Revista Palta | QUERER PARA CREER
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QUERER PARA CREER

La noche que me regaló una pila de remeras viejas para que yo usara como pijama, dije listo, es él. Escribí poesías sobre la coreografía que hacían nuestras piernas cuando se enroscaban mientras dormíamos y festejé cada una de las noches de sincericidio que nos dormíamos sin coger, porque sentía que ahí el nivel de compromiso aumentaba. Me armé una película en la cabeza que no podía terminar de otra manera que no fuera juntos. Decía que yo iba a ser la que le hiciera perder el miedo al compromiso, y si seguía la fórmula que había aprendido de las películas de Hollywood tenía razón: porque ¿no es acaso el amor la más poderosa de todas las fuerzas?

Al parecer, no. Después de regalarme las remeras me dejó por chat.

No todo es como en las pelis, pero hay algo que igual nos hace sumergirnos en historias que no son de amor, deseando que lo sean; aunque en el fondo sepamos que por más momentos como los de las pelis que tengan nuestras citas, es muy difícil que termine en un felices por siempre.

500 Days of Summer es una peli que se ríe de esto. Que se burla de los lugares comunes que transitan este tipo de películas y de la fantasía de esa mujer etérea y “distinta” que viene a transformar la vida gris del hombre en un musical.

Desde el momento cero una voz en off nos avisa que esta no es una historia de amor. Pero, al igual que Tom, pasamos toda la película esperando algo mágico que altere ese anuncio inicial. Exactamente lo mismo que me pasó a mí con el chico de las remeras.

Tom (como yo) cree y espera ese amor único, predestinado y transformador que muestra Hollywood. Summer, lejos del típico retrato femenino, es una mujer independiente, que no cree en las etiquetas y adora su libertad. Pero eso no hace que Tom deje de perseguirla, cargado de una fuerza admirable e inexplicable que, sin embargo, no impide que termine llorando por los rincones con el corazón roto.

En el amor, creemos lo que queremos creer. Y a veces nos confundimos. La película entera es ese número musical que nos inventamos cuando estamos conociendo a alguien; esa comedia romántica que sucede sólo en nuestras cabezas en la etapa del enamoramiento. Y también la reconstrucción que hacemos de esa relación cuando se termina, contada como la recordamos: en desorden. Pasando por alto y distorsionando. El tiempo como caleidoscopio. Una relación como un conjunto de situaciones deformadas en el recuerdo.

El personaje de Summer es esa distorsión. No es el amor, sino el enamoramiento. No es ella, sino la idea que tiene él de ella. El director juega con referencias constantes a otras comedias románticas para hablar, no del cine, sino de la vida misma: el principal elemento contra el que tiene que luchar el protagonista es la realidad.

Tiene que ver con madurar y dejar de entender al amor como esa falsa idea de una nube de felicidad asegurada, pero también con aceptar que esa falsedad no lo hace menos significativo. Consiste simplemente en ese anhelo, en sostener la mano estirada. En seguir intentando.

Uno suele desear lo que ve en la pantalla, que muchas veces se muestra como inalcanzable. Y creo que eso a veces es divertido, y hasta necesario. Pero viendo esta peli eso que deseaba era mi vida tal cual. Y me sirvió para perdonarme. Por fantasear con la parejita cool y hipster que haría con uno, por llorar por las remeras que me quedaron del otro, por enamorarme de las cosas que teníamos en común y soñar con la idea de un nosotros.

Una historia que no es de amor, sino que es sobre el amor. Cuando es confuso y asimétrico. Cuando apostamos. Cuando falla. Sin banalizarlo, ni exagerarlo. La única comedia romántica posible en tiempos desromantizados, donde uno puede terminar con mucha gente, pero lo importante es no terminar con uno mismo.

 

Manuela Martinez
[email protected]