Revista Palta | PEDILA, PAPÁ
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PEDILA, PAPÁ

A veces me engolosino y pienso que podría haberme dedicado al fútbol. Todavía conservo ese hambre de gol que los sábados por la noche no me dejaba dormir, porque al otro día había que dejarlo todo. Y fue más adrenalínico cuando ya no jugué en cancha chica sino grande, y hubo que correr, hubo que cuidarse de las amarillas, hubo más gente mirando; y en esa etapa la hinchada empezó a alentarnos, nos empezaron a tirar papelitos y a putearnos sin reparos. Yo era nueve. Allá, arriba, al lado del gol. Fernández, no bajés, medite con el dos, me gritaba Camejo, el DT de la cuarta. Y yo esperaba, la vista clavada en la pelota.

Anoche me puse a mirar el documental Los pibes, de Jorge Leandro Colás —disponible en CINE.AR— y me acordé de cuando al club vino gente de River buscando talentos y, aunque soy de Boca, la ilusión era grande. ¿Vos de qué jugás?… Bueno, ponete acá. ¿Y vos?… bueno, andá para allá. Eran tipos con grandes camperones rojo y blanco, sentados en mesitas de chapa, con los anteojos apoyados en las puntas de las narices, mirándonos por encima de los cristales y agrupándonos según la posición que mejor sabíamos cubrir dentro de la cancha.

Y anoche yo miraba a esos pibes y me volvió como una ansiedad que no sentía hace muchos años. Uno los ve aconsejarse, amontonarse delante de un portón con los papeles en la mano, un poco asustados, con la mirada expectante y el sueño de llegar a jugar en primera, y no puede menos que contagiarse y entrar en su éxtasis.

Muchos que van por sus familias, con ese anhelo de un día poder llegar a cerrar un contrato de varios miles y hacerles más feliz la existencia: que no les falte más nada.

Me acuerdo que el día de la prueba nos citaron a la siesta, un día de semana. El calor era desértico y se podía ver el lagartaje detrás de la cancha; los bichos tirados tomando sol, lagañosos. El club estaba lleno, habían muchos hinchas de River que curioseaban y sacaban fotos. Las familias llevaban el mate y miraban los partidos desde adentro de los autos o ponían las reposeras en fila, prendidos al alambrado, amparados a la sombra. El olor de las tortas fritas se sentía por todos lados y a mí la panza me hacía un ruido como a tripa vacía: tenía miedo.

Se jugaban partidos cortos de cinco minutos, sin árbitro. Me dieron una pechera verde y entré. Pero no toqué la pelota ni una sóla vez. No me llegó, no la busqué. Los padres gritaban desde afuera, tal como se muestra en el documental de Colás. Los pibes se ponen tensos, la pelota va más rápido y todos quieren tener su momento; hay que pasar la prueba y lucirse. Si te sabés parar, si metés una gambeta y un pase bien puesto, puede que juegues el próximo partido, con los mejorcitos. Si no, pasale la pechera a otro y andá a vestirte.

Los pibes es el retrato un retrato azul y oro de cómo surgen los cracks. Un hombre le pide a otro que custodia el portón de Casa Amarilla: «anotámelo al pibe». Y el pibe mira para abajo, lleno de dudas; pero ya está ahí, en las puertas del cielo, y aunque sea hincha de otro cuadro tiene que mostrarse y romperla. Como esa escena donde se preguntan ¿y vos de qué cuadro sos?, y ninguno de los cuatro o cinco que forman la ronda dice que es bostero. Porque, en ese momento glorioso, los colores son sólo colores. Hay que llegar a primera.

A mí la ilusión me duró poco. Yo era de hacer goles, pero los métodos de prueba me cohibieron, perdí lucidez y me abataté. Porque el trato era raro, medio hostil, medio a los golpes. Nos apuraban, con las caras serias, y cuando nos aconsejaban era lo más parecido a un reto. Pedila, papá. Dale.

Terminé y dejé la pechera en un banco. Nadie me vio salir, nadie me dijo bien igual. Yo vivía a pocas cuadras y volví caminando, sin apuro, sin ilusiones. Estaba agotado.

Llegué a mi casa, entré, tiré el botinero y me puse a llorar con rabia en mi pieza. Supe que habían quedado dos o tres, pero uno sólo de nuestro club. Club Campito. Al tiempo se volvió porque extrañaba.

Nicolás Fernández Ramos
Nicolás Fernández Ramos
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