Revista Palta | ODISEA DEL CIBERESPACIO
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ODISEA DEL CIBERESPACIO

La delgada línea que separa lo real de lo aparente me confunde al punto tal que a veces no sé si me siento como me siento o como dije que me sentía en mi último posteo. Aunque mi elección consciente en la realidad no-presencial sigue siendo reproducir lo que siento y percibo de la forma más fiel que me sale, esto no me tranquiliza. Hay personas que conocí a través de historias de Instagram, y la semana pasada saludé con mucho cariño a una chica que antes para mí era un arroba algo. Nos vimos, por primera vez en persona y de pura casualidad, en una clase de teatro y la familiaridad existió porque parte de su existencia no me era ajena. Quizás sí su estatura o que era más tímida de lo que parecía en Instagram. Pero sentí afecto y también que la conocía pero que no, que faltaba una parte, quizás algo mío. Algo que todavía no me atrevo a subir a redes: lo que escondo.

En Ready Player One todas las relaciones nacen y se desenvuelven en la virtualidad. Una realidad que todavía me resulta bastante fría, pero ubico el mambo que hace que de ahí puedan salir los vínculos. La película se desarrolla en un distópico 2045, con una sociedad en ruinas y una fuga común de todos sus habitantes: un juego de realidad virtual que fue creado por un apasionado de los videojuegos, música y películas que constituyeron la cultura pop de los ‘80 y ‘90s.

El juego de realidad virtual es lo más cercano al placer que pueden alcanzar sus jugadorxs. Paraísos, viajes, arenas de guerra, un Las Vegas con forma de nave espacial y del tamaño de un planeta. Las opciones son múltiples, y todo gira alrededor de los gustos y de la nostalgia de su creador -un Mark Zuckerberg menos corporativo, más desalineado y soñador-. Pero lo más importante de esta realidad es un detalle protagónico, donde se juega la psiquis: en el Oasis -el nombre de este juego- cada quien puede ser quien y como quiere ser. Las múltiples posibilidades de avatars e historias le ganan la pulseada al carne y hueso.

El protagonista de la película, en su forma humana, es un pibe que duerme arriba de un lavarropas en una casa muy humilde, que quedó huérfano y bajo la custodia de una tía y su novio violento. Su avatar, Parzival, le permite generar y mantener los lazos que en su vida presencial no le son posibles. Y fundamentalmente le permite soñar y ambicionar a la vez. En el Oasis él, como otrxs tantxs, compite por el único premio que hay en este juego: descifrar las pistas que dejó su creador al morir, para heredar no sólo su dinero sino el total dominio de este espacio virtual.

Es fácil para mí hacer empatía y verme en cada componente de esta película. Hoy se habla de “nativxs digitales”, y yo no entro en esa categoría pero sí intento aprender el lenguaje tecnológico y cada vez me representa más esfuerzo. Habito casi todas las redes sociales, conformo una revista digital, escucho más podcasts que radios y mi historia de amor romántico empezó en Instagram. No me es natural, muchas veces me cuestiono a mí misma porque siento que el paso a ese futuro que presenta Ready Player One es una oda a la vanidad y megalomanía que me asusta. Aunque me asusta más no aprender este lenguaje. Porque hoy, en el 2018 y sin juego mediante,  a mi desconfianza por la conspiración Zuckerberg y que le venda mis datos a Cambiemos le gana mi miedo a una total desconexión. No tener más amigxs, no coger, no conseguir un laburo.

Cuando todo el asunto web y smartphone me la lima, el rincón más seguro se ubica en el pasado. Por eso repito las mismas películas desde hace años y me enciende mucho más escuchar Wham o Depeche mode que una banda nueva que estoy descubriendo. Steven Spielberg también tiene que ver con esto: mis películas favoritas de la infancia fueron dirigidas o producidas por él. Muchas veces veo ET y lloro porque tengo miedo de no volver a sentir algo así en mi vida. Que Steven se muera y que de sus películas – el buen pochoclo mainstream y yanqui que, a fin de cuentas, me educó – sólo me quede la resaca de un sentimiento que nunca va a volver a ser tan poderoso como la primera vez. Porque, aunque reincida y me cobijé en la cultura pop, sigo buscando un anclaje más poderoso al presente. No sé si es la ansiedad o si son los años, pero ya nada me conmueve tanto. O por ahí esa es la onda.

Esta película tiene de villano al ejecutivo de una corporación que maneja un ejército de empleadxs dedicados a ganar el dominio del Oásis en su nombre. La resistencia son algunos grupos de avatars, en donde también estaba Parzival y su pandilla, que luchan por no dejar que la visión empresarial y lucrativa se apodere de su paraíso. Sin duda a mi Oasis sí lo gobierna un CEO.

La diferencia de lo que yo siento con la realidad no presencial es que acá, en la película, ésta es la mejor opción. Todavía no llegué a eso: sigo añorando las formas del pasado y si esta película no hubiese empezado con una canción de Van Halen, tenido referencias a Jurassic Park, el Delorean de Volver al futuro, el Gigante de Hierro, una escena de El Resplandor, con música de George Michael, Blondie o Michael Jackson, no sé si me hubiese parecido un plan divertido. Hubiese sido un capítulo extendido de Black Mirror, tan depresivo como inconducente.

En el Oasis de Ready Player One todo es posible. Incluso una historia de amor romántico, de manual y predecible. Como me gustan a mí: formas libres pero clásicas, mágicas pero un toque hollywoodenses. Aunque el costo de esta subjetividad sea pasar por la “conserva” del grupo de militantes del amor libre, estas historias todavía me conmueven. El amor romántico también apela a mi melancolía, y creo que esto Spielberg lo sabe. Porque la película entera es un cúmulo de elementos clichés y nostálgicos que le restan el terror a un mundo que sí podemos ver venir.

En el mundo virtual de la película se puede morir y revivir rápido. Algo así como lo que me pasa cuando por unos días dejo de postear en Instagram, interesarme en eventos de Facebok o dar RT en Twitter. Un estado al que vuelvo rápido y donde siempre soy bienvenida, pero que dista muchísimo de la realidad que sí me pesa. Que me lleva a hacer exámenes de salud, que me hace llorar, que me paga las cuentas o que me hace llegar a un orgasmo.

Steven Spielberg, con Ready Player One, le dice a Stranger Things que para hacer homenajes todavía está él. Usa los elementos del pasado como un tesoro para hablar de “lo nuevo” y logra unificar la generación de mis viejxs, la mía y la de mi prima de 15; en un relato que tiene un sentido diferente según quién lo mire. A mí me pegó por todos lados. Le quitó un poco de dramatismo a ese futuro que veo venir, cada vez más avatareado, con la ilusión de que allí se pueda mantener todo lo que me nutrió hasta el día en que la conectividad y sus encantos me fidelizaron.

 

Maru Labat
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