Revista Palta | SEPARAR AL ÍDOLO DEL FÚTBOL
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SEPARAR AL ÍDOLO DEL FÚTBOL

Matías Newton se me escapa con una gambeta. Yo estoy cansado. Le tiro una patada torpe que me duele más a mí que a él. Igual se cae. Se me viene al humo en dos segundos. Me tira tres piñas con el puño medio abierto. Siento que me pega con lástima, así, abriendo la mano. Él se juntaba con unos pibes que siempre se peleaban: te pegaban en las fiestas si los mirabas mal y después lo contaban a los cuatro vientos mientras tomaban birra y escupían. Yo, es la primera vez que me estoy peleando en mi vida y estoy perdiendo. Tengo catorce años. Newton, además de ser mi amigo, es el que mejor juega al fútbol del grupo y el que gana más minas. Por eso le tiré esa patada de bronca. Así se dice: ganar las minas. Le tiré la patada por eso y porque encima se ganó a Cecilia Insúa que es la chica que me gusta. “¿Viste a quién se ganó Newton?”, me había dicho un amigo la noche anterior y yo con los cachetes colorados intuí la respuesta porque los había visto irse juntos a los árboles en una fiesta. Si no ganás minas estás perdiendo. En eso pensaba cuando Newton me tira una gambeta. En ellos en los árboles y yo en la pista masticando bronca, haciendo pogo para esconderme en la manada y cantando una canción de moda que decía que había una cabra que era muy puta porque cuando le pedía leche no me la daba.

Esa historia, la de Newton y la gambeta, la de la patada torpe y la parejita en los árboles, la del pogo refugiado, la de esos pibes que te pegan si los mirás mal, la de yo a los catorce años mascando bronca, todo eso junto, es lo primero que se me viene a la cabeza en un segundo cuando me llega un whatsapp de Maru al celular que dice: “tengo una punta para una notaaaa futbolera”. Me llega ese mensaje así con las cuatro a juntas casi como un viejo relator gritando un gol. El siguiente mensaje dice que “me genera contradicciones el mambo del fútbol”. El tercero: “por ejemplo, todos los jugadores que son ídolos abusan y tienen o tuvieron causas por violencia de género”. El cuarto mensaje son links que hablan de la violencia de género que practican o practicaron Agustín Rossi, Santos Borré, Carlos Tévez, Wilmar Barrios. Todos jugadores que acaban de jugar el Superclásico.

Entro a los links. Los leo y mi cabeza va, una vez más, directo a la historia que contaba al principio. ¿Qué relación tiene mi patada con bronca con la violencia de Agustín Rossi, el arquero de Boca, que le pegó a su ex novia hasta dejarle moretones en los brazos y heridas en la Boca? No quiero escribir la típica nota progre y quedar bien parado, aplaudido por mi burbuja instagramera que es igual a que mi abuela me diga que soy muy buen mozo. ¿Cuál es el punto en común entre Newton tirándome una gambeta y yo buscando derribarlo con que Santos Borré, delantero de River, le haya dicho a la mujer a la que amenazó con golpear que él tiene mucho poder y su club una barrabrava? Yo también soy parte de este mundo porque hace unos minutos, después de ver el Superclásico, el Boca River, el partido del siglo, coincidía con alguno en que ahora Rossi, que atajó bien, sí tiene huevos. Ahora tiene lo que hay que tener. ¿Por qué recuerdo el término “ganar minas” cuando leo que Carlos Tévez alguna vez dijo que no quiere mujeres árbitros porque en un partido importante lo que menos quiere es discutir con una mujer; cuando leo que Wilma Barrios, el cinco de Boca, fue acusado de abuso sexual y lesiones?

Sigo hablando con Maru mientras escribo la nota, porque ésta y otras notas se escriben comentándolas. Me dice dos frases que me dan algo de luz. La primera: parece que jugar bien al fútbol determina “masculinidad”. Y después: el fútbol para algunos varones funciona como un masculinómetro. Pienso entonces que sí, que el que jugaba bien al fútbol era el líder del grupo. Se iba a las fiestas a las que él quería ir. Eran buenas las bandas que él escuchaba. Y en cambio, el que jugaba mal al fútbol no tenía ni voz ni voto. No valían sus opiniones, sus chistes no eran graciosos y lo elegían último en el pan y queso. ¿Será que tan adentro se me metió esa mentira?

Voy a jugar al fútbol cinco con un grupo de desconocidos. Hace tiempo que no juego y quiero ir volviendo de a poco así que le pido a un amigo que me sume aunque él no vaya. Llego solo, algo tímido, dudando si debería haber ido. Todos promedian los 35, 40 años. Son simpáticos, buena onda. Hay músicos, actores. Me saludo con un par y me doy cuenta de que la voy a pasar bien. En la primera jugada se me rompe la suela del botín. Tengo que atarla con el cordón y jugar chancleteando. A pesar de eso hice un partido bastante digno. Cuando terminamos, sentados al borde de la cancha, agarro mi botín destrozado y se lo muestro al grupo. Uno con el que me había entendido mucho en la cancha, me dice: “¿cuánto calzas?”. Yo le contesto “48, 49” sabiendo la posible reacción. “Uh, alta pija debés tener”. Risas del grupo. Después el foco de la charla pasa a ser lo bien que había jugado uno de nuestro equipo. “Te vas con la pija enorme”, le dice uno. Y otro: “hoy la ponés seguro”.

Vuelvo a casa en bicicleta. Me compro una Gatorade azul en un quiosco en Palermo. Arriba de los Mogul y junto a la heladera, contra la pared, hay una foto de Maradona con la camiseta azul de la selección, saltando puño en alto a punto de hacer uno de los goles que lo convertirá en leyenda. Diego Armando Maradona. Por ese gol tramposo y por muchos otros, hay quienes escriben su nombre así: D10S, haciendo un juego de palabras (y de números) entre la camiseta que él usaba y su supuesta divinidad.

Escribo su nombre en el buscador de http://tuidoloesunforro.com.ar, que es a donde me dirigieron los otros links que me mandó Maru. Sobre Maradona, intuyo el resultado de la búsqueda porque recuerdo vagamente que alguna vez su pareja lo denunció. ¿Por qué lo recuerdo vagamente? ¿Elegí no recordarlo del todo? ¿Será que acá es donde más funciona esta ley de: jugar bien es igual a masculinidad? Si Maradona es el que mejor juega entonces debe ser el más macho de la cuadra, el que tiene las pelotas mejor puestas, el que tiene más aguante porque jugó con los tobillos destrozados, el que le hizo un gol con la mano a los ingleses para vengar las Malvinas, el que tiene los huevos tan grandes que habría que ponerlos junto al Obelisco para terminar de formar la gran pija argentina.

Lo primero que me salta en la búsqueda es algo que no sabía: Maradona abusó de Yekaterina Nadólskaya, una periodista rusa, el año pasado. D10S se le abalanzó en la habitación de un hotel intentando desvestirla. Ella cuenta que un grupo de gente de seguridad y otro grupo de gente maradoniana le devolvió su ropa que había quedado tirada, le entregó quinientos dólares y la humillación como toda explicación.  

Estoy saltando de link en link. Como quise derribar a mi amigo Newton preso de los mandatos; ahora quiero derribar a Diego Armando Maradona. Voy al buscador de YouTube y escribo: Maradona Oliva. Rápidamente aparece un video con el título Video de Maradona golpeando a su expareja Rocío Oliva. Lo primero que me llama la atención es que yo recuerdo perfectamente este video porque cuando salió a la luz lo vi entero y varias veces. Una vez más la pregunta: ¿decidí olvidarlo? ¿mi mente hizo un proceso de eliminación selectiva? ¿o fue mejor que ese video no quede en mi memoria, para no tener que derribar de un planchazo al más macho de la cuadra, al que se las sabe todas, al que elige a qué fiestas hay que ir, al de los mejores chistes?

Recuerdo inmediatamente algo más, que en verdad ya sé desde que empecé a saltar como un loco de link en link, de ventana en ventana: la foto del grupo de whatsapp que tenemos con nuestros amigos. Es una foto intervenida en la que está uno de nuestros amigos mal photoshopeado por mí y cuyo personaje central es un Maradona iluminado por una extraña luz en medio de un partido que jugó Argentina en el último mundial de Rusia. Es una foto que se hizo viral porque Maradona estaba parado en el único lugar de la tribuna en la que pegaba la luz y porque un grupo de Argentinos estúpidos como yo lo miraban a él en lugar de mirar el juego. Le hacíamos reverencia, lo endiosábamos, lo ensalsábamos.

Vuelvo a ver el video de Maradona golpeando a una mujer. Maradona está sentado en un sillón en una casa vaya uno a saber en qué principado saudí y de pronto se para, completamente borracho. Está enojado porque su pareja está mirando el celular. Le dice que deje de mirarlo mientras le pega varias veces. Lo veo una vez más para darme cuenta de que la frutilla del postre estaba frente a mis ojos: ¿alguien se puede imaginar qué estaba haciendo Maradona justo antes de pararse tambaleante e ir a pegarle a una mujer? Estaba mirando un partido de fútbol.

Dentro de doce días todxs en Argentina y en Latinoamérica y en el mundo, vamos a volver a mirar un partido de fútbol: el Súperclásico. Lo llaman El Partido del Siglo. Lamentablemente, sin que nadie diga nada, en las formaciones de River y Boca saldrán a la cancha: el golpeador Agustín Rossi; el golpeador y amenazador Santos Borré; el homofóbico y misógino Carlos Tévez; el golpeador Wilmar Barrios. Según el informe de Mumala (Mujeres por la Matria Lationamericana), en este 2018 ya hubo 216 femicidios en Argentina, cuyos autores en casi el cuarenta por ciento de los casos fueron o habían sido parejas de la víctima. El informe también denuncia que el Estado argentino aprobó un presupuesto para 2019 que destina sólo 11.3 pesos por cada mujer argentina para trabajar en contra de la violencia de género. Pero el 24 de noviembre, allí estaremos todxs mirando hacia la pantalla verde que no es más que estar mirando hacia otro lado, para seguir sosteniendo que el que mejor juega el fútbol es el más macho, el más hombre, el que tiene las pelotas bien puestas.       

Lucas Palacios
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