Revista Palta | ORGULLOSAMENTE MARICAS
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ORGULLOSAMENTE MARICAS

Tomás podría haber sido el clásico pibe que juega al fútbol, que sale con su grupito de amigos todos los sábados y que tiene su novia, a quien la familia entera adora e imagina como futura perpetuadora de la estirpe familiar. Tomás podría haber sido un pibe fanático del gimnasio, amante de los fierros, admirador de Guillermo Coppola. Tomás podría haber sido un pibe sin cuestionamientos.

Pero Tomás es una marica. Es una marica y se planta en un móvil para América TV con los labios pintados, algo de barba, una bufanda alrededor del cuello y el pronombre femenino marcando su discurso y su identidad. Mira fijo a cámara y le habla a Andino, que desde el piso la escucha con formalidad y el mismo look de muñeco de torta de hace treinta años. Le cuenta que las echaron, a ella y a su novix, de la Accademia della Pizza después de cenar; que ni siquiera hizo falta que se besaran porque su sola presencia y actitud de pareja incomodaron.

Andino, atento e incluso empático, apunta a lo pedagógico de la militancia disidente, a nuestra pedagogía. Pregunta, para terminar, por qué no dan una charla en el lugar para que la gente aprenda a ser más tolerante. Tomás, acompañada de sus dos novixs, respira profundo, se concentra y asiente. Asiente y comenta, con una paciencia que le envidio, que se organiza un besazo para el fin de semana en la zona de la pizzería.

Con esta secuencia me pongo en el lugar de lxs pibxs y resoplo, porque nuestra labor docente empieza con nuestras vivencias y parecería tener que durar toda la vida, las disidencias damos un ejemplo -distinto- continuamente y, no conforme, se nos coloca en una posición explícitamente pedagógica: tenemos que explicar, moderarnos y tener paciencia en el proceso de “aprendizaje” ajeno.

Me acuerdo de la segunda y última charla que me digné a tener con mi padre sobre mi sexualidad. Él y yo, a solas, una siesta de enero, en la casa de una tía difunta de mi cuñada. Una situación que, si rememoro, todavía me devuelve un olor a casa deshabitada, muebles viejos y verano; una audiencia que, si rememoro, me trae a la memoria dos mensajes que disfrazan al discurso aleccionador de anti exhibicionista: mi padre permitiéndome relacionarme con mujeres con la condición de que la puesta en escena sea la de una aparente amistad y mi padre indicándome que haga lo que quiera pero, al menos en Gualeguaychú, mantenga un perfil bajo en público.

Ergo: mi padre dándome un permiso que no le pedí, señalándome el límite para asegurarse así que su imagen de padre de familia se conserve íntegra y que la ciudad no se pregunte qué habrá hecho mal Hugo para que la hija sea torta.

Un límite semejante al que le pusieron a las maricas esa noche de domingo en pleno Palermo, cuando fueron perseguidas, golpeadas y escoltadas hasta un cajero con las trompadas marcadas en la cara y en la espalda con la excusa de que debían la cena. El mismo límite que les pusieron unas semanas atrás en un Burger King de la zona cuando las invitaron a retirarse por estar besándose.

Nunca falta la marica o la torta que disimula sus sentimientos y que camufla sus vínculos en una reunión familiar, que piensa dos veces antes de darse la mano al caminar, que calcula si hacer una caricia según la hora, el lugar y la gente alrededor. Siempre abundan -y son quienes no titubean- los machos hétero que amedrentan y son capaces de golpear a otrxs que no representan la virilidad y los códigos patriarcales.

Estos tipos están mandando dos mensajes muy claros: a sus pares varones les muestran que son potentes y que se merecen su lugar, con palabras de Rita Segato, en la cofradía de la masculinidad; a las maricas las feminizan, las exponen, las reducen a identidades débiles y las colocan en un lugar  de pasividad. Aunque supongan estar representando lo contrario, estas figuras masculinas son las más frágiles de todas: esa fragilidad se expresa a través de la violencia y ahí es cuando, como disidencias, ponemos el cuerpo en este espectáculo de inmunidad, como también alude Segato.

Tomás y Joaquín desafiaron la moral familiar del encargado del lugar, que los echó porque desencajaban con el “ambiente familiar” del lugar. Si bien este acto de violencia no representa la mayor vulnerabilidad de la comunidad LGBTIQ, sí debiéramos interpretarlo como la alarma y  alerta que significan. Si cuatro tipos se sienten validados para golpear a dos clientes y amenazarlxs de mandarlxs en cana al son de putos de mierda los vamos a cagar a trompadas en la zona más gayfriendly de Capital Federal, ¿qué queda para los barrios que no promueven -así sea superficialmente- la tolerancia? ¿qué queda para quienes caminan las calles menos transitadas y más oscuras, los barrios más alejados de la movida cultural gay, los pueblos más conservadores? ¿quiénes quedan en las calles ante una repulsión social tan evidente?

Avanza la derecha, da pasos decididos y fomenta la invasión hacia nuestra privacidad y los modos de ser y de querernos en el espacio público. Avanza la derecha y nos manda, una vez más, a donde nadie pueda vernos. Avanza la derecha, esa que incluye muchas veces a nuestras familias y parecería haber dejado su fascismo y su asco en stand by. Ahí estaba el conservadurismo más rancio del otro lado en un rincón oscuro, escondido a la espera del momento político que lo ubicara nuevamente dentro de una visión y una postura hegemónicas.

En este contexto, tuve la oportunidad de conversar con Joaquín y abrazarlo a la distancia.

¿Qué significado tiene un beso gay que atenta contra la moral familiar conservadora?

Creo que puede significar ese afecto que sabemos darnos entre nosotrxs, las identidades disidentes; ese afecto que nos es muchas veces negado. Pensemos que la institución familiar en la mayoría de los casos es la primera en expulsar a nuestras identidades. Entonces, con un beso se re-significa lo que es la familia. Se re-significa por fuera de la heterosexualidad e incluso, como en nuestro caso, por fuera de la monogamia.

No puedo dejar de enmarcar estas represalias en el contexto de avance conservador y de derecha a nivel continental. ¿Por qué la gente tiene aval para intervenir ante conductas privadas ajenas? ¿Notás que esta postura tradicionalista y heteronormativa está más validada ahora, o ha ganado más aval en los últimos años?

Definitivamente, se nota. No se trata de hechos aislados, hay que enmarcar todas estas situaciones de violencia en un contexto de avance conservador. La organización de la Iglesia y de sectores evangélicos que pudieron frenar la ley de IVE y ahora atacan la implementación de la ESI, la campaña en contra de la “ideología de género”, la avanzada de discursos que buscan restaurar una moral sexual aparentemente perdida, efectivamente hacen sentir a la gente más habilitada a intervenir y violentar nuestras identidades. La victoria en primera vuelta de Bolsonaro y la escalada posterior casi inmediata de crímenes de odio en Brasil da cuenta de ello. Se suma además a una economía neoliberal que desfinancia programas de salud y no implementa políticas públicas reales más allá del marketing gayfriendly.

¿Qué respondés a los argumentos de tipo “en sociedad no, pero que en la intimidad hagan lo que quieran”?

Que no vamos a permitir que en la calle la norma sea la heterosexualidad. No se trata de únicamente de disputar el espacio público, se trata de romper también con esa separación en sí que se hace entre lo público y lo privado. El feminismo y los movimientos de disidencia sexual lo hacen todo el tiempo. Y es lo que hicimos también visibilizando el amor libre. Fue una decisión política contrarrestar el asco que expresan con esa frase sobre la intimidad.

¿Por qué motivos reivindicás tu identidad marica?

El homo-odio muchas veces antes que criminalizarte por tu orientación sexual, funciona como policía de género. Existe incluso entre lxs niñxs que aún sin tener mucha conciencia de su propia sexualidad igual se ocupan de identificar aquellas actitudes amaneradas. Identifican cuando te comportas poco hombre, poco masculino, y te discriminan por femenino. En vez de decir que nosotrxs también podemos ser masculinos, reivindicarse marica es apropiarse de esa feminidad. Si se te expulsa de la masculinidad, ¿para qué volver?

 

Ana Carrozzo
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