Revista Palta | NO TAN MATCH
1897
post-template-default,single,single-post,postid-1897,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

NO TAN MATCH

Es domingo a la noche y una piba que me gusta me manda una foto por WhatsApp. Es ella en corpiño y pollera, recostada sobre un sillón con una copa de vino en la mano. Es domingo a la noche y esa foto deriva en horas de charla al igual que los últimos tres días después de hacer match en Tinder.

Aunque no por mucho tiempo.

Julieta tiene pelo lacio, ojos claros y fotos de perfil insinuantes. No me saluda convencionalmente, responde el primer mensaje con una pregunta. Al toque propone una trivia y me mete en su juego automáticamente. Es creativa para chatear y eso la distingue del resto de los hola cómo estás bien y vos.

Me atrae pero no sólo por ser una piba increíblemente excepcional: tiene 31 años, es una de las tantas personas del interior alojadas en Capital, es psicoanalista y docente universitaria. Hasta donde sé sus días transcurren entre el consultorio, la facultad y amigas. Me atrae, ante todo, por la intencionalidad que le pone a las cosas, por la visión que tiene de los temas de interés que compartimos, porque pasó por los filtros políticos y feministas que me dicen que entre nosotras hay ciertos consensos básicos. No hay mucha vuelta: la piba me gusta.

Le copan unas fiestas de Niceto. Me dice que si para el fin de semana no me enamoré perdidamente de alguien podríamos ir. El comentario no me parece muy inteligente pero le sigo la corriente. Es rápida y provocadora, tiene retórica. Me divierte.

Me cuenta que la única vez que se negó a atender a un paciente fue a un genocida en el servicio penitenciario y que no se acuesta muy tarde porque “el padecer se empieza a atender temprano”; otra mañana hablamos del final oral que está tomando, que no estudian una mierda, que cómo no van a saber los tres estadíos de Lacan.

Así es como voy construyendo una imagen suya como persona y como profesional. Me dice que es sanjuanina y que en Mendoza no hacen más que ostentar con el vino, que la posta está en San Juan. No tengo idea ni me importa esa rivalidad. Me cuenta de cuando fue bartender y que el hígado a los 30 no es el mismo que a los 15. Me relata una situación familiar en la que tíos fachos pretenden que “los negros vayan a laburar”, que tiene una hija de 2 años y que todos los días se enamora de ella perdidamente. Pienso que a veces las madres dicen -quizás porque sienten- demasiado.

Hablamos sábado, domingo, lunes, martes, una semana.

Julieta no pasa del miércoles. A la mañana me cuenta que está llegando tarde a trabajar y al rato, sin preámbulo ni explicación, me bloquea en whatsapp. Por un momento pienso en esto que dice Charo Márquez del ghosteo y me pregunto si será, como ella plantea, que estos manejos son típicos de “una nueva ética amorosa”. Hoy día en apps de citas y mensajes desaparecer es automático.  

Lo difícil es desaparecer completamente.

Al momento tengo su voz grabada en audios, fotos, una selfie con su hija, anécdotas, el nombre de su gato, el sabor de helado que le fascina. Me quedo con bocha de detalles de su cotidianidad que en un abrir y cerrar de ojos dejan de ser verosímiles. Cada palabra, cada mensaje perdió credibilidad y no entiendo qué pudo haber pasado. Su historia se desmorona como una torre de jenga a la que le acaban de quitar la pieza clave.

Mis amigas, dignas periodistas de investigación, la encuentran y nos enteramos de que Julieta no existe como tal.

Julieta no es Julieta sino Lucía. Lucía es el cuerpo y el rostro que habita las fotos que tengo en mi celular pero es otra historia, otra vida, otra rutina, otra persona: otra. No es de San Juan: es de Lomas de Zamora. No es analista: es estudiante de psicología. Tiene 24 años, no 31 -y seguramente el hígado intacto-. A través de su perfil de Facebook conozco al padre de su hija, veo que es música y al parecer una niña prodigio que triunfa desde chica e hizo los coros para un programa que nos marcó la infancia y hoy hace jingles para publicidades repetidísimas en la televisión argentina que seguramente podamos tararear de memoria de acá a diez, veinte años.

* * *

Mientras ella pudo saber realmente qué hago de mi vida, leer mis notas, saber de dónde vengo, las cagadas que se manda mi gato, que me mudé hace poco y qué hago los domingos, yo conocí a un personaje, lo más parecido a un personaje de ficción. A algunos pocos y -supongo- datos verdaderos los encontré ni bien supimos su nombre, porque ahí está la trampa de internet: es una gran olla a presión que hay que saber cómo y cuándo destapar, empezando por querer hacerlo.  

Cuando le conté a una amiga lo que me había pasado me miró como a una niña ingenua, me contó secuencias más heavys –como una piba con la que salió durante seis meses y resultó llamarse de otra manera y tener una pareja de 40 años- y me dijo “querida, esas cosas pasan”.

¿Puede ser que simular ser otra persona tenga que ver con quererse poco, no tener aprecio por la propia historia, estar reprimida y no poder vivir a gusto la sexualidad? ¿Puede ser que haya cierta fantasía en camuflarse detrás un nombre y de un relato que no es propio ni ajeno sino un mejunje de invento y veracidad? ¿Puede ser que mentir en apps como esta sea habitual y que mi problema sea que no haya visto Catfish?

Puede ser que cualquier hipótesis sea al pedo. Lo que me interpela puntualmente de estos contactos virtuales es que seamos potencialmente descartables. Bloquear a un acosador es tan sencillo como escabullirse de quien sea que esté del otro lado. Es decir, me puedo cagar en vos sin justificativo ni responsabilidad.

Esto no es un atentado contra las apps de citas ni contra el chamuyo virtual sino una reflexión, una alerta que -me- hago sobre los manejos y “códigos” -¿los hay o les estamos dando forma y deformándolos  continuamente?- cuando está la opción de cancelar un match en Tinder, bloquear en WhatsApp, clavar un visto y ghostear, eliminar de una red social en lugar de enfrentar una situación que involucra a personas desconocidas y no tanto.

Insisto con que no es compatible que seamos aliadas en la lucha y desconsideradas en la intimidad. No puede ser razonable en este -ni en ningún otro- contexto que nuestro trato sexoafectivo sea impersonal e impredecible, que nos aleje como pares y nos haga desconfiadas por no descartar que nos tome de improviso una huida en estampida en absoluto silencio.

Ana Carrozzo
[email protected]