Revista Palta | PRIMEROS PASOS HACIA LA IGUALDAD
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PRIMEROS PASOS HACIA LA IGUALDAD

Cuando mi mejor amigo asumió su homosexualidad frente a su mamá, ella respondió “está todo bien, pero mejor si tu papá no se entera. Mi amigo le da la razón, dice que su papá está grande, que es muy cerrado, que es para quilombo. Que entre tener que alejarse o vivir semi escondido, prefiere estar escondido.

La reacción de los padres es un tema bastante común en mi grupo de amigos. Muchos de ellos viven cargando un peso enorme y tienen miedo a lo que se pueda desencadenar si se lo sacan de encima. Sienten que, en el mejor de los casos, supone una desilusión del otro lado, una cara triste y preguntas como: “¿pero estás seguro?”, “¿cómo sabés que no te gusta si no probaste?”, “¿entonces no me vas a dar nietos?”.

Y claro que supone una desilusión, porque hoy asumirse como homosexual implica ir en contra de lo que fue esperado y planificado para unx. Para construir su identidad, ellxs tuvieron que rechazar gran parte de todo lo que les impuso desde afuera. Porque desde el momento cero en el que hay un bebé en camino se nos enseña a proyectar de acuerdo al sexo biológico asignado: los padres esperan el mes en el que la médica les dice si es “nena” o “nene” y, a partir de ahí, piensan un nombre, pintan el cuarto de un color, y le compran determinados juguetes.

La sociedad patriarcal y heteronormativa, en la idea -si se quiere- de simplificar, categoriza y etiqueta roles en un sistema binario: mujeres y varones. Pretende comprender el mundo dentro de dos atributos que encasillan, estigmatizan y excluyen. Lo femenino y lo masculino. Si bien estamos en el 2016, y pareciera ser que ya sabemos que la paleta es mucho más amplia que un tono rosa o un tono celeste, la sociedad sigue dándonos una única y eterna respuesta: la del binomio. No hay lugar para lesbianas, gays, transexuales, o bisexuales.

La sociedad impone normas de género que separan y regulan lo público de lo privado, reconocen a ciertas personas y dejan a otras en la invisibilidad absoluta. Pero el sexo no es un determinante de género, sino que éste último se construye. Funciona casi como una performance, una actuación constante, y es mucho más fluida en cuanto a sus representaciones y sus expresiones.

Para que algo cambie, la respuesta de la familia tiene que dejar de ser “te queremos igual”: nuestro objetivo debe ser dejar de reproducir el mandato que implica entrar dentro de uno de los dos casilleros habitables. Dejar de adjetivar a una persona en base a su sexo biológico. Es fundamental una familia que acompañe desde al amor, y de ésta contención carece la mayoría.

Porque detrás de eso hay un sistema educativo que forma filas de nenas y nenes, y que enseña inglés preguntando “are you a boy or a girl?”; un mercado del trabajo que imposibilita el acceso y que discrimina; medios que aumentan aún más la brecha que supone el binomio, y que frente a asesinatos de personas trans suelen justificar al asesino con una patología, sin hacer jamás un análisis sociológico detrás de la tragedia; un sistema de salud desinformado e inaccesible; campañas publicitarias que se rehúsan a caer en la feminización del hombre y utilizan slogans, en el mejor de los casos, del tipo “duro pero sensible”; una policía que maltrata y abusa; y un sistema de leyes (tanto en Argentina, como el en resto del mundo) que no integra y que permite que una compañía como Disney, por ejemplo, prohíba por contrato a sus figuras mostrar su elección sexual públicamente.

Es necesario entonces manejar una mirada crítica al respecto y entender que una respuesta del tipo “pobre, va a sufrir” no es, en absoluto, contenedora. Que para que haya un cambio, además de pedírselo al Estado y a las instituciones, hay que empezar por unx: tomar conciencia de que cada vez que buscamos encasillar a algo o a alguien en un binomio, estamos discriminando.

Manuela Martinez
[email protected]