Revista Palta | PORQUE TIENE EL CORAZÓN VALIENTE
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PORQUE TIENE EL CORAZÓN VALIENTE

“Todo lo que les guste lo hice yo, todo lo que no les guste lo hizo Fabi”. Antes de sentarse en su butaca, y después de un discurso algo descontracturado, Valeria hace un chiste en el que deja ver su miedo y sus nervios previos a la proyección de una película que escribe, protagoniza y co-dirige junto a Fabiana Tiscornia. Así empieza, para ella, el final de un proceso largo: después de cinco años de trabajo, estrena en su país la película La reina del miedo -mientras se ríe del miedo propio-.

Yo, que estoy entre el público, me río y empatizo con ella. Más gente se ríe y aplaudimos. La sala se oscurece y empiezan a pasar las publicidades de algunos sponsors. Dentro de 107 minutos, voy a tener algo más para decir, o no, quizás solo lágrimas en los ojos y ganas de abrazarla. Pero todavía no, sólo tengo ganas de ver una película que, no se por qué, siento que me va a gustar. Espero en silencio.

La reina del miedo cuenta desde muy cerca un momento particular en la vida de Robertina. Rober para lxs amigxs, Tina para lxs fans. Podría decir que es una actriz importante, que está por estrenar un unipersonal, que tiene una casa grande, empleadxs, y que se la ve profesionalmente exitosa; que está recién separada, tiene un amigo muy enfermo, un representante con una actitud muy empresarial y un perro que se llama Shimy. Que está rodeada de gente y que aún así se siente sola. Que está llena de actitudes infantiles, y a la vez carga con un montón de responsabilidades. Pero todas estas características son anecdóticas: lo más importante de Robertina es que tiene mucho miedo.

Me acuerdo, de chica, de temblar en la cama de sólo pensar en la idea de ser la última en dormirme. Cuando me preguntaban a qué se debía mi miedo, no sabía qué responder. Llegué a decir que tenía miedo de tener miedo. Es que no me aterrorizaba algo en concreto, sino una lista interminable de cosas que ya estaban sucediendo en mi cabeza. El miedo es imaginación.

Lo brillante de la película es que es como si nos metiésemos en la cabeza de la protagonista, con toda su neurosis: sin que ella exprese, en ningún momento, un miedo en particular, da pie a que imaginemos una inmensidad de situaciones, reales o fantásticas, que podrían desencarrilarse a partir de, por ejemplo, un simple corte de luz.

La actuación es brillante, y el montaje, el arte, la fotografía y el sonido también se lucen, acompañan y arengan entre sí: desde mi butaca y con los pochoclos en la mano, me veo envuelta en una atmósfera muy precisa, una sensación que ya no tiene tanto que ver con el miedo en sí (no es una película de terror, ni intenta serlo) pero sí con el estado del miedo en el cuerpo. Un mundo de sensaciones basado en todo lo que podría llegar a pasar, una sensación de ansiedad constante. Pensamientos absurdos que toman nuestro control. Angustia frente a lo que no se puede verbalizar. El miedo como una fuerza motriz.

Me veo en Robertina y en todo lo que el miedo hace por ella. Cómo la toma a al hora de despedirse, de decir que no, de soltar algunas responsabilidades y de enfrentar otras, de dejar de controlar todo, de llamar a un amigo que está enojado, de escuchar un ruido extraño, de salir al escenario, de llorar en un lugar público, de que entre un fantasma o un ladrón, de confundirse, de sentirse mala amiga, de dar un abrazo, de elegir lo que quiere, de lo que pueda decir la gente, de sentir que no está donde tiene que estar, de decir todo lo que nunca dice.

Es interesante, y agradezco, la manera en la que eligen hablar de la fama en la película: casi sin hablar de ella. Lejos de todas las ideas que unx pueda tener sobre una “actriz famosa”, Robertina es una persona común y corriente, que va al teatro como quien va a la oficina. La contraposición que se arma entre el mundo tan ornamentado en el que vive Tina, y el poco glamour con el que se desmorona Rober, es nada más -y nada menos- que una metáfora hermosa para verla volverse a armar después. Hacia el final de la película, sobrepasada, pierde el control que constantemente intenta tener sobre todo y se ve obligada a enfrentar uno de sus mayores miedos: salir al escenario y que sea lo que sea. En el sentido metafórico y en el literal. Soltar. Dejarlo ser. Let it be.

Valeria no es el personaje que encarna, pero sí está muy presente en el detrás de la película: se nota que escribe sobre lo que conoce, sobre lo que observa, sobre lo que la atormenta. Es una película, sobre todo, sincera. No sé cuántos miedos habrá atravesado para llegar a donde está, asumo que bastantes -sólo el hecho de ser mujer le habrá puesto todo más difícil-, pero puedo dar cuenta de uno: Valeria abrió la noche con un chiste dejando ver todo su miedo y en 107 minutos se abrió entera ante nosotrxs.

Dicen que para ser valiente, primero hay que tener miedo. Yo no fui valiente. Cuando la abracé para felicitarla me guardé las lágrimas para que nadie las viera. Ella y Robertina sí. Fabiana también.

 

 

Manuela Martinez
Manuela Martinez
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