Revista Palta | SUEÑO AMERICANO
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SUEÑO AMERICANO

Por Valentina Rata Zelaya.

Cuando supe que el origen de todo en Paraguay -la obra que dirigen Lucía Maciel y Paula Grinszpan- habían sido improvisaciones aisladas, pensé que partir de la nada en teatro es igual que en todas las artes: es como tener una hoja en blanco. Hay que atravesar una puerta para quedar inmersos en eso que no sabemos qué es. Me pregunté cómo se llega a una obra que después se planta en el mundo y tiene algo para decir acerca de él.

Paraguay es el gran PORQUE SÍ. Es la toma de decisiones no pensada cuyo resultado no es, sin embargo, el caos. Es una obra sobre las inmigraciones ilegales: situación actual, política y compleja. Tenemos a estas dos chicas paraguayas, Natalia y Yanina, interpretadas exquisitamente por Manuela Martínez y Sasha Falcke, que quieren dejar su país por la ilusión de irse a Estados Unidos, donde “se vive mejor”. Cuando se encuentran con el carabinero chileno, y luego con Liliana Pérez Albornoz -ambos personajes interpretados por Mariano Saborido con un nivel de detalle preciso que resulta desopilante-, descubren que el trabajo y la vida ahí es absolutamente diferente a lo que imaginaron. Tropiezan luego con la sensación de comunidad y ahí aparece lo primero que Paraguay parece estar queriendo decir: lxs extranjerxs y lxs distintxs forman una nueva comunidad entre ellxs.

Con canciones improvisadas que mezclan rock, pop, folclore latinoamericano, rap, canto lírico y folk-country, la obra va construyendo un tejido que nos recuerda la sensación de ser parte de algo mayor. Guiño robado con maestría del género musical, tanto cinematográfico como teatral, que logra generar reconocimiento y pertenencia en el espectador. Paraguay es un musical clásico en ese sentido: mueve literalmente el cuerpo del público. Cuando los vemos quisiéramos estar ahí cantando con ellxs, o que todos en la sala cantemos la misma canción. Las actuaciones son espontáneas, genuinas y no competitivas; se encastran unas con las otras sin dejar sus particularidades, hilvanando despacio ese tejido comunitario en el que cada une aporta a su propio ritmo y color. Quizás mostrando que las comunidades no tienen nada de iguales sino al contrario. Sospecho que compartir con otrxs puede no tener que ver con aunar las individualidades sino con darles lugar para que cada una se pronuncie, compleja y diversa.

La propuesta de escenografía, diseñada por Camila Pérez, también es una invitación a pensar las formas del teatro contemporáneo. Se configura en ella una isla de la imaginación. Es que Paraguay es verdaderamente algo que sucede en nuestra isla de la imaginación. Estamos ahí y estamos en un sueño. Nunca mejor plasmada la idea del teatro como la ficción que no coincide con la realidad, Paraguay se despega de las ideas de representación, se aleja de las expectativas clásicas del teatro de mostrar lo que sucede en la vida. Paraguay es un sueño y se hace cargo.

Las chicas recorren la ciudad en un globo aéreo hecho con un mueble de madera que antes funcionó como asiento de colectivo paraguayo y luego como estantería de policía de aduana internacional. Llegan a Estados Unidos desde “las estrellas”, entran a un país “por su bandera”, nadie sabe cómo están ahí, todo lo que vemos podría ser el sueño de alguna de ellas, o de todos los personajes presentes. Cuando finalmente cantan en conjunto “Canta conmigo, canta, hermano americano, libera tu esperanza con un grito en la voz” el tejido termina de configurarse para convertirse en una prenda que nos es afín a todxs.

Sin embargo, esta prenda también es hostil. En el momento en que Chavelo, el personaje-músico que interpreta Román Martino, vestido impecable con camisa y zapatos, llora y dice ser parte él también de la situación de las chicas, lo que sucede es una interpelación directa al espectador/a. Eso que al principio parecía no tener nada que ver con la historia de las chicas, ahora se hace parte. Este personaje no está dentro del conflicto, es una especie de oasis donde todo es divertido hasta el momento en que vemos su propio quiebre. Nosotrxs, que estamos ahí mirando “desde afuera”, que hasta ese momento observábamos pasivamente, somos como él: miramos una historia conflictiva desde lejos pero finalmente pertenecemos al mismo entramado de engaños. En relación a nuestros deseos, emociones, vida personal, seguimos modelos que vienen de ese sistema donde Natalia y Yanina tanto quieren entrar. Nosotrxs, vestidos con camisa y zapatos, también estamos atrapados en ilusiones ajenas impuestas por un otro.

No hay referentes ni precedentes en esta nueva forma de hacer teatro. No hay maneras ni métodos que expliquen y amparen este tipo de experimentos porque lo que sí hay es multiplicidad de puntos de vista y de miradas. En este contexto, es una apuesta interesante la de sentir un impulso, sostenerlo y hacerlo crecer sin bases externas que lo sujeten. Intuyo que Paraguay tiene mucho de corazonada, de pálpito que indica por dónde seguir, cómo avanzar, por qué, y eso llevado hasta el límite (que nunca es tal: siempre hay más) llega a resultados que quizás no imaginamos. Es decir, no tengo dudas de que Paraguay podría seguir creciendo, porque el río de la imaginación y la creatividad cuando es compartido en grupo es infinito. Lo que vemos es la decisión de que eso que está ahí sea suficiente. De anclar y decir “esto somos, con esto estamos, con esto vamos”. Y eso es, como mínimo, un gesto de mucha valentía.

Colaboración
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