Revista Palta | PURGA DE MANDATOS
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PURGA DE MANDATOS

Emilia es fea, para nada seductora, más bien desagradable. Su único atractivo, según le dicen y no paran de decirle, es su pelo. Pelo que no cuida como su madre quisiera: no lo peina, no le presta atención, no lo encuentra relevante. Y ella se encarga de atentar contra el autoestima de su hija al remarcarle que lo único lindo que tiene está hecho un desastre.

En Pauta y método para la purga familiar absolutamente todos los objetos –la herencia– están etiquetados y enumerados, desde las lámparas y las sillas hasta la ropa que llevan puesta lxs actorxs. Vicente y Gabriel (Diego Towers y Chapi Barresi) son dos hermanos de una familia platense de mucho prestigio que pretenden perpetuar la estirpe familiar. Por eso, toman estos artículos como recurso para interpretar las escenas familiares que reconstruyen la historia de la familia, su historia.

Mi desconcierto debe ser evidente. Lucía Servera, la mujer de la obra, única en un elenco de tres –aunque múltiples– personajes en escena, me explica con paciencia docente que a través de estos relatos se juega con lo teatral, con la función del arte”. Es decir que los sonidos, los recuerdos, las luces y algunas suposiciones son instrumentos para pasar continuamente de la escena a la meta-escena.

Vicente, con un tapado de piel sobre sus hombros, es la tía Dora; Gabriel ya no es Gabriel, ahora es Carlo y la sigue, como embelesado. Ella recibe una caja de bombones que guarda en sus manos, él galantea, ella se avergüenza, él juega a seducirla un poco más. La puesta en escena es en sí voraginosa porque lxs actorxs se apropian y escapan de las facetas de la personalidad de sus familiares con urgencia.

A Pauta y método –dirigida por René Mantiñán– se la puede pensar y desarmar desde varias perspectivas. Una de ellas es la construcción de la identidad femenina en el ambiente familiar. Las mujeres de este grupo familiar son las mujeres de la gran mayoría de las familias. Son o dejan de ser en función de su aspecto físico, del candidato que les quieren encajar, de la preocupación de una madre por el futuro soltero –ergo, en soledad y fracasado– de su hija, de las expectativas que hay que cumplir como si fueran promesas; promesas que nunca hicimos, proyectos con los que nunca nos comprometimos, compromisos que nos adjudicaron.

La Morocha. Así solía llamarse en las primeras funciones el personaje que mueve los hilos de la historia, que hace aparecer y desaparecer artículos; la mujer vestida de negro y rodete tirante que traza el camino por el que los hermanos llegan a los diferentes personajes ya no tiene nombre. Y se ubica en el detrás, va y viene, acerca unos gajos de limón que sirven de estímulo y ellos los chupan y lagrimean, contempla, se afecta, señala los desenlaces.

Cuando le pregunté si para ella llamarse de ninguna manera podría perjudicar la identidad de su personaje, me respondió que a pesar de que lo que se nombra tiene mayor peso, en realidad no importa si es sirvienta, asistente contratada, una hermana perdida, porque ningún dato es tan relevante como lo que hace.

La mujer del fondo, la que no se sabe si es muda o se llama a silencio, es un personaje que incomoda. Es en este sentido que Lucía dice que corre de lugar la idea de identidad. “Está instalada la idea de que la palabra es actuación y de que el personaje es en tanto se lo nombra: esa es una forma hegemónica de entender la actuación y el peso que ha tenido la palabra en escena. El hecho de que no se sepa su nombre ni se sepa quién es el personaje descoloca”.

Me inclinaría a pensar esta obra como una molestia, una interpelación, una incomodidad. Las mujeres son definidas a partir de un otro, en este caso de varones –niños y adultos– que insisten con enamorarlas, que las ignoran, que no necesitan de una figura femenina al lado para ser. La madre de Emilia, por ejemplo, se preocupa porque su hija anda toda andrajosa porque así no va a conseguir pretendiente. A Emilia –como a la mayoría de nosotras desde pibas– nadie le pregunta por sus deseos, le inculcan desde chica que ser mujer es lograr la aprobación de un hombre y con suerte su compromiso.

Con la función viajé a mi infancia, cuando el interrogatorio era frecuente y capcioso. Habrá empezado cuando tenía diez, doce años; mis tías primero me halagaban el pelo rubio eterno –pretendiendo ser observadoras– y, apenas me seducían, me preguntaban si ya tenía novio. Me asombraba que todas coincidieran en hacer siempre la misma pregunta y en recalcarme que ese “atributo” debía ser motivo más que suficiente para conseguir uno, como si tuviera que tachar al novio de mi lista de tareas pendientes.

La mujer no nace, se hace. Así, crecemos y nos hacemos convencidas de que nuestro proyecto de vida es enganchar un varón blanco heterosexual que nos ame hoy y nos aguante mañana. Ya veo que esta podría ser una historia común a todas las familias en las que las mujeres hemos sido expuestas como en una vitrina, vacías de deseos y metas personales, a la espera de algún nieto de farmacéutico que se digne a echarnos un ojo o, con suerte, un hijo de escribano que nos corresponda muy a pesar de tener el pelo revoltoso, la timidez a la vista y el autoestima por el piso.

Ana Carrozzo
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