Revista Palta | SIEMPRE LIBRES
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SIEMPRE LIBRES

Lo curioso de los femicidios es que comprenden la sexualidad de la mujer. No se trata de matarla, se trata de matarla a golpes y a pijazos. Quitarle la vida a una mujer no sin antes despedirse de esa concha, esas tetas y ese culo que la hicieron persona.

Los casos como el de Lucía Pérez me recuerdan mi falta de libertad. La noticia no me mortificó, más allá de la brutalidad espantosa que revelaba. Me acordé de un dato oficial: un femicidio cada 30 horas. Pensé en todos los casos que no tuvieron tratamiento ni difusión mediática. Me acordé que antes del femicidio está el acoso, la violencia mediática, la violencia física, el tráfico de mujeres.

Se naturalizó que la vestimenta, el tipo que elegiste o el horario en el que salís pueden terminar con tu vida o con tu integridad mental. Con el recuerdo clavado en la memoria del tipo respirandote al oído, tocandote contra tu voluntad, triturando tu idea del placer para siempre. El femicidio es la regla extrema de un juego muy jodido.

Y a ese juego lo jugamos entre todxs.

Me crié con la sensación de que para ser amada tenía que ser perfecta. Flaca, linda, bien hablada, limpia, inteligente (no más que un tipo), buena con los chicos, madre o futura madre, leída pero de carácter dócil. Que una vez por mes tengo que estar en una sala de espera mugrienta para tener la concha depilada.

Crecí con ideas muy erradas, pero al final maduré bien. Pude repensar todas estas incomodidades y entender que eran impuestas por un sistema que nos quiere lindas pero calladas.

Los hombres también son víctimas. Resguardados en la ideología machista de nuestra cultura no tienen contra qué rebelarse. No reflexionan por qué pierden tanto tiempo de sus vidas compartiéndose pornografía por Whatsapp; por qué construyen sus fantasías a partir de las de otros. O por qué confunden la masculinidad con cuántas veces fueron a la cancha este año. O cómo relacionan, casi por mandato, que su sexualidad marca el inicio y el final de sus vidas; como si su vitalidad se validara a partir de una erección.

Lamentablemente, rara vez escuché a un chabón arrepentirse de un acto o dicho machista. Con frecuencia, los que más se comprometen con la lucha, creen que los violadores y golpeadores son el núcleo de la problemática. Que están afuera. Parecería que para ellos la violencia de género es una placa de Crónica: salvajismo, cuerpos degollados y ensangrentados.

Pero la violencia que mejor ultraja se consume sin querer. No deja moretones ni hay sangre. Hay cuerpos, pero no necesariamente muertos. Esta violencia simbólica se percibe en la vida cotidiana, en la gigantografía de una avenida de camino al trabajo. En una foto de perfil intervenida por filtros y efectos que pervierte la belleza natural. En ese criterio circense, bolichero, que tienen sobre la dignidad corporal, coronado por las “diosas” que aparecen en la página de Olé. Los mismos cuerpos estereotipados que, después de los 35 años, quedan obsoletos. Reemplazados por el lomazo de turno. Los cuerpos de la publicidad y de los medios masivos de comunicación.

Es una ínfima minoría la que no es víctima del sistema pochoclero y vende-mierda que tenemos, que cosifica tortuosamente a la mujer en un video pornográfico, que crea un ideal errado pero redituable, y genera esa fantasía tan vaga y promiscua como que el cuerpo de la mujer es (o tiene que ser) propiedad de un macho.

¿Hace falta una muerte para salir a denunciar la violencia simbólica a la que somos expuestas día a día? Quizás tuviste suerte, quizás no te abusaron ni te maltrataron, no terminaste en una bolsa de basura o en un red de trata. ¿Necesitás conmoverte con la muerte o la violencia extrema para ver la altísima escalera que conduce a eso? ¿cuántos cuerpos inalcanzables querés ver por la vía pública mientras los reales se desintegran en la bestialidad de esa fantasía?

Con el caso de Lucía Pérez tuve que googlear lo que era un reflejo vagal. Tuve que asegurarme que “empalamiento” era lo que me reproducía, instintivamente, mi cerebro. Tuve que verle el culo, una vez más, a esta cultura vencida que ya no puede ni ocultar sus atrocidades. Tuve que ponerme a pensar qué puedo hacer yo, desde mi lugar, para que esas fotos y esas historias ya no sean parte de nuestras tradiciones.

Ya no alcanza con estar vivas. También queremos ser libres.

Maru Labat
[email protected]