Revista Palta | PERIODISMO PARA TODES
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PERIODISMO PARA TODES

Las primeras veces que en una charla utilicé la “e” lo hice con una sonrisa tímida, como pidiendo permiso para “hablar mal”. Con un tono forzado que dejaba entrever la militancia y a la vez, lo mucho que me cuesta romper lo que tengo incorporado, cuánto me importa la mirada de lxs otrxs y lo graciosa que me suena la palabra amigues. En mi casa, sola o con gente de mi confianza, intento practicarlo y la mayoría de las veces, le pifio.

No le tengo miedo al lenguaje. No existe, para mí, una forma de hablar incorrecta siempre y cuando se entienda el mensaje. Como persona que se psicoanaliza hace 10 años, además, encuentro en mis palabras una herramienta que me habilita a cuestionarme y aceptarme. Sin embargo, si no hubiese arribado al periodismo no habría entendido que las problemáticas colectivas también se reflejan en las palabras. Fue en una charla que dio Mariana Carbajal en mi facultad que conocí, en 2009, la figura del “femicidio” -antes referido en medios de comunicación como “crimen pasional”-, y también aprendí sobre el sexismo predominante en la lengua castellana. Criado y engordado en los medios masivos de comunicación, la literatura y el cine.

Resulta que el lenguaje, en particular el que nosotrxs utilizamos, fue concebido por la misma lógica binaria que domina al mundo. Mujeres y varones, femenino y masculino. A diferencia del inglés -aunque en su práctica esta lengua sí presenta terminologías sexistas- no tenemos un artículo neutro. Ellxs utilizan “the” para referirse a objetos o a colectividades. Nosotrxs tenemos al femenino y al masculino hasta en la mesa o el buzón y, antes de empezar a escribir, me pregunto sin ánimos retóricos: ¿por qué estas categorías y no otras? ¿qué hace al buzón masculino y a la mesa femenina?

Busco alguna respuesta que me quite al patriarcado como epicentro de todos los males. No la encuentro.

Cristian Secul Giusti es Doctor en Comunicación, profesor de periodismo y fue docente de lingüística en la Universidad de La Plata. En sus respuestas queda clara su posición: en todo momento hace uso de un lenguaje inclusivo. Y, así como me pasa a mí o a cualquiera que lo esté empezando a implementar en la oralidad, se equivoca y se corrige automáticamente. Cristian describe al lenguaje como “un tránsito en común de una sociedad inmersa en un contexto en particular y con unas condiciones correspondientes a la convivencia del habla: es un lazo compartido”. En este sentido, el lenguaje sería la representación simbólica de nuestro lugar en el mundo. La forma de hacernos entender y poder entender otras realidades e identidades.  

El lenguaje inclusivo -la e, la x, el @- no empezó con los móviles a las estudiantes en medio del debate por el aborto legal, así como tampoco los feminismos. Esta práctica del habla, e intención de visibilizar desde la comunicación la existencia de otras identidades, empezó hace mucho. Pero recién ahora tenemos la chance de dar este debate en el mainstream. La resistencia de lxs buenxs alumnxs de la Real Academia Española (RAE) se viraliza en memes y videos y se legitima con las editoriales de “profesionales” de la comunicación -paradójicamente-. Eduardo Feinmann  perdió la cabeza en un móvil con una estudiante y la interrumpió, sistemáticamente, por su uso de la “e”. Poco después, twitteó: “Aprendan los del inclusivo. Hablar bien no cuesta nada. ES SEGURO, LEGAL Y GRATUITO”. Jorge Lanata, con su editorial Le mer estebe serene, dejó clara su postura: el lenguaje inclusivo, para él, es una ensalada gramatical condimentada con los caprichos snobs”.  Los periodistas, con estos mensajes, riegan al pensamiento dominante: “no se metan con el orden establecido”.

Entiendo que cueste. Todavía mis insultos más sentidos, que reproduzco casi por instinto, tienen una connotación machista. La puta que te parió, la concha de tu madre e hijo de re mil puta son mis preferidos. Me gustan, los saboreo, me siento bien diciéndolos y descargo con ellos, aunque van en contra de mi ideología. Entiendo la carga de la palabra, el poder adoctrinador del insulto, y no me los perdonaría en una situación de poder, mucho menos con público mediante.  No puedo entender cómo ciertos formadores de opinión pública, en su rol de comunicadorxs, fogonean la lluvia de memes con sus editoriales peyorativas, en vez de aprovechar esta disputa en el lenguaje para abrir un debate.

La RAE es un ente con base en Madrid que regula los buenos usos de la lengua castellana y al que la Academia Argentina de Letras adhiere. Cuando existe alguna duda, se apela a la RAE. Como sucedió durante la presiencia de Cristina Fernández de Kirchner: el uso del sustantivo “presidenta” se cuestionó hasta que la RAE, finalmente, lo admitió. Cristian opina que “hay que poner en tensión este lugar dominador que tiene la RAE. Habría que pensar, primero, por qué se la concibe como algo creíble y, segundo, por qué también la aceptamos tan fácilmente”. ¿Tenemos base idiomática en el mismo país que nos colonizó? ¿Y decidimos, al día de hoy, consentir la opresión que nos asignaron pidiendo permiso para hablar? ¿O es todo una resistencia a la evolución propia de nuestra sociedad?

El masculino en el castellano de la RAE es el “género no marcado e inclusivo”. Es por eso que a un grupo mixto lo referimos, históricamente, como “los”. Esta “neutralidad” que intenta tener el masculino en el lenguaje no es imparcial ni subjetiva: los grupos, el conocimiento y las grandes conquistas en nuestra historia se desarrollaron por mayorías absolutas masculinas, que conformaban las esferas de poder. “El amplio e histórico empleo del masculino inserta un discurso sumamente hegemónico orientado hacia el sistema patriarcal. Que estemos muy acostumbradxs a destacarlo no quiere decir que no tenga que ponerse en tensión”, agrega Cristian. Mientras no permitamos esa tensión, probar esta supremacía del masculino es muy sencillo: hace falta un sólo representante del género para dirigirse a toda una sala llena de feminidades, en masculino. Me pregunto, entonces, qué pasaría a la inversa: ¿cómo se tomaría al femenino como neutral si el “género” en el lenguaje no responde a su construcción social?

Resulta que la RAE se aggiornó en algo y ya tienen a un Community Manager manejando sus cuentas con el hashtag #RaeConsultas. En una pregunta que le hizo una usuaria sobre el uso de la X, su CM respondió que este uso “no es válido”. Su última intervención en el tema fue después de que trascendiera una noticia que dio pie a la polémica: la empresa española “Aceites y Energía Santa María” no pagó a sus tres trabajadoras porque el convenio que había hecho con el sindicato sólo decía “trabajadores”. Y, al respecto, la RAE respondió en twitter que “quizás  la insistencia en afirmar que el masculino genérico invisibiliza a la mujer traiga consigo estas lamentables confusiones”. La resistencia al lenguaje inclusivo le masajea los pies a empresas que precarizan en su nombre. Para ampliar su opinión, el ente compartió en su página la importancia de hacer “economía del lenguaje” y no desdoblar cada sustantivo en masculino y femenino. 

Estas discusiones oprimen el desarrollo del lenguaje y no tienen un correlato con los avances sociales. Sin ir más lejos, el 18 de junio un juez utilizó, por primera vez, la figura de travesticidio en el juicio por el asesinato a Diana Sacayán, activista travesti. Este término no es admitido por la RAE, pero la justicia (esta vez) entendió que en estos casos el homicidio está agravado por el odio a la identidad de género. Esta figura en el orden penal enaltece el poder de la palabra y transforma el “llamar a las cosas por su nombre” a “llamar a las personas por su identidad”.

Las palabras cargan en sus morfemas, que es la unidad mínima en la que se pueden dividir, un montón de información: tiempo, modo, aspecto gramatical y género. No todas las palabras que te informan su género en sus morfemas indican masculinidad ni feminidad en el sentido de la división binaria de sexos. Hay palabras que no representan objetos sexuados, por ejemplo los objetos inanimados, aunque eso no quiere decir que no tengan una carga valorativa y que pueda, eventualmente, ponerse en discusión. Porque la mesa es femenina y el buzón masculino no pueden ser así “porque sí”, todo tiene una historia.  Lo mismo sucede con oficios feminizados: azafata, sirvienta, secretaria. O palabras que, en su categoría femenina, tienen una connotación negativa: perra, yegua, bruja. En este caso su representación simbólica sí tiene asidero en la realidad: el masculino, más que el género neutral del lenguaje, es lo que está normalizado como hegemónico y portador de poder. Femenino es servicio o pecado.

Hace dos años que elijo escribir con la x, y en la oralidad lo hago en binario porque la “e” todavía me cuesta. Cada vez que publico un texto, mi mejor amigo me manda audios, leyendo fragmentos con la impronunciable equis en tono de burla. Entiendo que esa deformación del lenguaje sea incómoda para algunxs que leen o escuchan, pero esta elección tiene una intención: mostrar que los relatos pueden no ajustarse a la heteronorma. Y es un buen síntoma entender que  existen colectivos de personas que no están protegidas ni representadas por las instituciones, ni por las costumbres, ni por las palabras. En su impacto, en su provocación, la “e” pone al descubierto las agrietadas bases de esta cultura, que mantiene a la discriminación, invisibilización y marginalidad.

Jorge Lanata, en su columna contra el lenguaje no sexista, propone eliminar la palabra “gordo” del diccionario, entre otros sinónimos. Asumo que esta irónica propuesta la hace por el estigma y la discriminación que existe hacia los cuerpos gordos, como el suyo. No coincido: a las palabras las podemos resignificar y quitarles la carga negativa;  cambiar y ampliarles el sentido. ¿Qué tal si, de una vez, ponemos al lenguaje a nuestro servicio y no al de los señores rancios de la RAE? La E nos vino a hablar de eso, porque las letras hoy también militan. A Lanata esto lo confunde, lo entiendo y le explico: la mar no estaba serena, ni serene. La mar está sorora, Jorge.

Maru Labat
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