Revista Palta | SOBRE CÓMO FUE MI PRIMERA DECEPCIÓN
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SOBRE CÓMO FUE MI PRIMERA DECEPCIÓN

Dicen los diccionarios que la decepción nace de sentir una mezcla de sorpresa y pena. Mi primera decepción fue a los cuatro años.

Todavía hacía pozos en la arena hasta llegar al agua y usarla para construir las cúpulas de mis castillos imaginarios. Miraba La bella y la bestia en VHS, hundida en un sillón con las patas colgando y con un vestido dorado que me había comprado mi mamá en un falso Disney.  Por ese entonces, todo lo que veía me lo creía. Tenía fe ciega en las cosas.

En mi casa, a la hora de la chocolatada y las vainillas, prendíamos la tele con mis hermanas y mirábamos Dibu.

Un día mi papá nos hizo una sorpresa. Nos iba a llevar a la grabación del programa. Lo que yo entendía por grabación  era que estábamos invitadas a la casa de Dibu, y  lo íbamos a poder conocer personalmente.

Detrás de mis hermanas, fui emocionada de la mano de mi mamá hasta los estudios de Telefé. Nos pidieron que por favor nos quedáramos muy calladas después del “acción” y miráramos desde un costado cómo se grababa todo.

Ya la casa no era como nosotras la conocíamos. La escalera grande por la que dibu corría y se trepaba, en vez de conducir a los otros cuartos, llegaba hasta un foco de luz y ahí se terminaba. La cocina desembocaba en un bar que supuestamente estaba en la calle, y al asomarse por las ventanas, uno se chocaba con una cartulina con un dibujo de ciudad.

La escena empezaba con los papás de Dibu, que lo llamaban por su nombre para que apareciera. Me acuerdo que lo esperaba ansiosa. “¡Acá estás!” dijo el actor y miró al suelo. Pero yo no veía nada.

Le solté la mano a mi mamá y asomé mi cabeza entre las piernas que tenía alrededor, pero nada. Me puse de puntitas de pie, pero seguía sin encontrar la cabeza pelirroja de mi ídolo. Después de un rato de ver cómo los actores se agachaban, gritaban, se reían y dialogaban como estúpidos con un espacio vacío, mis cejas fueron de muy arriba hacia abajo de todo (sorpresa y pena). Dibu no estaba, ni iba a aparecer. Él era como un sticker de esos que coleccionaba en el colegio, que se incrustaba después de grabar todo para aparecer en las pantallas de nuestras casas.

A la salida nos regalaron una bolsa que adentro tenía un casette con los hits “Mi hermano menor” y “Niño de la calle”. Dos canciones ideales para llorar la muerte de Dibu abrazada a mis peluches. Años después de eso, encontré el disfraz de Papá Noel en un placard de casa, pero no me dolió tanto porque antes ya había entendido otra cosa.

 

 

Por Paloma Sirvén.

Colaboración
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