Revista Palta | RADIO PARA VIAJAR EN EL TIEMPO
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RADIO PARA VIAJAR EN EL TIEMPO

Me levanté ese miércoles a las 10:30 de la mañana. Lo cual no estaba planeado ya que mi alarma sonaba a las 11:00 am. Es curioso pensar qué hubiera pasado si esperaba que mi celular me despertase. Probablemente no hubiera escuchado lo que escuché, ni hubiera sucedido lo que sucedió.

La tele estaba prendida como siempre, pero no suele ser  vista en esta casa. Simplemente la prendemos y la dejamos correr. En la pantalla estaba pasando algo poco interesante, así que no me interrumpió en mi camino a la cocina. Era miércoles, yo no cursaba. Era uno de esos días en los que podía hacer lo que quisiera. Tenía tiempo, salud y plata. Desayunar rico fue mi primera decisión del día. Mientras lo preparaba, prendí la radio. Hacía ya tiempo que escuchaba un programa en particular a esa hora, si me levantaba. Sintonicé. La pausa publicitaria duró lo que dura el agua para mi té en calentarse, así que por un momento todo estuvo en sintonía. Hernán Casciari y Eduardo Sacheri. Estaban en el aire de Metro. Planeaban contar unos cuentos. Algo que ya habían hecho y que ya había escuchado. El conocerlos me hizo saber que lo que venía, seguramente, era algo bueno. Fue la primera señal clara.

Arrancaron, después de una breve charla en donde sacaban a la luz algunas diferencias que tenían el uno para con el otro. El primero fue Hernán, que tímidamente dijo: “Voy a leer un cuento escrito por quien me acompaña. Es uno de mis cuentos favoritos y el que lo escribió fue él”. Son algunas las palabras que recuerdo. Quisiera hoy acordarme de todo, pero la verdad es que en un instante me perdí. Mi cabeza estaba escuchando sin escuchar. Cada palabra que Hernán pronunciaba me llevaba a otro lugar. Ya no era yo en mi cocina desayunando, escuchando la radio. Estaba en el año 1986, presenciando el partido que años después, todos los argentinos recordaríamos con tanto amor.

Hay algo en ciertos relatos que pareciera hacernos vivir. Nunca lo había sentido, hasta ese día. Nunca me había pasado tan así. Jorge Burruchaga. “En 1983 debutó como jugador de la selección nacional argentina; con ella conquistó la Copa Mundial de Fútbol de 1986”, eso dice Wikipedia sobre él. Pero lo que Eduardo escribió y Hernán leyó, decía mucho más. Después fue Sacheri el que leyó, un cuento de Casciari. Yo seguía en ese partido de ese mundial. Si bien dos personas distintas habían escrito relatos que solo el hecho objetivo compartían, en mí, no hubo mínima diferencia.

Siempre me gustó el fútbol. Desde el día que por primera vez pisé la cancha de Estudiantes de Caseros. Siempre amé el fútbol. Pero lo que ese miércoles me pasó, todavía lo desconocía. Es fácil generar empatía hacia situaciones que uno vivió. Me habían hablado del mundial del 86, pero sólo eso. Sólo explicaciones que a mí no me generaban mucho más que alegría por los que lo vivieron, y un poco de envidia. Hasta que un miércoles fue. Cada movimiento, cada grito. No solo hasta ahí entré. La cabeza de los jugadores fue mía por un instante. Sentir lo que alguien sintió hace ya muchos años, mientras jugaba quizá el partido más importante de su vida, no es moco de pavo. Pero eso fue lo que pasó. Y todo mi cuerpo se encontró consumido.

Fui por unos minutos, un papá abrazando a su hijo. Fui por unos minutos, una mujer feliz por ver a su marido feliz. En ese entonces, no era algo usual que las mujeres disfrutaran el fútbol. Fui por unos minutos, un jóven que no tenía idea, porque las calles de su barrio estaban completamente vacías. Pero me desperté. Aunque las calles ya no estaban vacías. Salí al balcón para ver si, por casualidad, todavía veía en la vereda a la gente festejando el gol de Burruchaga casi ya al final del partido. Para ver si por casualidad, todavía veía a la gente festejando que en el 86 fuimos campeones mundiales. Pero nada vi. Solo a mí, festejando algo que había pasado ya, hace 30 años.

Paloma De La Jara
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