta la historia más linda que me relataron en mucho tiempo. Viene desde su niñez, su militancia en los ’70, su exilio, su amor por su mejor amiga, su adicción a la cocaína. Le pido que me deje grabarlo porque no me alcanza la memoria para almacenar cada frase que reproduce, es una máquina de tirar títulos. Me pregunta para qué grabarlo y le cuento que escribo, y al toque me frena con los múltiples gestos que hace al hablar que no y que no. Que si quiero hacer algo con su historia que la escuche.

Eso hice. Y me voy a guardar cada detalle, con el registro de cada pedazo de mi cuerpo haciendo fuerzas para no llorar cuando a él se le borran los ojos de lágrimas con cada situación violenta que, me cuenta, vive desde muy pendejo. Historias que por algún motivo decidió dejar en mí, para que mi cabeza se amplifique o para intensificar todo esto que hace que mis sábados a la tarde, mis domingos -sin ningún fin más que el activismo- se hayan vuelto un cúmulo de historias y análisis que merecen ser reflexionados y transmitidos. Porque solxs no hacemos nada con este amor, y este amor necesita de la diversidad para querer, informar, comprender, expandirse.

Su historia me da vitalidad, aunque le prometo no dar su nombre ni contarla en detalle. Intercambiamos redes sociales y me muestra la foto de cada persona importante en su vida. De sus nietxs, de sus hijxs. Me promete que va a contar su historia en primera persona con su sobrino, que es cineasta y documentalista. Yo no tuve nada para prometerle más que mi compromiso, y eso no se dice: se hace. Nos abrazamos, un montón, como si ya nos quisiéramos. Como si un abrazo fuera el antídoto mínimo que se puede pretender en tiempos en donde la derecha gana fuerza, elecciones y se monta en marchas contra los derechos adquiridos.

¿Cómo, por qué y quiénes le dan lugar al odio en nuestras prácticas y discursos? ¿Esos derechos que se consiguieron con tanta lucha pierden validez, sustento y/o garantía dependiendo del gobierno de turno o de las líneas editoriales de los medios tradicionales? ¿Por qué lucho entonces? ¿Quién está jugando tan fuerte acá que no le conozco ni la cara ni las intenciones? ¿Cómo operan las mentes de quienes se agarran de ideas conservadoras para destituir el interés político y librar nuestro destino al salvajismo neoliberal?

Tengo miedo pero el miedo, como la angustia, me anulan. Y tengo el privilegio de poder pensar y esa es, mientras pueda, mi responsabilidad.

Converso. Pregunto y charlo mucho. Con gente más formada, de distintas disciplinas, pero con el mismo sentir. Personas que a veces no les conozco la cara más allá de la foto de perfil que usan. Dispuestas a dar desde su lugar el aporte necesario para bancar estos tiempos que, creo, no encuentro registro histórico para comprender y cuyo panorama completo me cuesta visibilizar. Veo la luz en las pibas, en quienes nos empezamos a meter en este terreno pantanoso de la política -esa que fue elevada por varones poderosos- para cambiar el paradigma y apostar a otra construcción. Al menos veo la ilusión y la ilusión es como la locura: funciona para adaptarse al medio.

Me despido de la Accademia llena de besos maricas, glitter y resistencia. Llena del amor que todavía se alecciona. Me despido esperanzada, al menos con la certeza de saber que no estamos solxs. Con la incertidumbre del devenir político a cuestas y con la batería de la autogestión recargada en mi amor por las historias.

Las pizzerías, las reputaciones, pueden volarse. Que el amor nunca se deje de plantar.

 

Maru Labat
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