Revista Palta | PLEMYA
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PLEMYA

Al principio esperé que esa larga ausencia de voces fuese sólo una introducción genuina de los pensadores de la película. No por un capricho de lo convencional, sino porque mi primera impresión fue «no voy a entender nada». Pero no.

Quizá yo me engañe pensando que mi mundo es distinto, donde el polen vuela por los campos en constante contraste con el sol. Pero la primera escena fue un uppercut de lleno. Recordé en todo momento una adolescencia que fui queriendo tapar con historias de la literatura y el cine como si fuesen tierra: la vez que ingresé en la Escuela Técnica nº 1.

Éramos todos hombres, las aulas eran frías y el galpón del taller era aún más frío; yo me sentí como en un orfanato en el que en cualquier momento vendrían los acosos, las pelotas de papel contra la nuca y el incontenible llanto de alguien que se separa del cordón umbilical de una vez y por todas. La cuestión es que no me pude desprender del sentimiento de tristeza en ningún momento de la película.

Con planos secuencia larguísimos de hasta ocho minutos y escenas de sexo súper reales al borde de lo porno, Plemya muestra la monotonía existencial de unos pibes que viven rodeados de nieve y son el centro de una fotografía triste que se extiende a lo largo y a lo ancho y nos toca en algún punto.

No sé si porque el protagonista es el mismísimo molde de la cara de un amigo mío o porque uno intuye que el leitmotiv de la historia es hasta qué momento va a aguantar lo que aguanta, pero lo que más genera es compasión. Como en Neds (Peter Mullan, 2010), los pibes son tan buenos actores que uno se la cree. Los golpes reales (seis sopapos a mano limpia en una de las tantas discusiones) y la rapidez con la que fuman los cigarrillos causan impresión y desesperan, pero nada sale de lo común. Me puedo seguir engañando, pensando que ninguno de esos personajes busca nada; que las prostitutas no tienen ni dos dedos de frente y que los chabones son uno más idiota que el otro, pero es una excusa. Uno ha pasado por lo mismo, también me ha tocado ser sumiso para que un grupito de tres o cuatro no me fajara, y eso la película me lo tira en la cara en todo momento, sin decir nada. Las señas de sordomudo podrían desaparecer porque uno entiende que lo que se ve es lo que pasa; que los personajes son tan inexpertos como yo y que tengo que hacerme cargo inclusive del final, porque es algo que esperé con orgullo, ansioso, como si yo mismo estuviera dándoles las indicaciones.

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Nicolás Fernández Ramos
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