Revista Palta | POLÍTICAMENTE ODIABLES
621
post-template-default,single,single-post,postid-621,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

POLÍTICAMENTE ODIABLES

Siempre tuve un cariño especial por las personas malhumoradas. Gruñonas, fastidiosas, solitarias. De las que no te devuelven un “¿y vos todo bien?” cuando las saludás, ni responden un saludo de compromiso por las fiestas. Esa distancia que generan, que algunxs les llaman “mala vibra”, para mí es un aura de misterio fascinante. Por eso disfruto terminar siendo su confidente, o la afortunada que logra sacarle una sonrisa a estos seres disfuncionales e introvertidos.

El exceso de simpatía y carisma en mi entorno me hizo poner la mirada en lxs que no les interesa caer bien, ni  mostrarse y mucho menos tener aprobación. Tengo el talento de encontrar ternura en caras de culo, respuestas amargas y quejas excesivas.

Lo mismo me pasa en las películas. El Teniente Dan, por ejemplo, de Forrest Gump,  fue mi primer forro preferido. Un malo absolutamente necesario tanto en la historia como en mi interés por seguir viendo la peli y descubrir cómo le brotaba la bondad en algún momento frágil.

Lo mismo que me pasó con Snape de Harry Potter, con el Grinch, con Alan Grant de Jurassic Park, con Adam Sandler en Ocho Noches de Locura.  Pero desde Up que no había dado con otra película ligera con un personaje gruñón y central que me dejara llorando. Hasta que subieron St. Vincent a Netflix, y me la recomendaron como “la Up en live action”.

Fue eso y mucho más. Su personaje central, Vincent (Bill Murray), es un alcohólico solitario, fanático de las carreras de caballos y el típico cliché de yanqui venido abajo. Su única compañía es una prostituta embarazada y un gato. Es agresivo, disfruta que lo odien y no se conmueve con nada. Pero necesita plata.

Esta necesidad económica genera, en principio, la intriga de saber si la quiere para putas, vicios o algo más. Y, a la vez, es el motor por el que inicia la accidentada relación con sus nuevos vecinos: Maggie y su hijo Oliver, un nenito nuevo en la ciudad, que su viejo lo abandonó y ahora sufre de bullying en la escuela. Es inteligente, sensible y curioso.

El vínculo de ellos dos empieza como una relación laboral. Maggie, enfermera, empieza un trabajo que le demanda mucho tiempo y no puede cuidar de su hijo, y Vin, con fastidio y sin opción, se convierte en el niñero de Oliver.

Vincent es tan o más odioso que Jack Nicholson en Mejor Imposible. Tiene casi todos los elementos que componen y justifican la soledad de una persona, y Oliver tiene un exceso de necesidad por alguien que lo acompañe. El pibito, bueno y tierno a los ojos comunes, supera al clásico “destapador” de emociones. Su inteligencia se refleja en su interés por Vin y sus ganas de revelar su misterio y de convertirse, en cierto punto, en el niñero del niñero.

Algo de ese Oliver necesitado de afecto y sin temor por las corazas de lxs que parecen insensibles, me hizo acordar a mí cada vez que me encuentro con un gruñón.

Como me pasó con Carmen, la señora ortiva del quiosco cerca de mi secundario que nadie quería por parca y mala onda. Escondía una historia de vida tremenda con respuestas cortas y suspiros forzados, y siempre se quejaba cuando dejábamos la heladera de las bebidas abierta más de dos segundos. Pero tenía un amor por las plantas y los perros que me llevaron a quererla y a relacionarme con ella aunque fuera así, imposible.

La intriga que me generan estos perfiles que no siguen ciertos patrones de buenos modales, o porque les chupan un huevo, me hace atravesar un mundo. Me veo reflejada en ellos, en su desprecio por la vida, y en todos los momentos en donde me gustaría poder mandar todo a la mierda, dejar de ser amable y empezar a ser impune, pero algo me frena. Y por eso lxs admiro: por su ego y su valentía.

Lo más lindo de estas películas, como St Vincent, es ese milagro social de terminar amando a lo que aparenta inquerible.

Maru Labat
[email protected]