Revista Palta | ¿QUIÉN NOS CUENTA?
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¿QUIÉN NOS CUENTA?

La realeza me aburre. Todas esas historias sobre reyes y reinas de países lejanos y sus devenires por la historia, sus joyas, sus diplomacias y su deber ser, su compostura ante los hechos históricos que sacudieron el mundo. Todo plasmado en libros, revistas, películas y televisión. A la gente le encantan las familias reales y los entretelones de palacio y quizás por eso La Favorita de Yorgos Lanthimos fue una de las películas más elogiadas de la temporada de premios de Hollywood, en carrera con largometrajes de éxito comercial explosivo como Bohemian Rhapsody o de peso artístico fuerte como Roma.

La propuesta de La Favorita es la siguiente: dos mujeres de peso político, con inteligencia y belleza inigualable pelean obsesivamente para ser la preferida de la Reina de Inglaterra, mujer retratada de a ratos como insana, infantil y hasta obtusa y de a ratos como siniestra y oscura. Con una dirección de arte envidiable, un elenco aún mejor, y algunas perlas de la propia dirección de Lanthimos, que de pronto descolocan o encantan al espectador, la película se coloca un escalón más arriba que otras historias ordinarias de palacio. Quizás por eso cuando salí del cine no pude ponerle nombre a lo que no me había gustado y volví a mi casa pensando en la versión de estas tres mujeres que había visto en pantalla y algo de todo eso se sentía incorrecto.

Las historias tienen muchos costados e incontables puntos de vista, el problema con La Favorita es que tenemos el retrato de tres mujeres con infinidad de aristas y sin embargo, con alguna variación más o menos elegante, vemos un solo enfoque que nos resulta familiar: no importa cuán poderosas somos, si somos la cabeza de un Imperio en guerra con otro, o si tenemos visión y cintura política, tampoco importa la época, somos siempre las de quilombos de minita, cabeza de enamorada o actitud despechada.

La Reina de La Favorita decide el futuro de su país según a cuál de sus protegidas prefiere, las castiga con decisiones políticas y en ocasiones las obliga a tener sexo con ella en posiciones de dominación que suenan más similares a las de un hombre en poder que a las de una mujer en poder. Mientras los momentos de violencia sexual de los hombres para con las protagonistas son tomados a la ligera y casi como los momentos cómicos de la película, los encuentros íntimos entre ellas tienen un toque de perversión y de morbo que resultan exclusivos de la mirada artística de un hombre heterosexual detrás de las cámaras.

Apelando a una escena final impactante quizás por lo humillante y valiéndose de algunos elementos simbólicos, Lanthimos sugiere un mensaje que me resulta claro: “jodete por pasarte de viva”. En ningún momento el punto de reflexión trasciende los recelos y vanidades de las tres mujeres, sino que solo escarba en ese punto: en la competitividad exacerbada que no pareciera tener otro origen que ser mujer y no querer compartir los podios. Despejando muchos elementos de la ecuación y quizás para aliviar mi malestar, pude concluir que en otro nivel la película contaba las peripecias de ser mujer en un mundo hostil y la necesidad de sobrevivir.

La pregunta que la crítica y el arte se debe frente a estos productos cerrados y ya masticados por la industria no es por qué contamos la historia de este modo, sino ¿quién la está contando? Es ahí cuando todo se torna más claro: nunca se puede contar una historia distinta, si siempre la cuentan los mismos. No puedo culpar a Lanthimos por hacer la película que hizo, no puedo pedirle que con los mismos elementos me cuente otra cosa porque Lanthimos es un hombre narrando mujeres y esta es la historia que le conviene y que conoce. Sin embargo puedo proponerme buscar historias narradas por otras voces. Romper el molde que me dice que esta es la única historia que se puede contar porque es la historia que tiene el elenco, la dirección de arte, el director conocido que sale de algunos lugares comunes y la publicidad millonaria.

En la medida que las minorías, arrasadas en los espacios de poder cultural y político, empiecen a moldear sus propias historias en las plataformas masivas, podremos acercarnos a la pluralidad real de voces y diversos entendimientos del mundo. El peligro que late detrás de que nos cuenten otros con distintos privilegios, es que naturalicemos nuestra propia versión moldeada por un ojo ajeno.

Quizás La Favorita es una buena película, pero a mi entender es una oportunidad perdida para contar la lucidez y valentía de tres mujeres en un mundo donde existir es intrínsecamente tan peligroso que se transforma en un acto político, poco tiene que ver con eso los enredos de cama y las obsesiones femeninas. Cuando la silla de dirección pase a manos de nuestras voces, veremos una película diferente.

 

Dana Madera
danaceciliamadera[email protected]