Revista Palta | TETA NOSTRA
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TETA NOSTRA

Cuando era pendeja, en los primeros pasos de mi sexualidad, mi mamá me regaló un push up. Supongo que habrá entendido una indirecta: mi mejor amiga y yo, desde los 11 años, nos llenábamos los corpiños deportivos con algodón cada vez que salíamos a esos bailes tempraneros que organizaban las escuelas.

Pero recién a los 13 empecé a conocer el poder de la teta. Con mi vieja fuimos a comprar ropa a la galería Recamier, y en el primer puesto se detuvo para comprarme ropa interior. Allí lo conocí a él, mi fiel compañero. El corpiño con relleno que no dejaba rastros de algodón deshilachado en mi ropa. Mi primer secreto como mujer para parecer más mujer. Mi historia con la teta estuvo más vinculada a pósters en bikini de Natalia Oreiro que con mi cuerpo, con haber amamantado de beba o con sentir placer.

Mi push up ocultó esa falta de “gracia”. La de no tener la suficiente cantidad de carne en cada pecho, de que no se me formaran globitos para así poder ostentar frente a mis compañeros de curso que mi cuerpo les estaba sugiriendo algo. Que los estaba buscando, llamando, que los había elegido. Que estaba lleno de secretos. El secreto existía, sí, y era color beige y marca Promisse.

Mi relación con las tetas, en la búsqueda de mi placer, tuvo más que ver con complacer un estereotipo que con conocer mi anatomía. Lo que en mi pubertad era una tetilla varonil punteaguda que dolía al rozar con la ropa, ahora era el elemento más poderoso de mi estatus físico frente a otras chicas, y para conseguir la mirada de los hombres.

Hoy pienso en la percepción de las más pendejas de su cuerpo y las veo tan o más confundidas que yo en mi adolescencia. Repaso las notas más vistas en los medios digitales. El boom de las tetitas bien formadas de la China Suárez que se filtraron en sus fotos íntimas, la superinflación que existe en torno a las famosas en la playa y sus curvas. Las chicas que pelean por figurar en la sección Diosas de Olé o en una superproducción hot en la portada de Teleshow. Una sobreexigencia por cumplir con cada patrón físico que funciona para complacer a cierto tipo de hombres y para hacernos sufrir a las mujeres, especialmente a las más chicas. Cada mambo que tenemos con el cuerpo se devora al de no saber qué hacer con él más que gustar.

La teta es parte de nuestro cuerpo, de nuestra biología. Así como la vagina es nuestro órgano sexual y nuestra zona erógena primaria -en donde el placer es más enérgico- tenemos otras zonas que nos estimulan. Y no para todas son igual de intensas, como pasa también con las de los hombres. Los pezones están dentro de ese mapa de terminales nerviosas que nos pueden hacer sentir placer, como el cuello, la boca o los mulsos. La teta es, entonces, un símbolo de placer como también de maternidad y primera conexión con un bebé. No son siempre redondas ni son simétricas, pero es algo que nos distingue, anatómicamente, del hombre más allá de nuestro órgano sexual. Y no tiene que tener represiones.

El tema de la teta es que funciona bárbaro para las agencias de publicidad. Garpa, así como las chicas seleccionadas en los portales de noticias para subir en sus portadas, con tetas redondas,  carnosas y pezones rosados. Flacas y con curvas. Algo medio ilógico si te lo ponés a pensar, una especie de don de 1 de cada 50 que nació flaca y tetona. El punto es que así las buscan, así nos muestran, y de esa forma venden. Vale tanto que cada verano conocemos todas las fotos en topless de las chicas bien y de tetas mainstream en el mercado machista.

Pero cuando se ve como y cuando no quieren, molesta. Si estás amamantando a tu hijx en la vía pública, no. Esa teta no la queremos ver, bajate del bondi. Si estás con tus amigas en la playa, libres y desposeídas, no, esa tampoco. Llamen a la policía.

Crecí pensando que tenía que tener determinado tipo de tetas. Combinadas, armónicas, agradables, sensuales, escondidas pero presentes. Mi idea de las tetas se formó comiendo basura. Y cuando llegó mi hora de aceptarlas, y de poseerlas, las reglas no fueron claras.

¿Cuál es la coherencia en todo esto? ¿por qué mis tetas empezaron siendo mi “poder” y el push up mi primer acceso a una otredad? Y si las concebí desde esa idea de poder frente a lxs demás, ¿cómo me pueden pertenecer alguna vez? Si aparecen en todos lados, ¿por qué yo no puedo elegir cuándo mostrar las mías? ¿por qué hay personas que consideran una ofensa algo que se ve  todo el tiempo en formatos que trastornan y nos acomplejan? ¿cuál es, entonces, la teta mala?

Hoy se realiza un Tetazo en mi ciudad, en el Obelisco. No sé si no me atrevo a mostrar mi torso desnudo por todas las represiones que aún tiene mi cuerpo o porque, simplemente, no quiero mostrarlo. Pero me parece clave que todxs, y especialmente las mujeres, participemos y estemos al tanto de estas movidas. La solución va más allá de un fallo de la Justicia, de una convocatoria en topless para generar conciencia, sino en recorrer el fondo de la cuestión. Y ahí se encuentra la doble moral a la que está sujeto nuestro cuerpo, y a todos las pautas culturales por las que hoy seguimos luchando.

Tomar las riendas de nuestro cuerpo es una postura política. Hoy las tetas, más que nunca, son nuestra ideología.

Maru Labat
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