Revista Palta | TAN BUENA QUE DUELE
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TAN BUENA QUE DUELE

Por Julieta Habif

Mamá siempre fue sufrida. Tenía menos plata que sus amigas y más estrés. Dos laburos. Dos hermanos con quilombos de salud. Dos viejos con quilombos en general, cosas de viejos. Después sólo una. Un divorcio. Corrijo: un abandono por otra mujer que devino en divorcio. En efecto, cero maridos. Siempre que me regalaba algo, agregaba “valoralo, porque no sabés lo que me costó”. Yo valoraba, claro, pero con timidez para disfrutar.

Mamá también mentía ocasionalmente. Como todos, bah. Para mi fiesta de 15 dijo que se había mandado a hacer un vestido que en realidad se había comprado hecho (lógico, la soberbia palpable de lo customizado); cuando me robaron en la plaza, una amiga justo la llamó por teléfono y mi mamá exageró la secuencia y dijo que me había dado un calmante para que me durmiera. Cuando decidí abandonar el ingreso a una universidad privada de prestigio, se lo conté y se decepcionó. Muy exitista mamá. Al par de semanas, en una cena con amigos, dijo que yo todavía lo estaba pensando. Ya había dejado el curso.

Se iba a esquiar una vez por año con amigas. Todos los años, creo yo, intentando convencerse de que era algo que le gustaba hacer. Ay, el afán de pertenecer. Si la colación de su dieta era tostadas con queso, cada tostada tenía un cuarto de pote de queso. Al fin y al cabo, seguían siendo tostadas con queso. Fumaba porro a escondidas, no sé si de alguien más que de mí. Lipo, botox, meso, drenaje. Ejercicio un par de veces por semana con el entrenador (que pronunciaba pérsonal), que era el que le conseguía porro. Pastillas para dormir. Pacientes adolescentes llamando a la madrugada por una rotura de forro y ella que “no, no me despertaste hija, estaba leyendo, contame”. Dolosamente buena, mamá. Pero tan, tan buena.

La vi, cuando yo tenía 13, con el corazón roto. El novio la había dejado porque ya no estaba enamorado. Le dijo, entre otras cosas, que no le gustaba que mezclara la ensalada con las manos. Las verduras cortadas, quiero decir, sin condimentar. Mamá era muy rudimentaria en la cocina, tosca. No era parte de su encanto pero cocinaba de puta madre.

Se habían ido a Europa el año anterior. Todo agosto. Cuando volvieron, mamá vio que me había cortado el pelo y su reacción fue decirme, así tal cual: “¿Qué me hiciste?”. Él se rió. Hubo un asomo de disfuncionalidad familiar simpática. Después se empezó a construir una casa frente a nuestro departamento. Desde el balcón se veía la obra. Después coqueteó con la idea de que viviéramos con él. Después la dejó. Europa, casa nueva, convivencia, ya no me pasa.

Hace cuánto estás mal y hace cuánto que estás seguro de que estás mal y hace cuánto que tenés la decisión tomada, Norberto. ¿Ya sabías cuando fuiste a verme bailar? ¿Ya sabían tus hijos? Cuando me dijiste, entre risas, que no te había gustado mi corte de pelo ¿estabas jodiendo o sencillamente no te entraba una mentira más en el cuerpo?

Dice Vonnegut: Somos lo que fingimos ser, así que debemos tener cuidado con lo que fingimos ser.

Mamá sollozaba y me contaba y no entendía si era eso u otra cosa o un total errático, equívoco, que había durado cinco años por pura suerte. Ese tipo no se supo explicar y fue un descuidado que, a criterio de quien escribe, es lo peor que se puede ser con los que queremos.

De todas formas, comprender lo particular del otro sólo puede pasar en un momento: tarde.

Bajó mucho de peso mamá. Empezó a fumar más. Fumaba unos mentolados marca KOOL. Mi hermano la jodía con que era la que mantenía la empresa de pie. Nadie fumaba KOOL. Una tarde le fui con el rumor de que los cigarrillos mentolados provocaban esterilidad. Se rió. Nunca entendí si de la pavada que había dicho o de que, de cualquier forma, qué le importaba a ella quedar estéril a los 50 y sin pareja.

El tiempo hizo lo suyo y mamá superó o se dejó comer por otros problemas. Pero el día que me contó que el novio la había dejado lloraba. Mamá lloraba un montón. Siempre lloró un montón. De alegría, de pena, de desborde y de amor, toda una vida llorando. Pero aquel día, con la herida abierta y sorbiendo moco me dijo “vayamos al cine, yo no me merezco esto”.

Con toda la razón del mundo, esa fue la primera vez que escuché a mamá sincerarse consigo misma.

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