Revista Palta | RATAS
2018
post-template-default,single,single-post,postid-2018,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

RATAS

Compartimos Ratas, un cuento de Flor Monfort parte de su libro Las rusas, editado por Roca Iceberg.

Me asustó la sangre, el bebé bañado en rojo y ese olor indescriptible del recién nacido. La abundancia de blanquería ayudaba a limpiar el paisaje pero la sangre se abre paso, como la humedad, y allí estaba metida en mis uñas, en la bombacha descartable, en mi muslo, seca y quebrada. Después del parto, que fue por abajo, el bebé volvió suave y bien envuelto en limpieza pero ese baño de rojo fue imposible de olvidar. Ahí sentí un quiebre, una pena infinita. El ejercicio de la maternidad no alentó mi ánimo: la falta de gimnasia y la rutina me llenaron de una soledad nueva, un vacío soporífero que detenía el tiempo y fomentaba mi bronca. Mi hijo se prendió bien a la teta pero esa manía de usarla de chupete me desesperaba. Devolveme mi cuerpo, pensaba, y lo dejaba varias horas en el moisés, mirando la nada. No sentía culpa, nadie me llamaba, nadie me visitaba, ¿qué iba a hacer?

Mi segundo hijo fue más fácil. Programé una cesárea con mi obstetra y aunque sentí cómo me acomodaban el esqueleto para sacarme la criatura de adentro, no vi la sangre. Tampoco tuve miedo de desgarrarme. Amamanté seis meses pero con un ritmo sostenido: quince minutos de cada lado, cada tres horas, y me sentí orgullosa de la disciplina y de haber subido solamente nueve kilos que desaparecieron cuando terminé de expulsar los restos de placenta.

Era una buena madre. Julián me acompañaba los fines de semana haciendo de comer y ordenando la casa pero el frío se fue instalando entre nosotros hasta volvernos parientes lejanos. La convivencia de la lactancia y el sexo me resultaban insoportables, y algo de ese rechazo infinito que sentía por estos hombres terminó de horadar esta pareja, que había sido mi única incursión en el romance.

Me separé convencida pero aterrada por este nuevo espacio de soledad social. Ya había visto a mis amigas recibiendo a los hijos hechos una bola de suciedad y nervios los domingos a la noche. Todas las mujeres separadas quieren desaparecer del mundo cuando le llegan los chicos. Están alterados, roñosos, te dicen “La novia de papá tiene el pelo hasta la cintura” y vienen con esa mirada toqueteada, que los hace ajenos al mundo que construiste con ellos. No hay manera de hacerles entender la hora de la cama, el cepillado de dientes, la mochila lista, volverlos a la rutina sin violencia.

Las redes sociales me reencontraron con Mariano. Hablamos un viernes y nos encontramos un sábado. Habíamos ido juntos al colegio pero siempre nos miramos de lejos, con desconfianza. Supuse que estaba casado, pero en las fotos aparecía solo, trajeado, como un político o un asesor de negocios que no pierde oportunidad para ofrecer sus servicios, y enseguida aceptó mi invitación. Fuimos a cenar a una casona con patio, para poder fumar tranquilos, y él parecía haber decidido de antemano que iba a estar conmigo, ordenadamente desde esa noche, hasta que se le antojara. Me relajé en su plan, tenía 46 años y dos hijos varones, uno de 8 y otro de 6. Quería estar con alguien que desconociera mi casa, que me pasara a buscar y me sacara del caldo familiar al aire acondicionado.

Mariano es asesor de un ministerio, su jefe se llama Kunis. Mariano le decía Kuki y se reía de sus brazos deformes, una anomalía genética que le impedía mover bien los miembros, tenía los brazos cortos y los dedos largos y duros como pinzas. Manos de tijera le decían. Era muy talentoso el tal Kunis. Lo conocí en una reunión donde no me animé a decir nada y me llamó la atención su atractivo, la manera de mirar a las personas, de callar cuando el tema no le interesaba e imponer siempre su ritmo a la conversación.

Al poco tiempo Mariano me compró un auto familiar. Yo no podía creer lo desmedido del regalo, la frialdad con la que me dio las llaves, casi rogando que no le agradeciera. Ahora pienso que a él le convenía una novia como yo, que no preguntara, que no llamara, que no jodiera. Nunca me importó decirle nada. Creo que él se encargó de explicarme, con palabras justas y desde el principio, que lo suyo era un estilo de vida, y que no había horarios ni días de la semana. Tenía sesenta y seis trajes, era impecable para combinar, llegaba a la noche radiante, siempre parecía recién salido de la ducha.

Yo me empecé a comprar sweaters de cashmere para ser suave, me endeudé con la tarjeta por botas con fur, tapados con corderito, todo lindo de tocar, como un gato muerto. Me sentía controlada, lejos del caos infantil, y estaba mucho mejor con los chicos, más distante pero amigada con la idea de que eran hijos buenos. Para el sexo Mariano era más mecánico que Julián, le gustaba practicarlo solamente el fin de semana y para mí era mejor porque él no lo hacía como a mi me gustaba. Le gustaba más bien que lo dominen y a mí me gusta lo mismo, así que estábamos los dos ahí, jugando una guerra silenciosa para que el otro lo monte y le tire del pelo. En una pareja yo pensaba que esos eran detalles menores, anécdotas para el olvido.

Yo quería tener nenas. Quería una Catalina, una Clara. Hubiera preferido ser madre de una sola, pero mujer. Pensaba en estos dos chicos, cuando crecieran y tuvieran sus pelos duros y bolas grandes. Nahuel, el menor, era bravísimo, tenía ojos de gato. Había salido muy desprolijo. Si le pedías que forrara un cuaderno, lo hacía sin poner cinta scotch en los dobleces. Me reventaba que no le importara nada la imagen, su tosquedad. Se destacaba en deporte pero para que hiciera la tarea había que sentarlo a punta de pistola. La psicología no es para mí. La maestra me decía que lo mandara a una psicóloga, que algo estaba tratando de decirme Nahuel, pero no sé qué podía ser. Además, quería hacer todo solo. Tenía que decirle, hacé la tarea o te reviento, comé la verdura o te reviento.

Un día, Mariano y yo empezamos a ver una película. El protagonista era canchero, inteligente, exitoso, había creado un slogan que se había hecho famoso, algo así como “somos vos” para resaltar la cercanía entre el producto y quienes lo hacían con el cliente. Hasta ahí la película venía bien: iba a la agencia de publicidad donde trabajaba y tenía una historia con una chica pero finalmente no pasaba nada, el tipo no se terminaba de enganchar, iban a cenar y se aburría. Yo esperaba el beso, la noche juntos, pero la película da un vuelco porque el tipo vuelve a su casa y saca una muñeca inflable de abajo de la cama, y dice algo así como “es la última vez”. El tipo realmente se creía que la muñeca era una mujer, y se notaba que estaba feliz con ella. Al día siguiente volvía a ser el hombre común, deseado y respetado por otros. La trama se va poniendo oscura porque el publicista dos o tres noches después vuelve a su casa y hace lo mismo, le dice a la muñeca que es la última vez y de nuevo empieza a tocarla. Él se excitaba sinceramente y le hacía el amor con dulzura. Hasta que un día se vuelve loco, la golpea, le pone una bolsa en la cabeza y la tira al mar desde un puente. Mariano se reía pero yo no me podía sacar a ese idiota de los sueños, creo que desde entonces me empecé a sentir mal y empecé a hacer cosas de las que me arrepiento.

Dos o tres semanas después, Mariano se fue a pasar el domingo a un country, con unos compañeros del ministerio, se llevó la raqueta y estaba vestido para hacer deporte. A eso de las 7 me llamó para decirme que no venía a dormir, que se quedaba allá y que al día siguiente iban todos juntos al trabajo. Yo no dije nada y corté. La casa estaba a oscuras porque yo esperaba que Mariano llegara, creyera que estaba dormida y prendiera todas las luces, como le gustaba a él. Me quedé a oscuras hasta las 9 que llegaron los chicos. Tenía ganas de dormir por varios días, hacer una cura de sueño, no pensaba exactamente qué estaría haciendo Mariano pero su figura me aparecía en la cabeza, como un fantasma.

En mi trabajo las cosas estaban mal. Después de las vacaciones de invierno me transfirieron de turno, empecé a dar clases a la tarde y los chicos eran totalmente diferentes. Parecía otra escuela. Ver caer el sol en el recreo me destruía, me empezaba a doler la panza. Los chicos no hacían nada, había una chiquita en cuarto que estaba embarazada y gozaba de una impunidad absoluta. Yo necesitaba plata para el día a día y Mariano no me daba. Empecé a estar con él en automático, los momentos juntos tenían una niebla permanente y de a poco empecé a rechazarlo: su idea de orden y control me desesperaba. Pero seguía al pie de la letra los rituales de la pareja y lo esperaba con la cena. Una noche, me dijo que tal vez había que postergar un poco el viaje a México pero que nos íbamos a ir nosotros dos. Me quedé callada y le dije que claro, pero yo había pensado que nos íbamos a ir con los chicos. Me puse contenta porque quisiera viajar solo conmigo, por primera vez tuve ganas de hacer el amor con él sin concentrarme en la idea. Después nos llevamos las copas al living y hablamos mucho de sus proyectos en el ministerio, si las cosas salían bien pronto iba a ser asesor del viceministro y eso significaba más plata y más beneficios. Pensé que tal vez yo podría dejar la escuela pero no dije nada. Él me hacía caricias en las muñecas y nunca me miraba a los ojos. Me comentó que Nahuel no le contestaba bien a veces, que debía estar celoso, pero que hacía siete meses que estábamos juntos y que él creía que el padre les había llenado la cabeza a los chicos en su contra. La verdad es que la que hablaba mal de Mariano a sus espaldas era yo, y los chicos lo detestaban. Nunca había notado que la relación era tirante, no había prestado atención, ahora me dicen “¿Pero no te fijabas? ¿No estabas pendiente?”. Y no, no me fijé, no me importaba, ni siquiera pensaba en eso. Yo quería sentirme bien y creía que ése era el camino. Y los chicos estaban bien, salvo algunas cositas, algunos ajustes, pero no sé qué más le podés dar a un chico para que esté bien. Salidas, un buen colegio, besos de buenas noches. Todo eso yo lo daba, con amargura pero lo daba.

Nahuel era maleducado pero de una manera muy sutil, no contestaba, no miraba a los ojos, interrumpía. Cuando lo empecé a notar me perseguí, me dolía el pecho, me mareaba, y muy pronto sentí que Mariano no venía en la semana para no cruzarse con los chicos. Era octubre, me parecía una eternidad esperar al fin de clases para que el calvario del turno tarde terminara. Mi hijo mayor, Diego, se portaba mejor, pero había desarrollado una suerte de alergia similar a la psoriasis que exigía una serie de lavajes que yo le hacía sólo si estábamos a solas. Además robaba comida, escondía panes con mayonesa debajo de la cama y aprovechaba cualquier oportunidad para hacerse un bowl de leche chocolatada y cereales inflados. Se compraba esos alfajores de tres capas y los ponía en una bandeja con dos vasos enormes de soda y se los engullía mirando la televisión. Era bastante asqueroso todo el espectáculo. Me daba mucha vergüenza verlos comer delante de Mariano pero perdía la paciencia cuando intentaba corregirlos y la verdad es que a mí me encantaba comer, no lo hacía por discreción. Eran demasiado grandes, hombres que se me venían encima. Mi suegra me había dicho que a los chicos hay que enseñarles a comer temprano, ponerles libros debajo de los brazos, darles órdenes de masticar con la boca cerrada cuantas veces sea necesario, pero a mí me agotaba, cada día ocupaban más espacio y yo era más chiquita.

Un día le puse lavandina a la sopa de papa. Comieron los dos. Le había puesto ajo, zanahoria, crema, cebolla y caldo. Licué todo y quedó espesa, con un poco de ciboulette picado arriba. Era tentadora. Le puse muy poquita lavandina, no sé por qué lo hice, ni siquiera lo pensé.

Los chicos se tomaron toda la sopa y repitieron el plato. A la noche se despertaron para vomitar, los dos, en diferentes tiempos. Yo no me moví de la cama y ellos no vinieron a decirme nada. Soñé que le tocaba la cabeza a Diego, que lo acariciaba, pero nada más, no pasaba nada en el sueño.

A las siete, cuando los desperté para ir a la escuela, ambos quisieron ir, les di una buscapina y se fueron, con cara de agotados, y yo sonreí y le toqué la cabeza a Diego. Bueno, bueno, ya se les va a pasar, dije algo así y me metí en la cama de nuevo. Ahora que hacía el turno tarde me quedaba hasta las diez en bata y ahí me iba a desayunar a la heladería del shopping. Leía los diarios y me mandaba mensajes con las otras madres.

A la noche Mariano me pidió que fuera a su departamento y le prepare un cambio de ropa porque tenía apenas quince minutos para darse una ducha, vestirse de etiqueta e ir a una cena en un hotel. Cuando fui a la casa, la primera vez que entraba sin él, me sentí rarísima. Las cosas reposaban, frágiles, en los estantes, era frío pero tan prolijo. El orden me producía una tranquilidad… me podría haber quedado a vivir ahí, detenida en ese instante, sin Mariano, sin los chicos, sin nada. Pero Mariano llegó y estaba muy apurado, prácticamente no nos hablamos y me tomé un colectivo para volver a casa. Estaba contenta, me senté en el fondo y estiré las piernas, el colectivo iba vacío, muy rápido, sentía el aire en la cara como un cachetazo amable.

Esa noche hice tarta de atún, y volví a ponerle lavandina. Los chicos no lo notaron en el sabor, pero Nahuel apenas terminó de comer vomitó todo en el piso de la cocina. Le dije que era una bestia, que eso le pasaba por comer rápido, y él se puso a llorar muy fuerte. Me asusté y lo llevé a la guardia, pero dijeron que algo le había caído mal y nos mandaron de vuelta con dieta estricta, seven up y reposo. Sería el atún, dijo la doctora de guardia. Yo también lloraba mientras lo revisaba porque me dio pena. Diego también vomitó un poco, pero como no había llegado a comer tanto, pasó desapercibido. Yo me preguntaba si no sería el atún lo que les había caído mal.

La alumna embarazada tuvo a su bebé y todo se calmó. Le mandamos un oso grande al sanatorio y las amigas estaban mucho más tranquilas sin su presencia, tan sexual, en el aula. Yo daba Historia y estábamos viendo aztecas, mayas e incas. Un chico se macheteó todo el manual y me admiré de la letra tan chica que pudo hacer. Lo dejé pasar porque no estaba para disgustos ni tenía ganas de firmar amonestaciones y mucho menos de reunirme con los padres. Cuando terminaron de dar la prueba, no recogí las hojas y me fui a casa. No sé qué me pasó con las hojas, me olvidé completamente, les dejé las pruebas a los chicos y cerré la puerta sin saludarlos.

Esa fue la última vez que los vi.

Esa semana y la siguiente di parte de enferma. Los chicos me pidieron la cena a eso de las 22, cuando ya se habían bajado todos los snacks de la alacena. Me pareció que a la mañana estaba llena y ahora no quedaba nada. ¿Hay que controlar todo el tiempo? No se puede.

Saqué dos pechugas congeladas que tenía, las corté en trocitos y preparé un risotto con crema de leche. Y le puse veneno para ratas. Estaría vencido porque era viejísimo. Lo compré cuando todavía estaba con Julián, porque habían aparecido unas bolitas en la terraza y pensamos que sería caca de rata, pero nunca lo echamos. Les dejé la comida en la mesa, salía humo del arroz, vi el humo enrollarse hacia la luz y me metí en la oscuridad de mi cuarto. Me dormí enseguida.

Una hora o dos más tarde empecé a escuchar los gritos. Nahuel vomitaba sangre y Diego parecía no respirar. Lo llamé a Mariano y me senté en el sillón del living. Me apretaba las uñas tan fuerte sobre las manos que me abrí la piel. Hablamos de cualquier cosa, me contó su día y me preguntó por el fin de semana, en realidad me dijo que nos había invitado una pareja amiga a su velero pero que él dijo que no, porque ellos tienen chicos y nosotros no tenemos. Eso dijo. Yo pensé que tal vez podríamos ir con Nahuel y Diego, pedirle al padre que ese fin de semana los dejara y llevarlos, ir los cuatro a pasar el día en un barco, me parecía buen plan, pero no lo sugerí. Mariano se tenía que ir y yo me miré las manos llenas de sangre, mojadas.

Me cambié el jogging y lo metí a Nahuel en el auto. De Diego me olvidé, o pensé que estaba durmiendo. No sabía qué hacer con él. Nahuel se retorcía en el asiento de atrás, no me hablaba ni gritaba, gemía, y se abrazaba la panza y la garganta. En el auto pensé que si se recuperaba bien, podríamos ir los tres al barco de los amigos de Mariano, pero no entendí bien si era algo que Mariano quería o no. Lo llamé de nuevo pero me atendió el contestador.

Dejé la puerta abierta de casa porque empezaron a llamarme de portería para decirme que mi hijo estaba mal, que se lo había llevado una ambulancia porque aparentemente había tenido un ataque de epilepsia. Eso dijeron los paramédicos cuando lo vieron, me contó la portera, pero yo le dije que Diego no tenía epilepsia.

A Nahuel lo internaron. Una médica me preguntó qué había pasado, y le dije que yo había hecho un pastel de papa y que después pasó esto, mi hijo retorciéndose, de la nada. Seguían hablándome, alguien me agarró del brazo. Volví a subirme al auto, o no, porque había una luz muy blanca tapándome la vista, pero siento que pude hacerlo, agarrar el volante, poner el auto en movimiento y llevarlo a la autopista. Las luces de los otros se me clavaban como flechas en la vista nublada y dejé el volante, iba muy rápido, me fui al asiento de atrás y miré los árboles pasar, uno atrás de otro, hasta que el auto bajó de la autopista.

 

Por Flor Monfort.

 

Colaboración
[email protected]