Revista Palta | NO TAN FANNY
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NO TAN FANNY

Primero Cebollitas y después, si mi mamá no se daba cuenta, Chiquititas. No crecí diciendo tocino, nevera ni hablando de tú aunque no fui ajena a todos los dibujitos que nos llegaban gracias al ahora decadente cable. Crecí siendo una gran consumidora de tele y no me da nada de vergüenza. A los 10 años llegué a pelearme con mis viejxs porque me obligaron a salir a cenar el día de la final de Costumbres Argentinas y a los 8 luego de un rodaje eterno al que acompañé a mi papá llamé a escondidas a Reina Reech para preguntarle quién había ganado Generación Pop. Perdón Reina.

Con un padre que laburaba (y labura) en tele en casa nuestros consumos mediáticos eran completamente tamizados. Se veía Azul Televisión, nos estallábamos de risa con Todo por dos pesos y nunca se veía Tinelli, nunca jamás. La tele me dio de comer, me llevó al colegio y nos dejó ir a la playa cada tanto. Me encantaba esa industria yuta. Si había algo que me gustaba de chica era visitar a mi viejo en el laburo. Lejos de las oficinas, microcentro o gente de traje, el mío me llevaba a toda producción en la que laburara. Nada más lindo que un feriado del colegio o una falta magistral (y justificadísima) para ir a correr como loca por los pasillos del canal donde él trabajara. Lo que había era fascinación, intriga, energía de nena que no podía ser nena y necesitaba crecer y ser adulta de ese mundo. Una fascinación por lxs técnicxs, la gente corriendo de un lado a otro, las islas de edición con material en crudo listo para ser tergiversado, de montaje, reidores y caramelos gratis de PNT.

Me encantaba la muy maldita, esa misma mismísima que durante la crisis nos hizo golpear con más fuerzas las cacerolas mientras caía en la hermosa educación pública. Esa industria errática que tanto me llamaba fue la que mil y un veces dejó en incertidumbre a toda mi familia cuando un trabajo se le terminaba de golpe a mi viejo o no había un proyecto próximo que garantizara continuidad de laburo y de sostén de la familia. La semana pasada nos enteramos de que iban a levantar Fanny la Fan, novela que tenía tres semanas al aire. Si bien varixs trabajadorxs calmaron las aguas con respecto a la continuidad de trabajo de todxs, tanto los comunicados que lanzó la Asociación Argentina de Actores como la de Autores nos pusieron en estado de alerta con respecto a las condiciones y seguridad del trabajo en la ficción argentina. Como cualquier industria la tele se rige por intereses económicos, sí. El tema acá no es juzgar si una novela es mala o buena, sino que los comunicados hacen hincapié en entender la desprotección de la televisión y el lugar que ésta ocupa como parte clave del entramado de la cultura. Podía gustarte o no, podía sostener estereotipos mientras que presentaba otras maneras de ser en el mundo, pero era trabajo argentino con modismos, costumbres y modos argentinos. Una industria errática, peligrosa y hermosa.

¿Cuantas más vidas de jeques árabes vamos a tener que ver porque son más baratas? Supimos tener políticas públicas de comunicación que hicieron que hubiera dinero puesto para fomentar producción argentina y que así se financien algunos proyectos interesantísimos. Si no hay una regulación y nos regimos solo por el “da pérdida” ¿Cómo hacemos? En un contexto de políticas neoliberales las empresas que licitan el espacio del espectro que es de todos tienen la potestad, el derecho, como inversores de quitar una novela que programaron y no funcionó. Esas son las dolorosas reglas del juego y el medio estamos los trabajadores. ¿Cuántos jeques, cuántos doblajes en neutro, éxitos del medio oriente vamos a tener al aire?

Se ponen sobre la mesa varias cuestiones: por un lado la cuestión de la Ley de Medios (descanse en paz) que sí garantizaba horas de producción nacional pero no necesariamente estas eran para ficción. Así Virginia Lago presentando una novela extranjera o el Chino Leunis en Tierra Santa abriendo la programación podía ser considerado “programa nacional”; para el mismo lado la cuestión de que cuando un programa no es económicamente rentable no se puede sostener más. Es sentirse desprotegidxs de dos maneras, como trabajadorxs y como parte de la cultura. Que no hayan proyectos ficcionales nacionales mete una cuña en la cultura popular. Más allá de si la novela era mala o no, en la raitingcracia el trabajo se vuelve incierto e inestable. Que no se pueda producir clava un puñal en los contenidos que consumimos y el trabajo que se genera. Pienso, así como lo que exigen ambos comunicados, que para defender la industria hay que restringir la cantidad de productos extranjeros, establecer una cuota pantalla de producción nacional: proteger como política de estado.

Crecí entre estudios de tele sabiendo que de alguna manera me quería dedicar a esto. Quería producir, quería realizar, plasmar mis ideas, pero por sobre todas las cosas comunicar. Participar de esta industria que construye y forma parte de la cultura e identidades de tantas personas, que tiene potencial por su masividad de cambiar de alguna manera el mundo o la construcción de él. Una industria con productos que se vuelven cada vez más difíciles de realizar y sostener si no son económicamente rentables. Crecí sabiendo que no muchxs llegaban a hacerlo y que las condiciones eran ásperas porque el laburo fluctúa todo el tiempo. Crecí y egresé del colegio en una época donde la tele argentina, como una industria más, consiguió un respaldo para protegerse a sí misma, poder producir, tanto en el medio tradicional como en nuevas plataformas, y dar voz a los que no la tenían.

Para latas prefiero el atún del chino de enfrente de mi casa que siempre está en oferta.

Brensi Borovich
Brensi Borovich
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