Revista Palta | NOT HER LOBSTER
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NOT HER LOBSTER

Por Lucila Acciarressi.

 

Miro Friends desde los ocho años. Puedo ver los capítulos una y otra vez y reírme a carcajadas, mientras recito los diálogos de memoria. Es mi lugar seguro, un placer cuasi culposo al que acudo cuando quiero olvidarme de cómo funciona el mundo real. Sin embargo, eventualmente alienar la realidad es imposible y menos con una serie que reinó en la televisión durante diez años consecutivos. En plenos 90s el mundo comenzaba a moverse con otro ritmo, metamorfosis que fue esencialmente atravesada por el espectro social y político. Por eso, en una época de efervescencia, Friends puso sobre la mesa conceptos complejos que supusieron el planteo de un nuevo panorama en cuanto a la concepción de la familia o las distintas identidades de género, a partir de historias como la de Phoebe, que alquiló su vientre para tener al bebé de su hermano; la de Carol, la exesposa de Ross, que se casó con la mujer de la que estaba enamorada; o la de Charles, el padre travesti de Chandler.

De todas formas, con un lente más contemporáneo, no puedo evitar advertir algunos micromachismos que se entretejen en la trama, y la reincidencia en el tratamiento de los modelos tradicionales; la gastada a Joey y Ross cuando durmieron la siesta juntos, las bromas sobre la sexualidad de Chandler, el prejuicio ante la decisión de Mónica de criar un hijo sin una figura paterna, y lo que más me atrapó desde el principio, la representación de ciertos vínculos amorosos.

A los diez, doce, quince años, la relación entre Rachel y Ross me resultaba romántica e ideal. Él había estado perdidamente enamorado de ella durante nueve años sin jamás hacérselo saber. Ella, volátil y recién adentrándose en la vida urbana, con sus respectivas frustraciones, objetivos profesionales, y enfrentando la tan temible independencia económica, se da cuenta de lo que él siente después de un comentario desafortunado. Cuando parece que van a concretar se adentran en una espiral novelesca de terceros involucrados, egos heridos y malos entendidos, hasta que, muchos (muchos) capítulos más tarde, se deciden determinadamente a darse una oportunidad.

El noviazgo parece de ensueño. Pero el paraíso no es eterno y, para condimentar la situación -y reafirmar la incompatibilidad resistida de la pareja- se plantea un nuevo conflicto: Rachel deja su trabajo como camarera y se hace amiga de Mark, un tipo amable y contenedor que la acompaña en la emocionante y aterradora transición de un nuevo laburo en el mundo de la moda, el laburo de sus sueños. Es entonces cuando Ross, convulsionado por olas de celos y un fuerte sentido de propiedad sobre ella, empieza a asfixiarla con regalos y reproches, entre los que la disminuye de manera aleccionadora, manifestando expresivamente que el trabajo de ella nunca será tan significativo y serio como lo es el de él. Después de una temporada de novios -que se traduce a un año en la línea de tiempo de la serie- y de muchas discusiones, Rachel, agotada, decide que lo mejor es que se tomen un tiempo.

Cuando era chica, aquella ruptura me cayó mal. A mí tanto como a las muchas de esas millones de personas que siguieron la serie por años. Dentro de la misma los personajes se sentían igual, repitiendo casi forzosamente la frase “son el uno para el otro”, a la que Phoebe le había dado origen con su famosa “he’s her lobster!”, haciendo alusión al comportamiento monogámico de las langostas. Sin embargo, siendo un poco más grande y viendo las temporadas en loop, fuera de las risas enlatadas entiendo que no sólo no son ni por asomo el uno para el otro, sino que no hay nada de romántico ni de ideal en una pareja en la que uno se ve en la necesidad de controlar y degradar al otro para poder sentirse seguro.

No es la primera vez que esta cuestión queda afianzada bajo la réplica televisiva. El discurso hegemónico y patriarcal del “amor romántico” como un algo omnipotente que se impone caprichosamente con arrebatos de celos y dominio, ha sido legitimado hasta el hartazgo por la industria hollywoodense, a su vez sostenida por una amalgama de recursos marketineros. Es algo que otras producciones más modernas, como Easy, Girls, o la comercialísima pero también novedosa The Big Bang Theory, se propusieron romper con otros arquetipos de pareja o a exponer al debate más que a la idealización. Aun así, esa fórmula del éxito continúa vigente en la masividad, envolvente por un melodrama con el que es fácil identificarse y que resulta inquietante por ese mismo motivo; repercute en nuestra manera de vernos a nosotrxs mismxs y de percibir algo tan complejo como lo son el afecto o la atracción. La construcción de los vínculos queda consecuentemente entorpecida, muchas veces, por la inestabilidad de un superyó ensombrecido por las estructuras culturales de “cómo debería ser”. Que Ross creyera que Rachel le debía esas porciones de tiempo que ocupaba en el trabajo, que ella tenía más probabilidades de engañarlo por tener un amigo varón que él no frecuentaba, y que considerara que su laburo como paleontólogo era más respetable que el de Rachel como compradora en Bloomingdale’s, también forma parte del mismo mensaje.

Dicen que si el capítulo ya fue emitido hace más de un día, no cuenta como spoiler, así que acá va. Diez años después y llegando al final de la serie, a Rachel le surge una flamante oportunidad de trabajo en París, oportunidad facilitada por su vieja amistad con Mark. En medio de todo eso, ella y Ross retoman conflictuados su relación, después de varias idas y venidas y de compartir la crianza de Emma, la hija que tienen en común. Él se da cuenta de que no puede dejarlas ir, y mucho menos, perder a Rachel de nuevo. Esperando ansiosamente que ella lo acepte, la llama para decirle que la ama y pedirle que se baje del avión, en el que ella ya está instalada para viajar a París. Entre aplausos, un público conmocionado y Ross angustiado mirando la máquina contestadora, Rachel aparece en el umbral de su puerta.

Años atrás, yo festejaba porque finalmente iban a estar juntos. Ahora, miro y pienso: honey, he’s not your lobster.

Colaboración
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