Revista Palta | PARTE DE SU MUNDO
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PARTE DE SU MUNDO

Cuando tenía ocho años una de mis hermanas más grandes, que ya vivía sola, volvió a vivir a lo de mi papá, obligada. Había tenido un problema y a mí me habían dicho que ese problema se llamaba “depresión”.

Si bien me acuerdo de verla en la cama la mayor parte del tiempo y de pensar que ojalá yo nunca estuviese tan triste, mis recuerdos de esa época son geniales. Yo, que vivía rodeada de hermanas mucho mayores y que soñaba con tener alguna de mi misma edad, de repente vivía con una que, aunque me llevase varios años, me trataba como a una igual. Algo en la libertad y en lo fuertes que eran las sensaciones que nos invadían a las dos, hacía que el entendimiento para con la otra fuera total.

Dormía en la habitación de al lado, aunque dormía es un decir, porque la mayoría de las noches las pasaba despierta. Y yo todas las noches me pasaba a su cuarto. Mirábamos Disney Channel, que para esa hora repetía la programación del día: Es tan Raven y Lizzie McGuire. Ella decía que tenía visiones como Raven, y es verdad que era medio bruja. Bruja bien. Después papá la retaba porque le costaba más despertarme para ir al colegio. Ella sabía tirar las cartas y conmigo lo hacía seguido. Siempre adivinaba cuándo me iba a llamar el chico que me gustaba. Su canción favorita de Erreway era Inmortal y se la sabía entera. Su película favorita, Prácticamente magia; una con Sandra Bullock y Nicole Kidman -también sobre brujas- que a mí me gustaba y a la vez me daba miedo. Pero me duraba poco, lo sacudíamos bailando como Shakira y cambiándole la letra a canciones populares en una banda que teníamos juntas que se llamaba Gordas al poder. Habíamos hasta diseñado la tapa del disco. Cuando me llevaba a pasear nos pintábamos la cara con los maquillajes de prueba de Farmacity y en el colectivo de vuelta le decíamos a todo el mundo que éramos princesas y que estábamos de visita en Argentina. De nuevo en casa, nos complotábamos para convencer a papá de que cocinase lo que nosotras quisiéramos y, cuando lo conseguíamos, corríamos por toda la casa al grito de “¡gordas al poder!”.

Me acuerdo de un día que con su novio me quisieron llevar a cenar a algún lugar que me gustase. Elegí, sin saberlo, un lugar caro. Cuando llegó la cuenta no les alcanzaba la plata y nos agarró un ataque de risa a lxs tres de pensar que nos íbamos a tener que quedar a lavar los platos. Al final llegaron a pagar juntando sus monedas y todo el viaje de vuelta seguimos riéndonos pensando cómo se pondría papá cuando le contásemos lo que había pasado. Después de contarle, la anécdota dejó de ser graciosa.

Un año después de eso, a la salida de una de mis clases de comedia musical, papá me contó que iba a ser tía. Me puse feliz con la noticia y fui particularmente expresiva. Del otro lado no recibí lo mismo y me enojé sin poder entender el porqué de su, para mí exagerado, malhumor.

Durante el embarazo mi hermana dejó de vivir en casa, la internaron en un lugar que recuerdo demasiado blanco y no estoy segura si es porque realmente era así o porque el recuerdo está invadido por imágenes de películas que vi más tarde. Sí me acuerdo de atravesar pasillos demasiado largos para llegar a verla, de cruzarme con gente extraña, de que los médicos golpeasen la puerta y la chequeasen antes de dejarme entrar a su habitación y de ver una soga atada a los bordes su cama.

Cuando nació mi sobrina las aguas se calmaron. A mí me lo contaron a la salida del colegio y me llevaron directo al hospital. Me acuerdo de sentirme traicionada porque no me buscaron más temprano por el colegio como me habían prometido, y de pensar si me dejarían tenerla a upa. Al final la alcé más tiempo del que creía que un niñx de mi edad podría hacerlo.

Después de ese día mi hermana se fue a un departamento con su nueva familia, donde muchas veces quise ir a visitarla y no pude. Me daba vueltas y cancelaba a último momento. Además, como todavía era algo chica como para moverme por mis propios medios, le pedía a mi papá que lo organizara pero me decía que no, que ya estaba cansado. Terminó en una discusión donde él hablaba usando términos médicos que a mí me costaba entender. Yo sólo percibía que a mí me empezaban a atravesar responsabilidades, culpas, miedos, contradicciones, vergüenzas… y a ella no. Yo parecía ser la única de las dos que seguía creciendo. Ya no éramos pares.

Mi relación con ella nunca fue la misma. Nos vemos, cada tanto. No le cuento más secretos. La tengo y la elimino de Facebook constantemente, porque tiene una participación un tanto invasiva y porque sube cosas que suelo preferir no ver. A veces se enoja y ataca con mails híper ofensivos. Otras, es excesivamente cariñosa y me da un poco de vergüenza. (También me da vergüenza que me de vergüenza). No suele venir a las reuniones familiares y, cuando viene, estamos todos en tensión, conteniéndola y conteniéndonos entre todxs, como si en cualquier momento pudiese pasar cualquier cosa. Con miedo a algo que a veces pasa, y muchas otras no.

De vez en cuando pienso que me gustaría tener un novio que se lleve bien con ella y la entienda más allá de todo lo que yo tenga para decir; que me ayude a mí acercarme. La mirada de los otros me aleja más de lo que me gustaría. Cada tanto puedo soltar y conectar con ella como lo hacía cuando era chica. Me acuerdo algunas de las canciones de Gordas al poder y ella la letra entera de la canción de La Sirenita. Es la única de mis hermanas que se mete a patinar sobre hielo conmigo y con lxs más chicxs sin decir que “ella ya no está para estas cosas”. Y así de repente, y como si nada, nos encontramos bailando Shakira; y aunque después me enoje porque lo comparte en Facebook o pasan meses hasta que la vuelvo a ver, en el fondo sé que me gustaría que ocurriese más seguido. Que no fuese así sólo cuando estamos solas. Porque aunque muchxs la miren mal (y muchas veces, y muy a mi pesar, yo también lo haga), la admiro. Por su verdad y por su valentía. Y porque creo que es la dueña de una libertad que yo perdí y ella se guardó en nombre de las dos.

Manuela Martinez
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