Revista Palta | SOLEDAD ON-LINE
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SOLEDAD ON-LINE

Nunca fui bueno socializando y siempre evité los vínculos no convencionales: abuelxs, tíxs carnales, primxs-hermanxs y dos o tres amigxs de toda la vida. Y ya. En la infancia porque estaba lleno de miedos, en la adolescencia porque era un punki que no encajaba del todo, y ahora porque acepté que soy así y me gusta estar solo. Pero una vez en soledad, salgo de ese círculo real para internarme en uno virtual. Ahí es cuando empiezo a «permear mis hábitos» en red y dejo el libro para después.

Pasa que, como toda persona de este siglo, soy un usuario. Tengo perfiles y cuentas en Facebook, Youtube, Google, Tumblr, Pinterest, Twitter, Instagram, Workana, LinkedIn y quizá más. Algunas más abandonadas que otras. Sin embargo, hasta hace poco, me pensaba como un ermitaño; creía que la gente sabía poco de mí y que no me interesaba compartir cosas de mi vida cotidiana —no así «privada», porque me parece que la privacidad (por ahora y hasta que se nos antoje otra cosa) sigue existiendo ahí donde hay un límite y/o está en juego la imagen que construimos para los demás.

Por supuesto que esta idea que me hacía de mi vida pública era una ilusión. De esto me di cuenta el fin de semana pasado, cuando pensé que había estado sin hacerme ver, sin dar noticias de lo que hacía o sobre dónde me encontraba, pero descubrí que había subido dos o tres historias en Instagram, había mandado una foto de un matambre a la parrilla al grupo que tengo con mis amigos en Whatsapp y había estado poniendo varios me gusta en Facebook. Entonces ¿hasta qué punto estoy alejado? ¿Se resignifica el concepto de soledad, o es sólo una cuestión simbólica que nada cambia el estado del que se encuentra solo?

A veces siento que una voluntad subalterna y con deseos de popularidad me lleva a compartir lo que pienso, lo que veo y lo que hago, porque la mayoría de las veces me arrepiento y elimino lo que subí, como si me despertara de un trance hipnótico y volviera a ser yo, el supuesto ermitaño. Creo que prefiero vivir en el público pequeño, no virtual, donde lo que diga y haga no esté sometido a un juicio de valor expresado en algoritmos codificados con forma de pulgares azules:  ¿se puede vivir offline en un mundo tan (y cada vez más) orwelliano?

¿O será que en realidad sí soy una especie de solitario y que lo que está en crisis es el concepto de «antisocial»? Hay algo que se me escapa. Cada vez que recibo un me gusta siento que ese famoso  deseo de aprobación hace metástasis dentro de mí y pide más y más; me pide que chequee a cuántos y a quiénes les gusta, y otra vez, y otra. Entonces empiezo a dudar de mis ganas de no socializar, aunque no así de mi deseo de estar solo. Sería como socializar en soledad, un falso repliegue hacia un lugar donde es imposible desconectarse del resto del mundo.

Más allá de toda esta especie de paranoia, lo que me preocupa no es tanto la virtualidad en sí, sino el haber llegado, en algún momento, a especular los me gusta. El hecho de haber analizado la hora del posteo y las personas que podían llegar a verlo, y el pedido de atención y crédito que se cuela en esa actitud. He borrado fotos y vuelto a subirlas en un horario «más acorde»; y lo hice tanto con los flyers de mi banda como con fotos mías. Porque hacerlo por puro marketing está bien, pero aplicarlo a la imagen y exhibición de uno ya es extraño, y pienso en ese capítulo de Black Mirror donde una mujer hace lo imposible para recibir los likes que necesita. No sé a cuántos años estamos de esa distopía, pero cuanto más se nos enfríe la comida por estar buscando el ángulo perfecto de la foto, más cerca de ese cuadro vamos a estar.  

Entiendo cómo funciona la conectividad. Sé qué cosas están en juego en qué tipo de contenido. Me divierte, me entretiene lo extenso y dinámico del intercambio en red. La cosmovisión del individuo puesta en práctica. Todo un mundo de herramientas y conexiones. Pero cada vez encuentro más interesante esa búsqueda casi imposible de desconectarme; cerrar la notebook, silenciar el celular y vivir. ¿Cuánto es posible que dure ese estado?

Parece que para nosotrxs no hay escapatoria. Solxs o no, quizá siempre estemos en línea. Una línea infinita que nos circunda y gana terreno a un nivel escalofriante.

Nicolás Fernández Ramos
Nicolás Fernández Ramos
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