Revista Palta | RESPIRAR EN EL AGUA, Y AGUANTAR EL AIRE AFUERA
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RESPIRAR EN EL AGUA, Y AGUANTAR EL AIRE AFUERA

Siempre me gustó el hecho de que estemos todo el tiempo relacionándonos con personas. Que muchas veces sin buscarlo, encontremos alguien que de alguna forma nos marca. Por algo que nos enseña, o simplemente por estar en el momento que necesitábamos. Vivivimos todo el tiempo absorbiendo información y experimentando cosas nuevas. Y no sería lo mismo hacerlo solos. Hay una persona de la que me acuerdo cuando digo ésto.  Alguien que sentí que me hablaba de verdad. Y me es difícil poner en palabras qué es lo que me dejó, pero parte de ésta reflexión dice mucho de él y del vínculo que creamos. Él como maestro, yo como aprendiz. Me enseñó todo lo que hoy sé sobre mí, cómo entenderme. Porque muchas veces creemos conocernos, hasta que llega alguien que nos muestra otra parte de nosotros. Una mirada distinta y tan real que asusta.

Un ex-nadador olímpico y su joven alumna se encuentran todas las tardes para que ella aprenda a nadar, en un lugar sin agua. ¿Es que un maestro sólo te enseña acerca del tema que querés aprender?

La “Nena”, como Dionisio llama a su alumna, se la pasa haciendo preguntas durante las clases. Curiosa y soñadora, se comunica con su profesor como si fuese un bebé que quiere a toda costa descubrir el mundo a través suyo. Él, por su parte, es introvertido y se siente incómodo al responderlas.

Me acuerdo de cuando era chica e iba a jugar a la plaza. Mi mamá siempre me decía “Hablale a esos nenes. Preguntales si quieren jugar con vos”. Y así de fácil conocía gente, me divertía, aprendía. Nunca fui tímida, introvertida. No me puedo imaginar cómo vive la gente que se guarda todo lo que le pasa. Cómo vive una persona llena de sensaciones no exteriorizadas. ¿Qué es de una sensación que se queda adentro para siempre?

Hay algo misterioso en esta gente que hace que uno quiera saber aún más de ellas. ¿Por qué guardan lo que guardan? Y esa intriga, ese misterio, me generó Dionisio. De la historia de él poco se sabe. Un nadador profesional que por algunos motivos ya no puede competir, ahora enseña. Para mí, porque una buena forma de trascender es ayudar a alguien a hacerlo. El día que yo tenga una mínima idea de quién soy, en el resultado voy a ver a todos los que me enseñaron algo.

Sus clases son muy concretas. Están cronometradas. Es parte de su técnica. Pienso en el colegio. Pienso en lo lindo que era que alguien me estuviera enseñando algo mientras se comunicaba de verdad conmigo. Dionisio para cada lección, decide contarle una historia. Siempre mis clases favoritas fueron de esas. De las que venían con una anécdota. Quizás porque hacían que después fueran más fáciles de recordar. Yo tuve muchos profesores, pero pocos maestros. Pocas personas que llegaban a mi vida a enseñarme algo y de verdad lo hacían. Algo de esas cosas que me quedan para siempre. De esas cosas que son más que solo una lección. “La vida se ocupa de hacernos temer muchas cosas. Algunas personas temen convertirse en lo que tanto añoran” dice Dionisio. “Qué cobardes” responde ella.

Nadar un poco funciona como metáfora para hablar de la vida. Porque es encontrar todo el tiempo momentos en lo que nos falta el aire, y aprender a salir de ellos. Probablemente alguien alguna vez nos mostró cómo nadar, pero nunca supimos cómo se sentía hasta estuvimos metidos en el agua.

Y ahí es donde siento que los que nos enseñan a través de la experiencia son quizás quienes más logran hacernos entender algo. Porque la sabiduría de los buenos maestros está en mostrarnos las cosas en lugar de contarlas. A veces, nadar es la mejor manera de aprender a estar fuera del agua.

Paloma De La Jara
[email protected]