Revista Palta | NO NACÍ DESPIERTA
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NO NACÍ DESPIERTA

Años atrás, si me preguntaban qué era la sororidad hubiese arriesgado que era una expresión evangélica. También hubiese dicho, con soberbia, que militar era síntoma de una carencia; que el activismo era un antídoto natural para cuando la incertidumbre y la soledad te paralizan. En el mejor de los casos, un pensamiento colectivo diseñado para purgar la culpa de los privilegios. Un compromiso demasiado demandante para mi nula academia y ambición de poder.

Desde que decidí abandonar mis sueños de periodista mainstream, empecé una maratón de cursos y talleres para dar con la raíz de mis mambos. Me encaminé en una búsqueda apurada por descubrir una pasión que terminara con esos anhelos primermundistas y de corto plazo que había cosechado en las trilingües huertas que me cultivaron.

En ese recorrido me di cuenta de que lo que más me gusta son las personas. Que mi lugar en el mundo son sus historias y que los mejores relatos están en la diversidad. Fue en terrenos artísticos y de “pensamientos desviados” que entendí que iba a ser difícil comunicar esas realidades en una sociedad tan sistematizada, desigual y excluyente.

Me costó ponerle nombre a esta versión ideologizada mía. Me decían feminazi mucho antes de que me dejara de molestar, y todos los análisis que hice de mi pasado me generaron una angustia más fortalecedora que la que me había causado reprimirla. Vi abusos, violencias, injusticias, errores conceptuales y a mi enorme ignorancia disfrazada de autonomía. El interés por apropiarme de mi cuerpo y mi sexualidad desplazó mi individualidad, y se convirtió en formación en una temática colectiva.

Cuando estaba por ir a Chaco al Encuentro Nacional de Mujeres -el primero para mí- los consejos de algunxs de mis amigxs se volvieron preventivos. En su preocupación vi que no me tenían fe y que, en el fondo, yo tampoco. Mientras una me pasaba un pdf con un “Manual del pequeño detenido”, yo googleaba alternativas al Clonazepan para sobrevivir al pánico que me generan los micros de larga distancia. Tampoco me fascinaba la idea de convivir 72 horas con desconocidas, la incomodidad de los baños o de dormir en el piso. Mis hábitos de niña blanca no jodían tanto como mi pulsión por dejar de ser una feminista junior: necesitaba conocer una manifestación más diversa y de tramas más complejas que las que me ofrece mi ciudad.

En el micro a Resistencia éramos un montón. Una chica de 19 años -que me contó que había participado de cuatro Encuentros- me preguntó mi edad y le cambié de tema. Me avergonzaba reconocer que yo era la más grande del bondi. Tantos años más que ella y tener tan poca calle, estar tan preocupada y sentirme tan poco formada. Ella me dejó de hablar después de una discusión sobre abolicionismo. Yo me quedé con mis pensamientos.

¿En qué momento mis mambos con las relaciones, el trabajo y el sexo se convirtieron en ésto? ¿Cómo fue que los traumas que yo trataba en terapia se trasladaron a una lucha colectiva? Enumeré mentalmente todas las injusticias que me incomodan, más allá de las violencias más extremas que puedo vivir como mujer: pago impuestos por menstruar; los productos de salud que consumo no están propiamente testeados; salir a la calle para mí es una amenaza; me pagan menos que a los varones; me cosifican; mi voz es menos escuchada; es ilegal elegir sobre mi cuerpo y sobre mi vida; el pleno goce de mi sexualidad está sujeto a prejuicios y, como si fuera poco, cada mes y medio alguien de mi entorno me pregunta a qué edad pienso tener hijxs.

También recordé, uno por uno, los efectos de la educación que tuve. Cómo me ayudó a potenciar el “poder” de mis ojos verdes y a rivalizar con otras chicas; cuánto me alejó de todos los caminos que me llevaban a valerme por mí misma y todo lo que delimitó mi libertad. Invoqué a todas las fotos de mi infancia; me vi disfrazada, sonriente, con vestidos de princesa y convencida de que eso era lo que yo quería: un cuento de hadas.

Todavía sufro la resaca de esos años. Cada tanto aprieto mis piernas para chequear cómo avanza mi celulitis y me siento una nota de Infobae. También hay veces que me pongo insegura al lado de chicas fibrosas cuando salgo en short con el chico que me gusta. Pero esos instintos los identifico, los razono y los proceso porque todo lo que hoy me hace feminista me instaló algo valioso: el ejercicio de verme a través de mis ojos y de repensar todas las convenciones que existen sobre mi cuerpo.

Mi primer Encuentro y las variadas historias que ahí conocí, le hicieron jaque mate a todas mis rutinas de militante millenial. Tantas mujeres, de distintas edades y corrientes políticas, con múltiples problemáticas, juntas en la diversidad. Cada componente de ese viaje, desde el micro, las caminatas, la sensación de hermandad, las colas interminables para mear, la falta de conectividad, el ruido constante y hasta los debates -a veces- inconducentes, fortalecieron mi convicción de asumirme tal cual soy: una mujer despertando.

La política y el activismo ahora tienen otra connotación para mí. Reconocerme vulnerable no me hizo sentir débil sino responsable, y somos demasiadxs como para encarar esto sola. El mundo que quiero contar tiene idénticos derechos para ser diferentes, y si buscar que eso se cumpla es ser “feminazi”, entonces para mí es un halago. Mi enojo más grande no es con la sociedad, sino con todo el tiempo que demoré en darme cuenta que ella me estaba escuchando con los ojos. Y el motor principal de mis convicciones no es ese enojo, sino la ilusión de que exista un lugar preparado para ellas: las historias que merecen ser escuchadas antes de llegar a ser tragedias.

Maru Labat
Maru Labat
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