Revista Palta | SE PRONUNCIA TROMP
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SE PRONUNCIA TROMP

Mi prima tiene 13 años y va a un colegio de doble escolaridad, la mitad de sus materias son en inglés y   es fan de youtubers yanquis. Cuando le pregunté por Donald Trump, en una charla ocasional, de esas en las que lxs grandes testeamos qué tan cierto es eso de que los millenials tienen la cabeza quemada, ella me corrigió la pronunciación: “es Tromp”. Agregó que sus compañeritxs se indignaron con la noticia el día que fue electo presidente. Ella no lo había visto actuar en Mi pobre Angelito ni cómo lo parodiaron Los Simpson. Igualmente sentenció: “El mundo se va al carajo”.

Creo que los padres de sus compañeritxs les transmitieron a ellxs la misma idea que los medios masivos de comunicación les sirvieron. Que Trump es un chiste, que no puede ganar un tipo sin carrera política, que no representa al americano “open minded” que nos quieren vender.

Esos cientos de medios inflaron a Hillary como la bandera ideológica progre de un país que, hacia afuera, parece estar representado por la cosmopolita Manhattan o por la diversidad cultural de San Francisco. Y no por la otra enorme cara de su territorio.

Los medios hegemónicos y los padres de clase alta se educaron con todo menos con sentido común.

Que el mundo se va al carajo lo escuchamos todxs al día siguiente de las elecciones. ¿Pero cuándo empezó esto? ¿Cómo era antes del 8 de noviembre? ¿Paz mundial, cuidado por el planeta y diversidad para la igualdad?

Donald Trump es una especie de Ricardo Fort pero con real poder económico, monstruoso y ostentoso, que supo rodearse de lxs grandes tejedores de figuritas, mucho antes de que lo tomaran en serio como alternativa política. Los mismos tejedores que nos muestran a Juliana Awada con Antonia armando una huerta en su jardín. Son los que le ganan a la fantasía de que la política es trayectoria, discurso y equipos; son los que nos depositan la líbido en el día a día de esa figura ejecutiva, para facilitar el camuflaje de los agentes privados que operan tras bambalinas.

El eco de una enorme porción del territorio yanqui, muy distinto a nuestro ideal americano y sus rascacielos, resuena en las medidas proteccionistas que anunció Trump durante la campaña. En un país donde no existen la educación y la salud pública, las oportunidades laborales y de crecimiento no pueden escasear. Y eso viene pasando desde la última crisis financiera, que impactó en sus industrias locales de allá. Esa derrota trae consigo la rabia, y la rabia hoy no queda linda en los titulares: es el primer paso a la pérdida de criterio, a señalar a esa otredad “culpable” de todos sus males. Algo así como lo que nos pasa acá con la eterna Herencia K.

¿Por qué nos importa tanto que un tipo misógino y racista como Trump sea presidente de un país alejado 9 mil kilómetros del nuestro? A nosotrxs nos importa EE.UU. porque es una potencia económica mundial y eso nos seduce, tal es así que nuestro presidente apostó a sus inversiones como primera medida para darle un giro económico al país. Apenas comenzó su mandato, Macri firmó a favor de los buitres y poco después recibió a su Justin Bieber personal, Obama. Pero ahora el Ricky Fort decide tomar medidas proteccionistas.

Desde que lanzó su candidatura, supe que Trump iba a ser presidente. Lo reafirmé con la última temporada de South Park. Pero como periodista, y con más sentido común que cultura general, tristemente entendí que los medios de comunicación son más entretenimiento que información, y que no tenemos a nadie que nos active un poco el pensamiento crítico.

Es difícil tomarse una elección en serio después de lo que pasó en Argentina en 2015, cuando las encuestas daban como ganador a Scioli. Desde ahí que Estados Unidos no me interesa. Mejor dicho, el panorama que nos llega de ese país. La traducción global de la realidad norteamericana es cómoda porque está en Twitter y apenas tengo que prender la computadora para purgar la culpa periodística de estar no informada. Pero me cuesta abstraerme, ahora mucho más, del temor a ser engañada. No puedo aislar la idea de una maquinaria que funciona impulsada no sólo por los intereses mediáticos sino por la necesidad de esos medios, sometidos a la lógica del click, de generar contenidos constantemente.

En eso Trump sí fue útil: sus extravagancias, comida predilecta de las notas viralizables, pagaron el cánon para ocupar un lugar de privilegio en la agenda 2.0. Notas del tipo “Las 10 peores declaraciones de Trump” o “Los escándalos del candidato republicano”, esculpieron su recorrido en la aldea de la instantaneidad.

El mismo día que un equipo de panelistas de la CNN, y de otros cientos de canales, daban por hecho un nuevo triunfo demócrata, la Organización Meteorológica Mundial publicó un reporte sobre el estado del clima entre 2011 y 2015. Ese análisis indica que se trató del quinquenio más cálido jamás registrado, y que será superado por las temperaturas del corriente año. Con ese dato me hice la periodista informada con mi prima. Le dije que a ese problema nadie, especialmente Trump, lo intentará atender. Porque para atender eso se necesita, además de plata, conciencia y, para eso, un cambio de pensamiento.

No sé si a ella la iluminó esa información. Apenas sacó su vista del celular y volvió a repetir que el mundo se va al carajo.

Lo único que sé es que los padres de lxs compañeritxs de mi prima no van a tomarse el tiempo de corroborar las cosas que se dijeron sobre Trump. Ya les bastó, a ellos, a los medios, y al propio Trump, con el sainete del vil multimillonario que llega a la presidencia profiriendo ataques contra lxs negrxs, las mujeres y lxs latinxs. Ese chiste que terminó pasando.

Por eso celebro que las caretas de los medios hayan quedado más expuestas que sus ilusiones, que no hayan tenido todavía el tiempo de reponerse ante su propia derrota. Celebro que Estados Unidos, país que nos influyó al punto de de ser cómplice y gestor de las peores atrocidades de nuestra historia, tenga la representación perfecta a su idiosincrasia, degolladora y cínica. Celebro que se vea a Estados Unidos mucho más allá de la idea que tenemos de Nueva York. Y a la porción indignada de su población, si los consuela, les digo que acá tuvimos nuestro propio Trump. Que el año pasado muchxs sufrimos un triunfo electoral inesperado y alarmante. Que lxs entendemos, que sabemos que es jodido y desesperante, pero que la lucha empieza como nos la muestran a Awada: haciendo la huerta en casa.

Maru Labat
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