Revista Palta | TE QUIERO PORQUE ME HACÉS REFLEXIONAR
1799
post-template-default,single,single-post,postid-1799,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

TE QUIERO PORQUE ME HACÉS REFLEXIONAR

Éramos cuatro personajes de película en una escapada. Así nos sentíamos. Interpretando lo que nos coparía tener siempre: los labios bien pintados, nada pesado sobre los hombros, tiempo libre y amistad. Con el objetivo de conectar con lobos marinos, escuchar a Nadi disertar sobre su biología, contemplar la escena hasta cansarnos de lo maravillosa que es la naturaleza. Probablemente sacarnos fotos mal posadas para después reírnos comiendo rabas con mucho limón.

El día anterior habíamos manejado en ruta a 60 por un temporal tremendo, de noche, envalentonadas. Arengando a Juli, la conductora, con Joan Jett al palo y la mejor etapa de Shakira, a seguir viaje frente a la adversidad. Eso poco me había dejado con el pecho inflado, una sensación de independencia, la frente en alto, mi culo flaco bamboleando, casi bailando, riendo a carcajadas con mis amigas como si la risa fuera música. Pero toda esa fuerza que sentía al disfrutarme se debilitó, mi primer día en Mar del Plata, de camino al puerto.  

Tuvimos que transitar por una seguidilla de puestos de artesanías y comidas regionales al son de todos los comentarios que no nos interesaba escuchar. Tipos, un montón de tipos. Parados en las puertas de sus comercios, proliferando una seguidilla de los mal llamados piropos con total impunidad. Masculinidades marcando su territorio. Probablemente enojadas con la precariedad de la vida y con el horizonte acotado en el anhelo de, al menos, poseernos a partir del miedo.

Machismo, otra vez.

Tengo 29 y hace años entendí que ciertos hábitos que tenía incorporados, por desgracia desde pendeja, los debía desnaturalizar. Escuchar a un tipo “rankearme” en la calle no me eleva ningún autoestima sino que me hace calcular cuánto falta para la próxima marcha o charla feminista. En el mejor de los casos, me refuerza mi activismo crónico, mi oficio de ir señalando ciertos comentarios sexistas en la oficina, aunque la mayoría de las veces ni me escuchen. “Da paja pensar hasta los chistes“, dicen, y no me importa: insisto. Pero el miedo y la sensación de indefensión en ciertos espacios, no se me va. Es tal que, incluso con una práctica diaria de deconstrucción, lo primero que pensé cuando me sentí en esa radiografía humana fue en los pantalones ajustados que me había puesto.

Eramos cuatro y nos sentíamos intimidadas, expulsadas de la actividad que habíamos elegido. Lo expresamos en silencio, caminando derecho hacia donde veíamos unas siluetas enormes tiradas en el suelo; con la mirada puesta en algún lugar que nos distrajera del “momento pajero”; reteniendo el aire de reprimir el querer combatirlos o aleccionarlos; con la sensación de peligro que implicaba reaccionar. Estábamos en un lugar público, donde hasta los lobos marinos tenían su espacio conquistado. Pero nosotras, en tanto nuestros cuerpos, no. Lo único que me animé a decir fue un “callate gil“, a lo lejos y bajito.

Un señor tocaba casi hipnotizado un bandoneón y eso interrumpió la mudez que me había inventado mientras perdía una batalla sin darla. “Qué pintoresco, el bandoneón y el puerto”, pensaba. El viejo tanguero se detuvo a contemplarnos y dejó de tocar. Sacó la vista de su instrumento y nos miró de arriba a abajo y de abajo a arriba, una por una, antes de seguir su próximo tema y anunciarlo con un: “para las modelos que hoy nos visitan”.

Esto que me repugna y saca de quicio, que tanto repito que se va a caer, no sé cómo tirarlo si ni siquiera siendo cuatro me siento segura. Ellos eran como 15 y estaban hasta los dientes de machismo, ¿y si nos agreden? ¿y si nos pegan? ¿y si nos siguen “piropeando”? ¿y si “algo peor”? ¿qué riesgo es mejor correr, el de asumir mi cobardía?

A los dos días, ya en mi ciudad, tuve el privilegio de asistir a la conferencia que dio la antropóloga Rita Segato en el aula 108 de la facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Sentí, en esa impecable exposición, en mi fanatismo por una persona que me hace pensar, una especie de sanación. Un “claro, sí, va por acá”. Rita rompe en su discurso con el binarismo hombre y mujer, pone en crisis la vía punitiva ante las situaciones violentas que vivimos mujeres y feminidades. Rompe todo. “El productivismo no nos está dejando conversar y vivimos repitiendo“, señala, y reitera que el Derecho es masculino y que su voz es el Estado; que las leyes no nos protegen (los femicidios aumentaron aún después de la sanción de la Ley integral contra las violencias de género); que lo que hay que desmontar -más que llevar a la justicia- son los hábitos, y que en eso las masculinidades no nos tienen que acompañar sino a la inversa. Yo pensaba, un piropo que diga “te quiero porque me hacés reflexionar”.

Ese mismo día, se difundió la denuncia de las chicas del Colegio Nacional Buenos Aires. Les chiques. En un discurso excepcional de pe a pa, con propuesta incluída después de la serie de denuncias que hicieron, volví a recordar a las leyes. La ESI, mi favorita, tan ignorada hasta en los círculos más prestigiosos de la educación. Una ley con 12 años de vigencia totalmente abatida por la inacción del Estado, la presión de los sectores conservadores y también por los mismos que pretenden enseñarnos a pensar y a comportarnos.

Al día siguiente, leo un perfil de Agustín Laje en Revista Anfibia. Embanderado opositor de lo que muchxs denominan “ideología de género”, que ostenta haber leído a autorxs de izquierda y a quienes define como “nueva izquierda”:  lxs feministxs. Y, ante todo, un habilidoso perfil del mundo digital que supo llegar a muchísimas personas. Entre ellxs, pibas y pibes jóvenes.

Que existan mentes de mi edad, con audiencia, alzando la voz en nombre de la familia nuclear -heteronormalizadora- me da pánico. Un pibe que dice haber estudiado tanto, a diferencia de esos tipos que se jadeaban con mi andar en el puerto, eligió el camino que creía obsoleto: reforzar la desigualdad e intolerancia pero con “buenos modos”.

Lo charlo con mi viejo que -aunque no lo reconozca- en algún punto podría coincidir con estas posiciones. Porque algo se le juega cuando me escucha decir “hay que seguir escrachando“, al comentarle las denuncias a la banda de turno, que lo hace alterar por teléfono y decirme que “eso es un pensamiento nazi” y persecutorio. Mi viejo, como diría Segato, repite. Ni debe saber qué es Onda Vaga o Cielo Razzo. Casi no me intranquiliza: está grande. “Que hagan la denuncia“, dice. No entiende que decir es denunciar, y que elegimos hablar porque la vía legal no nos estaría funcionando. Que el año pasado Micaela García fue asesinada y violada por un femicida (Sebastián Wagner) que estaba en libertad condicional, por haber violado a otras mujeres. No entiende que a veces la única posibilidad de hacer justicia es esta: la catársis, la expresión, la visibilización. Que mientras se manchan algunas reputaciones, nosotras nos estamos cuidando, alertando. Aunque en un cuatro vs. quince algunas nos caguemos de miedo.

Yo no pude identificar que estaba viviendo situaciones de acoso, sobretodo en mi adolescencia. Sentía la incomodidad, la culpa y el proceso de un trauma, en la periferia de la desinformación. Sola, en silencio, hasta al fin entender que ni siquiera alcanza con ir “por cada uno”: en estos rituales de masculinidad, en esos hábitos y sus extremas consecuencias, están todxs implicadxs. En todas las clases sociales y económicas, con enfática responsabilidad en quienes pueden formarse. Y los varones, ante todo, como artífices de una complicidad que no pienso seguir pactando al putearlos bajito: escribir es mi forma de gritar “basta”. Y, por eso, antes de verles sus fotos de perfil intervenidas con pañuelos verdes, antes de debatir si a la marcha sí o a la marcha no, estoy a la espera del impacto real de sus reflexiones; del cambio de debates en sus “vestuarios de hombres”. Sin que me expliquen, en un acto que creerán bondadoso, cómo funciona la política.

Porque en este momento, con esta decepción que veo en alza, con perfiles de una ultraderecha conservadora conquistando votos y ganando debates legislativos, con una frustración que vivo casi todos los días, prefiero que militen desde su silencio. Con menos marketing y más reflexión, al menos por un tiempo. Mientras quienes ponemos el cuerpo en cada paso que damos, hasta en una escapada con amigas, pensamos cómo salir de esto.

 

Maru Labat
[email protected]