Revista Palta | PUTAS: LA REALIDAD DETRÁS DEL INSULTO
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PUTAS: LA REALIDAD DETRÁS DEL INSULTO

A finales de la década pasada cursaba periodismo en el barrio de Balvanera. Las calles cercanas al instituto estaban repletas de folletos de prostitución. En las paradas de los colectivos, en los tachos de basura, cualquier espacio podía ser ocupado por esos papelitos de contenido explícito: un cuerpo ardiente de mujer y un número de teléfono.

Por esos años, el gobierno argentino promovió políticas de Estado para combatir el tráfico de personas. Se modificaron leyes y se implementaron normativas punitivistas que, en la práctica, equiparaban trata de personas con prostitución. Yo asumí que la forma de colaborar era retirando esos volantes de la vía pública. Pero de ese modo, casi inconsciente, estaba criminalizando el trabajo sexual.

Georgina Orellano es una activista de una parte del movimiento feminista argentino. En 2016, en el marco del Encuentro Nacional de Mujeres, se hizo viral una exposición que hizo sobre la situación de las trabajadoras sexuales argentinas. Ella, que ejerce la prostitución desde los diecinueve, es la Secretaria General de AMMAR, la Asociación Mujeres Meretrices de la Argentina. Lidera un grupo organizado desde los ‘90 dentro de la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), mujeres unidas para defender los derechos humanos y laborales de quienes se autoperciben como trabajadoras sexuales.

Ella me recibe en su casa. Mientras prepara unos mates yo presto atención al decorado de su cocina, que hace apología a los fundamentos del movimiento. En su heladera no hay lugar para otra calcomanía temática: aborto, orgullo LGTBIQ, Michel Foucault, burlas a las publicidades héteronormativas, fotos de su hijo y folletos que promueven el reciclaje.

Estoy en la casa de una mujer que trabaja de puta, una palabra que siempre me persiguió como la corona de un estigma. En el mejor de los casos como referencia a una conducta libertina. Pero gozar sin culpa de mi sexualidad no era el único motivo para el agravio: usar una pollera corta, un escote pronunciado o encarar a un pibe me podía convertir en blanco fácil para el insulto.   

La manera de acceder a mi placer y erotismo es algo que todavía sigo experimentando, porque muchas veces tuve miedo de que mis gustos me dejasen como “la puta”. Esto también tiene que ver con la educación sexual que recibí de pendeja, limitada a métodos anticonceptivos y a prevención de enfermedades. En esa palabra, “puta”, había un intento de censura y aleccionamiento que me privó de algunas formas de placer y de relacionarme; y me inculcó otras: sentirla como una agresión es una. 

“Cobres o no cobres, sos puta. Me parece que lejos de querer escaparnos de esas definiciones, habría que reapropiarnos de la injuria para sacarle toda la carga negativa que tiene y tomarlo como una reivindicación y nuestra identidad política”, me dice Georgina.

Estoy acá, entrevistándola, porque me importa la agenda feminista. Y Georgina, su manera de pensar y sus compañeras, encarna una grieta dentro del movimiento. Esta grieta está delimitada por la aceptación o no de la prostitución como un trabajo legítimo. Así que, antes de empezar la entrevista, me acuerdo de aquella estudiante de periodismo que despegaba folletos. Por eso, le pido disculpas anticipadas por si en alguna pregunta uso un término ofensivo: asumo mi ignorancia.  

Levantando folletos, la gente cree que está ayudando a las mujeres cuando, en realidad, no saben que detrás de ese papelito hay mujeres que ejercen el trabajo sexual de forma voluntaria y que también publicitan de esa manera porque es la única que les quedó”.

A nivel nacional, la prostitución no es un delito pero tampoco está permitida. Cada municipio y provincia legisla bajo su propia normativa, y eso permite criminalizar el uso del espacio público y los lugares donde se ejerce la actividad sexual. ¿Esto qué implica? Entre otras cosas, abusos de la policía. Entonces los ámbitos públicos y privados representan un peligro para las trabajadoras que terminan ejerciendo en relación de dependencia, con mujeres u hombres proxenetas, para sentirse protegidas.

Existe la creencia popular de que el trabajo sexual es el destino mayoritario de las víctimas de trata. Georgina relativiza esta versión: el mercado rural y el textil, por ejemplo, también son susceptibles a estos crímenes de lesa humanidad. Pero el foco está puesto en la prostitución.

Georgina me cuenta que en 2009 se realizó un censo, conjuntamente con el Ministerio de Salud y con la Facultad de Medicina de la UBA, buscando la prevalencia de enfermedades de transmisión sexual en la población de trabajadoras sexuales en cinco provincias argentinas.

El censo determinó lo siguiente: hay 80 mil mujeres que cobran por sexo. La cuarta parte lo hace en la vía pública y el resto de forma privada. El 86% de estas mujeres son jefas de hogar y tienen a cargo entre uno y seis hijos. El 70% no tiene vivienda propia. Ninguna cuenta con obra social. Ni aportes jubilatorios. Muchos menos con la posibilidad de acceder a un crédito bancario. Esas cifras expresan las problemáticas más urgentes que acarrea la clandestinidad, determinada por la ausencia total de derechos.

Y del otro lado de la grieta, hay quienes no aceptan que una mujer elija ser trabajadora sexual. Lo entiendo: yo también estuve cargada de esos prejuicios. Veía a esa elección como el contrato con el machismo que autorizaba la cosificación y explotación de nuestro cuerpo. Como si la cosificación no existiera en todos los trabajos. Pero todavía me cuesta entender por qué un hombre elige compartir su intimidad sexual como cliente, de una forma tan impersonal.

Georgina me corrige y recuerda que también hay clientas que requieren sus servicios. ¿Esto es realmente así? A mí me gustan los tipos y no los cosifico; no veo al varón únicamente como un cuerpo capaz de llevarme al orgasmo. Tampoco concibo la posibilidad de pagar por sexo: los taxi boys me parecen más una construcción de Moria Casán que una oferta real dentro mi entorno. Y ahora me pregunto por qué jamás me planteé esa posibilidad, por qué existe esa desigualdad a la hora de pensar nuestros goces.

Pero si hay personas dispuestas a pagar por sexo, que encuentran placer por medio de esa dinámica mercantil, quién soy yo para juzgarlas. Hasta dónde mi juicio no está afectado por un pensamiento oxidado. Con qué argumentos se discute en esa delgada línea entre la moral y el deseo. Por qué una espalda o el conocimiento se pueden explotar a cambio de dinero y la genitalidad no.

Las modelos publicitarias, por ejemplo, fomentan patrones de belleza prácticamente inalcanzables. Mercantilizan su cuerpo y reproducen estereotipos perjuidiciales para nuestro género. Pero su trabajo es legítimo.

“Yo no me siento cosificada en el trabajo. El hombre no viene a imponerme cuánto me va a pagar, como sucede en la mayoría de los trabajos. Eso, en el trabajo sexual, nos genera cierto poder sobre nuestro cuerpo”.

El vacío legal en relación a esta actividad hace que hayan mujeres en situación de peligro. “No sólo deja asentada toda la discriminación que hay hacia nosotras sino también, sobre todo, la vulneración de derechos y la violencia institucional que ejerce la policía. La arbitrariedad policial: allanamientos sin órdenes de allanamiento, el pago de coimas, servicios sexuales gratuitos a los que tenemos que acceder como favores para no ir detenidas”, explica.

Ella me dice que la resistencia de reconocer los derechos y garantías a las trabajadoras sexuales viene de la mano con el rol histórico de la mujer y  su vínculo con el miedo:  “Estuvimos restringidas durante mucho tiempo y venimos de una cultura que nos trabajó el miedo y la culpa. Nos enseñaron que el espacio público es territorio de los hombres y que nosotras en la noche no podíamos estar solas. Cuando ahora la mujer empieza a caminar, después de todos estos debates, tampoco sabe cómo manejarse. Porque no nos enseñaron a manejarnos sin una persona al lado que nos cuide y nos proteja”.

Y es esta misma frase la que simboliza nuestra unión, que cierra el círculo que deja afuera al prejuicio y que integra una falta de información. Esa frase representa la intersección entre su lucha como trabajadora y la nuestra, como mujeres.

 

Maru Labat
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