Revista Palta | PORQUE SÍ
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PORQUE SÍ

Pasaron ya muchos años desde aquel día que le puse cara al amor, a mi segundo amor. Primero la familia.

Fueron veinte cuadras sin saber a dónde iba. Éramos cinco, pero sólo dos caminábamos por caminar. No hacía frío ni calor. No era invierno. Era verano y yo no podía estar más desorientada. Domingo, y por las calles de Caseros raro es encontrar alguien al mediodía. De todas las casas, sin excepción, salía olor a comida más que rica. Mi papá, dándose cuenta de que tenía hambre, me miró y me dijo: “Vamos a comer cuando lleguemos”. Comer ¿Una pista? No. Cada vez estaba más perdida.

Llegamos a una vía de tren. Hasta ese momento el camino era nuevo para mí, pero esa imagen me ayudó. Cruzamos. Ese fue el último día que la suela de mi calzado tocó el metal del riel porque en el momento en que mi pie se apoyó en el mismo, un grito se asomó de lo más profundo del pecho de mi tío, “No pises la vía, que ayer llovió. No queremos que te mueras electrocutada antes de llegar. Supe que no tenía que pisar. Supe que comunicarse es fundamental de tanto en tanto. Murió electrocutada por la vía del tren, yendo a un lugar que nunca supo ni sabrá cuál fue, porque murió. Me imaginé a mi mamá leyendo eso en el diario. Así que preferí hacerle caso a mi tío.

Llegamos a una esquina que por alguna razón nos hizo parar. La esquina a los mayores, los mayores a los menores. Pero al final todos paramos. Mi papá, mi tío y un amigo (los mayores) se miraron, y después nos miraron. Mi primo y yo (los menores) éramos dos niños de 5 y 4 años, parados en una calle en Caseros, Buenos Aires, Argentina, año 2002 que no tenían idea.

Mi papá decide tomar la palabra. El resto de los mayores lo aprueban. Uno, mi tío, cierra y abre los ojos muy lento en señal de apoyo absoluto; pero para que dudas no queden larga suavemente una palabra: “escúchenlo”. Pero mi papá era quien iba a hablar del asunto, todos lo sabíamos. “Estamos por llegar a la cancha de estudiantes” dijo. En eso mi primo dispara sorprendido un “¿En serio?” sostenido y con mucha énfasis en la “e”, pero automáticamente se tapa la boca entendiendo que aún no era momento de hablar. Yo lo había notado. Mi papá se rió por primera vez en todo el camino, pero poco duró. Apenas pudo se incorporó al estado que lo caracterizaba hasta ese momento, la seriedad absoluta. “Sí”, dijo. “Este es el lugar más importante del mundo. Éste es el único lugar que importa”.

Yo seguía sin entender. La palabra cancha sólo me significaba una referencia geográfica, ya que vivía con mi mamá a pocas cuadras de la cancha de boca. Entonces lo hice, me animé y pregunté: “¿Qué es?”.

Hacía veinte cuadras que no emitía sonido alguno. El amigo de mi papá se rió. Lo miré y me miró. Pidió perdón. Mi tío contrastó un breve “Ya vas a ver”. Ahí mi papá abre su mochila y saca dos remeras. Eran iguales, rayas blancas y negras. Y en el medio un escudo. Nos las pusieron sobre la ropa que teníamos, y seguimos caminando. Cuando volví a levantar la cabeza lo vi: La edificación más grande que hasta ese momento había visto. Un gran círculo, que ocupaba una manzana entera y muy alto.

Nos pusimos en fila, una no muy larga. La fila estaba llena de gente vestida igual que mi primo y yo. Mi tío decide en ese momento avisarnos que un policía los iba a revisar para ver que no entraran con cosas raras. A mi me sorprendió que a los niños no los revisaran, sin saber bien porqué. Uno de los policías se dio cuenta de que yo lo miraba, y me sonrió. Yo también le sonreí. Fue la primer y única vez que un policía me transmitió tranquilidad. Avanzamos. Yo seguía teniendo un poco de miedo, pero estaba más relajada. Decidí preguntarle a mi papá si mamá sabía dónde estábamos. Dijo que sí, y en un instante casi me relajé del todo.

Entramos. Mi tío levantó a mi primo y mi papá quiso también alzarme, pero le dije que no. Atravesamos la primera posta. Un señor se aseguró de que mi papá fuera mi papá y una vez que terminó le devolvió su carnet, que en ese momento yo pensé era su documento. A lo lejos, humo. Mucho humo y un olor desconocido. De repente la vi: una parrilla llena de choripanes. En eso, se escucha una voz. Fuerte pero no clara. Salía de un parlante. Yo no entendí, pero mi papá si. “Vamos que arranca” dijo.

Me levantó, estuvo bien porque en ese momento sí tuve miedo. Subimos unas escaleras, y ahí lo vi. La tribuna, una escalinata interminable. Más allá, un alambrado, y después, pasto. La gente gritaba cada vez más fuerte. Estábamos todos vestidos iguales. Rápidamente nos acomodamos, nos sentamos al lado de un hombre que tenía muchos años. Yo no lo conocía pero mi papá sí. Se saludaron. “¿Es tu hija?”, preguntó. Mi papá respondió orgulloso que sí. El hombre me miró y me dijo: Éste, es el momento más importante de tu vida. Éste, es el lugar más importante”.

Yo, lo único que pude hacer en ese momento, fue mirar el tatuaje que se le dibujaba por el brazo al hombre: un pirata. El hombre me miró, bajó la vista, y se puso unos auriculares. Ya estaban los jugadores en la cancha. Yo seguía sin saber que pasaba, pero minutos después sonó el silbato y todo lo supe.

Ya no importaba nada. Porque en ese momento y en ese lugar, lo único que interesaba era que una pelota, pateada por los jugadores con los pies, entrara en el arco. Pero no en cualquier arco, en el arco de los que tenían la camiseta de distinto color.

Ese día no pasó. Nadie metió un gol. Cuando nos estábamos yendo, la gente seguía cantando. Yo le pregunté entonces a mi papá por qué cantaban, si habíamos perdido. Personalicé el verbo haber. Mi papá sonrió y me dijo: “Porque sí”.

Supe en ese momento, que el fútbol es un constante “porque sí”.

Si ese día me hubieran dado a elegir el plan de domingo, seguramente hubiese preferido hacer otra cosa. Hoy se que lo que ese hombre del tatuaje me dijo era verdad. Hay amores que no se pueden explicar.

Paloma De La Jara
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