Revista Palta | SER PARA LA FOTO
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SER PARA LA FOTO

En tres meses arrancan las salidas al Tigre, el calor, los shorts, las fotos de minas que durante el año no valen un mango pero que en bikini garpan, y así. Empieza el verano y, otro año, no combatí mis inseguridades para no caer en la misma de siempre. En la de meter panza a ver si así se acomoda, o apretarme las piernas y ver que cada vez tengo más celulitis; en recorrer cada rincón de mi cuerpo pensando por qué, otra vez, no fui saludable y no hice rutinas aeróbicas para combatir todo esto.

He llegado a dejarme los dedos marcados en las tetas de tanto manosear para que queden como las de la publicidad; para que mi novio en la playa no piense que las únicas que tienen globitos en la delantera son las demás, o las de las fotos. Tuve todo tipos de bikinis y sé que las que menos rollos del costado sacan son las que se atan con un nudo, y que mi culo sólo existe si me pongo una tanga. Sé también que cuando tengo short y me siento en una silla me salen los pozos que de chica le miraba a mi vieja con desprecio. Aprendí a sentarme casi flotando para que eso no suceda.

Sé que los corpiños con push up son re efectivos pero te metés a la pileta y quedás chorreando agua por horas. Que sos la única del grupo a la que no se le seca rápido la malla. Sé que puedo ser la más rígida también, tomando cerveza en plan relajo, por estar demasiado ocupada en contener el aire, esconder la celulitis, sacar pecho y apretar los cuádriceps para que no se vean mal las rodillas. Aprendí a vivir para la foto, y siento que la especie humana está mutando hacia eso.

Una vez hice dieta en un viaje para que no se me hinchara la panza y poder pasearme con mi cuerpo sin sentirme la que sólo tiene lindos ojos. También llegué a pensar que soy una mina que sólo garpa de noche y con maquillaje. Sólo garpo en la cama porque no tengo otra al lado que me haga sombra.

Y en otoño y en invierno levanto banderas. No seamos víctimas de los estereotipos de la cultura machista. No seamos un producto en la góndola de los demás. No favorezcamos a la industria de los talles de anoréxicas ni de minas que se sacan fotos sólo para cotizar y recolectar muchos “me gusta”. Mi culo es el hijo bastardo de mi seguridad invernal y la prueba de mi hipocresía.

En primavera y verano vuelve mi machito interior a retarme por no parecer photoshopeada. Porque me cago a críticas, cíclicamente, por cuestiones del cuerpo, hasta que lleguen las estaciones del pensamiento y mi bufanda me acaricie mientras creo que entiendo todo.

Pero nunca pude usar una bikini en paz.

Envidio más a las minas que no les importa cómo se ve su cuerpo que a la del lomazo que pasó tres horas diarias en un gimnasio, encerrada y con olor a chivo ajeno, mientras yo vivía torpemente el presente.

En tres meses llega el verano y, con más o menos material para mi machito interior (aleccionador y destructivo), creo que no voy a poder usar la bikini desposeída de él. O que no voy a poder dejar de ver en la tele de un bar o en una sala de espera, los móviles con la cola del verano, ni aún queriendo. Que voy a ir a la pileta y me voy a meter rápido al agua para no matar mis propias ilusiones.

Quiero renunciar a la idea del lomazo. Quiero, en estos tres meses, prepararme para gustarme como soy y a vivir el sol sin incomodidad. Quiero soltar todos los mandatos que le impusieron a mi cuerpo para desear el cuerpo de otra. Quiero dejar de ser para la foto.

Maru Labat
[email protected]