Revista Palta | NOTA MENTAL: TARJETA SANITARIA
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NOTA MENTAL: TARJETA SANITARIA

Cuando te dicen que en Berlín te enamorás de su fiesta no pensás que realmente puede pasar. Cuando te dicen que te hagas una tarjeta de sanitaria porque estás en otro país tampoco lo haces, porque no pensás que te puede agarrar algo.

Esa noche estaba con mi pareja, cada uno con su bicicleta yendo a lo de unos amigos que nos habían dicho de ir a bailar. Hacía mucho frío y yo me aburro rápido, así que salí pensando que a las tres horas estaría de nuevo en casa.

Llegamos a ese lugar los cuatro, nos dicen que no miremos mucho, que no hablemos en español, que no saquemos los teléfonos celulares, que vayamos vestidos discretamente. Es que no es un lugar a donde vayan turistas. Entonces nos limitamos a dejar que nuestro amigo hable en alemán, que nos pongan dos pegatinas en las cámaras de los teléfonos y entramos.

Era como un pequeño pueblo hippie, muchas pistas tecno, fogones afuera, guitarras sonando, carros con comida por el medio. Alguien me pasa una botella con agua y MDMA (éxtasis), yo tomo y a los 15 minutos siento cómo mi cuerpo se aísla con la música, me recorre una sensación de cosquilleo, los ritmos se vuelven más bonitos, no puedo dejar de moverme y mi pareja me pregunta si estoy bien y la realidad era que estaba más que bien, estaba en otro planeta.

Ellos se reían, saltaban, nos abrazábamos, me decían que no parecía de 30, que parezco más chica. Yo no dejaba de bailar, de pensar que estaba en Berlín.

Cuando pensaba que eran las 3 de la mañana me doy cuenta que ya eran las 7, nos miramos entre los dos y pensamos que podríamos volver, teníamos un largo camino en bicicleta. Yo me había tomado 5 litros de agua y no dejaba de mirar el fuego que se había armado en la parte de afuera. Todos alrededor de una fogata, sin prejuzgar, ni mirar mal, todos felices, esperando a que la fiesta siga.

Volvimos en bicicleta riéndonos, conversando sobre los mates que nos íbamos a tomar cuando llegásemos a casa. Pasamos por un aeropuerto abandonado y dijimos que éramos unos afortunados de estar ahí.

Nos dormimos a las 10 de la mañana. Cuando me despierto tengo un pequeño dolor y caigo en la cuenta en que había tomado mucha agua, muchísima, y que me había olvidado completamente de hacer pis en toda la noche y que eso no estaba bien. No le di importancia, pero sí, tenía una infección de orina.

Pasaron dos días y la infección se me subió a los riñones. El dolor era insoportable, no podía caminar, ni andar en bicicleta. Sentía que me moría, fueron un par de noches con fiebre de 40 grados. No podía encontrar una posición cómoda dentro de la cama. No podía dormir, ni sentarme, ni pararme. Googleaba como loca casos similares, hasta que mi hipocondría comenzó a leer que una chica se había quedado ciega por unos días a causa de lo mismo. Leía también que es un dolor semejante al del parto, yo no exageraba. Estuve una semana así, lejos de mi casa, en otro país, queriendo ir a un hospital sin hablar alemán, sin obra social.

Recién un día antes de que terminase la aventura fui a un doctor, me dio un antibiótico y me subí al avión. Así fue como pasé casi toda mi estadía en Berlín: yendo a la mejor fiesta y sin tarjeta sanitaria.

Nunca mejor dicho, prevenir que lamentar. Y como me dijeron mis amigos, “No cualquier boludo sabe seguir con la fiesta”.

 

 

Por Paloma Navarro Nicoletti.

Colaboración
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