Revista Palta | RUBÉN Y LA VEJÉZ DEPORTIVA O PELIGROSOS GORRIONES
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RUBÉN Y LA VEJÉZ DEPORTIVA O PELIGROSOS GORRIONES

Todos los días lo primero que hago es bañarme y salir al trabajo. El primer contacto que tengo con la sociedad, con la gente, es en la línea de subte H, la que une Recoleta con Parque Patricios. Me la tomo para llegar a San Juan y Jujuy y ahí me subo a un bondi. Las de la H son las primeras personas que veo, más ahora que mi compañero de casa no está. Me subo al subte y los vigilo. En general viajo con auriculares y miro a la gente, me entretienen las personas, ver cómo se mueven, cómo gesticulan e imaginarme una vida para cada uno. Imaginarme costumbres de ellos inventadas por mí.

Hoy miré a un señor, a un abuelo. No digo abuelo porque sepa que es abuelo, sólo lo digo por ser típico. Aunque él aparentaba mucho ese rol. Era un señorcito de pantalones deportivos grises con dos rayas blancas a los costados, una boina de polar, también gris, que llegando a la nuca se titulaba «Reebok», un camperón negro estilo escolar, así le digo yo, una bufanda cuadrillé en tono celeste y azul, y unas zapatillas de cuerina negra de persona seria. Le miré la mano y tenía una alianza. Lo seguí en la calle. Yo estaba llegando tarde y me di cuenta de que por suerte bajábamos en la misma estación. Bajé con él tratando de no acosarlo con la mirada, compartiendo la escalera mecánica. Salimos a la avenida y miré las esquinas sin entender, un tanto dormido. Me bajé mal. Bajé en Venezuela, que es ahí nomás de la universidad a la que iba hasta hace un año. Mal. Sigo caminando sin querer perder al señor abuelo y me encuentro con Amelia que estaba hermosa. Muy canchera en pleno Once, con lentes de sol, nos saludamos fugazmente. Yo iba grabando un audio que relataba todo lo que veía para no olvidarme los detalles. Seguí al abuelo un par de cuadras pensando qué nombre tendría, pensé en Roberto, Ricardo, Arnaldo, Rubén, Aníbal, pensé en Edmundo, pero sólo porque así se llamaba mi abuelo, ahí no fui muy franco. Ya sé. Y la verdad que voy a preferir que lo llamemos Rubén.

Rubén me devuelve la imagen de la vejez deportiva, eso pensé y dije en la grabación. Caminé hasta llegar a San Juan atrás de Rubén y lo saludé, lo dejé. Como un bien que nos hice a los dos. Yo no iba a seguirlo todo un día y él no me iba a querer todo ese día cerca. Después de Rubén, después de saludarnos, empecé a ver a muchos señores calvos con conjuntos deportivos en la calle. Conjuntos de toalla, algodón, tela de avión, de poliéster, variedades de texturas para el adiestramiento físico. Uno estaba en una Shell y todo vestido de celeste, un combinado real. Otro estaba de jogging y buzo polar, perfilándose para el running. Rubén era el más abuelo, los demás eran unos deportistas de setenta para arriba. Y yo no podía dejar de pensar en la idea de salud y/o jovialidad, como si esas dos palabras traficaran cierta sinonimia. Las leo, las escucho salir de mi boca y descreo de ese vínculo. No me aprecio para nada sano y sí me palpo joven. O tal vez sea que uno se viste de apariencia, que Rubén y un montón de señores quieren, veneran, idolatran, aman y honran las destrezas gimnásticas. Que se reúnen todos a las ocho y veintisiete de la mañana a poner el cuerpo en calor.

Un poco envidio a Rubén y su espíritu atleta. Él y su colectivo entienden y dominan el madrugar y la vida saludable. O quizás de pibito se inmoló con todo tipo de drogas hasta que fue abuelo y entró en el túnel del fitness. Rubén de boina de Reebok hoy sos un referente. Para mí, hoy te ganaste un trofeo de abuelo en los gimnasios de las plazas de la ciudad. Todo tu mundo aeróbico te balancea y te da el fresco de señor gladiador del dos mil dieciséis.

En la foto que le saqué Rubén está al lado de un afiche que dice “peligrosos gorriones”.

 

 

Por Juan Gabriel Miño.

Colaboración
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