Revista Palta | ¿QUERÉS LECHE?
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¿QUERÉS LECHE?

Una chica con una peluca rubia corta y ropa interior de encaje se sube las medias por sus estilizadas y eternas piernas. Se termina la secuencia cuando el cierre de sus botas de caña alta llega a su tope. Ella luce una piel de textura lisa y perfecta, como una muñeca de juguete, y sus tetas armónicas y paradas hacen juego con sus pezones rosados. Con un pucho en la mano y los labios pintados, ella se acerca al auto de un tipo fachero a quien le ofrece sus servicios desde la ventana. No tiene miedo ni inseguridad.

Mi primer acercamiento a la prostitución estuvo dado por la ficción. El cine y la literatura que consumí me ayudaron a construir un ideal de prostituta que estaba más ligado al placer que al trabajo; con múltiples relatos de hombres protagonistas que consumían sexo pago y con una fuerte objetivización hacia las mujeres que lo ofrecían.

Alanis, la película de Anahí Berneri, constituye para mí una obra fiel y representativa de algo que conocí de más grande: la lucha de las trabajadoras sexuales. Una temática polémica tanto puertas adentro como afuera del feminismo, que de a poco va alcanzando la urgente difusión que necesita.

Lejos de los extremos entre Mujer Bonita y Belle Du Jour, en donde la prostitución -en el primer caso como “mujer salvada” y en el segundo como “mujer burguesa empoderada”- es una vía de escape de algo, esta película no ofrece información procesada sino que abre un debate. Anahí pone a Sofía Gala en la piel de Alanis, quien personifica un retrato noble de las implicancias de ser mujer, madre y trabajadora sexual en Buenos Aires.

El conflicto del film no está dado por practicarle sexo oral a un viejo espantoso o por coger con un machito alfa a cambio de dinero. El conflicto comienza cuando unos inspectores municipales -que se hacen pasar por clientes- allanan el domicilio de Alanis, que es su espacio de trabajo y el lugar donde vive con Dante, su bebé. La policía se queda con su celular y detienen por una causa injusta a su compañera de vivienda y amiga.

Con estas condiciones, Alanis no tiene otra alternativa que buscar clientes en la vía pública; laburar de empleada doméstica, aunque no le guste, para comer o pagar una pensión; y dejar los cuidados domésticos de su hijo en manos de una tía que no sólo no respeta su trabajo sino que además la juzga como madre a causa de tal.

En constante movimiento, y frente a situaciones urgentes, Alanis no tiene tiempo para pararse a pensar sobre la moral en sus acciones, pero es una mujer que resuelve. Hace lo necesario para que su hijo tenga techo y comida. Y, así todo, es cuestionada como madre, ya sea por hablar por teléfono con clientes mientras da la teta o por ponerse un corpiño de encaje fucsia cuando Dante termina de comer.

Las consecuencias de un allanamiento y el riesgo que acarrea trabajar como prostituta en la vía pública reflejan, sin caer en ningún cliché, la inseguridad que representa el vacío legal que existe en nuestro país frente a este trabajo. Además, y a diferencia de otras películas nacionales que muestran un Buenos Aires más coqueto, acá todo transcurre en el barrio de Once. Una parte de la ciudad más carnal, matizada, multirracial, violenta y vertiginosa. Una manera de mostrar (y de narrar) diferente la calle y sus historias.

Pero Anahí va más a fondo. La directora traspasa la temática del trabajo sexual per sé y arriba a otras problemáticas en materia de género: la identidad -Alanis es constantemente indagada por el nombre que eligió y su tía la sigue llamando María- y, por otro lado, el cuerpo.

Anahí opta por planos amplios, cabezas cortadas y figuras expuestas desde otra mirada. Las tetas mainstream de Julia Roberts acá son reemplazadas por otras: las de una mujer real, que aparte de coger con ellas, las usa para amamantar. Sofía Gala le da la teta a su hijo -con toda la naturalidad que eso supone- hasta en el afiche de la película, detalle que generó polémica en las salas de cine antes de su estreno. Esto me recordó a la controversia que desató la mujer que amamantó a su hijo en el bondi; a las chicas que hicieron topless en Necochea; al “Tetazo” de principio de año. A esa dicotomía entre la teta buena y la teta mala que fragmenta nuestra integridad en cuerpos de deseo y cuerpos de crianza.

Alanís me regresó a las prostitutas de la ficción que pasaron por mi vida, y también al debate que me generan sus problemáticas desde que conozco la lucha de las trabajadoras sexuales. Me reencontró con la temática desde un abordaje respetuoso, sincero y necesario para esta sociedad que sigue estigmatizando todos los significados que se le asignan a la palabra puta. Me dejó con la ilusión de que esta historia se convierta en una referente del movimiento: mujeres fuertes con cuerpos reales que son víctimas de las desigualdades de género; con problemáticas invisibilizadas e interpeladoras de tabúes. Mujeres que trabajan y luchan como yo.

Maru Labat
Maru Labat
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