Revista Palta | TALLE 26
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TALLE 26

Vinieron las chicas a comer a casa, pero dijeron que no tenían hambre para cenar. Martu vino en taxi, porque le daba miedo la zona a esa hora. Vicky llegó con una bolsa de ropa nueva, nos mostró las remeritas que se acababa de comprar y nos habló orgullosa que estaba por el descuento que había encontrado.

Después dijo que se hubiese comprado más cosas pero que se deprimió por un comentario de la vendedora. Parece que ella suele usar talles más chicos y cuando se lo pidió, la mina la miró y, mientras se hacía girar el arito de la nariz, le dijo “me parece que sos un 26, te lo traigo por las dudas”. Ahí Vicky acotó “26 chicas, casi me muero”.

Entró al probador, directo con el talle que le había sido asignado por la vendedora, y cuando se lo probó no le entraban los talones. Dice que hasta pensó en pedir un 27, pero no podía ser para tanto. Finalmente, y aunque casi lo rompe, se lo subió y le calzó bien pero medio ajustado. “El modelo es así, lo de los tobillos pasa con todos los talles” dijo la del arito. Vicky se miró al espejo incómoda, chequeando los ojos de la vendedora que parecía que tampoco aprobaba el atuendo. “El 27 te va a quedar enorme, porque de cintura éste va bien… Si querés te muestro otro, hay uno desgastado que es un poco más suelto”.

Así que no se compró jean. Pensaba gastar su nuevo sueldo en eso, pero estaba anonadada con el tema del talle. Ella hablaba segura de que el 26 le solía quedar grande y de que esta vez no era un tema de los talles que venían cada vez más chicos, sino de que ella estaba gorda. Que algo en su cuerpo no andaba bien, y volvió a decir que no tenía hambre para cenar.

Yo le dije que estaba loca, que 26 no es nada, que yo me moría por tener sus piernas. La miré a Martu, suponiendo que estaría igual que yo, y dijo “Ay, si chicas, a mi me pasó lo mismo, pongámosnos en plan dieta grupal”. Terminé diciendo lo que odiaba que me dijera mi tía: “Si ustedes están gordas, yo me tengo que suicidar directamente”. Pero me dijeron que no, que yo estaba divina.

Ok, ya había pasado a ser la gordita del grupo, la que les daba pena. Ni siquiera tiraron la de “Vos porque no hacés ejercicio”, fue como un “para lo que sos vos, estás bien”.

Estuvieron dos horas más hablando de los talles, yo no dije nada; me dio vergüenza decir que la última vez que me había ido a comprar ropa me llevé un 28 que me quedaba ajustado. Siguieron contando que a un amigo suyo que trabajaba en la tele le habían sugerido hacer crossfit. Que le sugieran una clase de teatro mejor, pensé. Pero me quedé callada, otra vez. Después se mostraron en instagram a las chicas que se cogían a los pibes que les gustaban, para ellas todas eran hermosas y tenían un lomazo. Para mi eran demasiado flacas y posaban mucho.

A la mitad de la noche ya pensaba como ellas, aunque había comido un tomate de la heladera mientras ellas seguían con eso de que no tenían hambre, de que habían almorzado a las cuatro de la tarde y estaban todavía llenas. Eran las tres de la mañana. Se probaron ropa de mi placard, pero dijeron que las remeras que les gustaban eran muy cortas, que no tenían panza como para andar mostrando. Yo ni bien se fueron las tiré arrugadas al estante de arriba.

Empecé a creerme esa realidad. Esa era la vara con la que nos estábamos midiendo. Si ellas estaban gordas, y todas mis amigas de los demás grupos se sentían igual… la que pensaba diferente era yo, la que pesaba diferente era yo. Asumí que mi cuerpo no era “normal”, que ese tomate había estado de más, que el 28 era un talle grande, que mi panza no se debía mostrar, que a los chicos les gustan más flacas, que en instagram garpa más la selfie posada, y que si era en bikini mejor.

Viví así unas semanas, comiendo lechuga, “pensando como flaca”. Probablemente adelgacé, pero la pasé como el orto. El día que rompí la dieta lo dudé muchísimo, pero pensé: si me van a coger por el culo que tengo, que no me cojan; si me van a contratar por flaca, que no me contraten; si van a seguirme en las redes por las fotos en bikini, que no me sigan; si van a envidiarme por el talle de pantalón que use; que no me envidien. Me costará más, pero hay cosas más importantes, y yo soy una de ellas. Adentro el waffle.

Manuela Martinez
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