Revista Palta | NO ME PREGUNTEN, SÓLO SOY UNA BARBIE
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NO ME PREGUNTEN, SÓLO SOY UNA BARBIE

Por Tatiana Piotte.

De chica, cuando llegaba la Navidad, siempre pero siempre pedía una Barbie. Nacida y criada en los 90, aprendí, como tantos otrxs chicxs, a pedir lo que la televisión me pedía que pidiera. Este año, después de mucho tiempo, me encontré entrando de nuevo a jugueterías: mitad búsqueda nostálgica, mitad con curiosidad por ver la nueva generación de juguetes.  

El dilema me surgió en el trabajo. Cerrando notas para los chicos observé que la lista que había visto el resto del año escolar estaba dividida en varones y mujeres y me pregunté ¿deberían seguir separándonos en dos sexos? La visita a una primera juguetería me lo confirmó: seguía dividida en el pasillo de las nenas y el pasillo de los nenes. En uno abundaba el azul, el rojo, el negro, colores fuertes y puros; en el otro, el rosa enceguecía. Porque, aunque los colores no tienen sexo, desde que un bebé nace ya se le asigna celeste si es nene y rosa si es nena.

Comencé a recorrer el pasillo rosa, y me volví a reencontrar con los juguetes de mi infancia. Nada había cambiado. Ahí seguían las mismas opciones para convertirte en una pequeña ama de casa: la plancha, la batidora, la licuadora, el set de escoba y palita, el hornito, el lava platos, el jueguito de té y la cocinita. ¿Y qué pasa si un nene quiere jugar con la cocinita? ¿Por qué en la caja la imagen es de un niña y por qué la caja es rosa? Leí que este tipo de juguetes les sirven a lxs chicxs para conocer el mundo adulto y también para adquirir pequeñas responsabilidades, tales como colaborar en la casa. ¡Qué bueno! Significa que aprendimos mucho: sabemos hacer eructar a un bebé, darle la mamadera, cambiarle los pañales. Sabemos que tenemos que ser madres, que queremos ser madres, lo queremos y re-queremos… por eso jugábamos con bebotes. Queremos tener un hogar y ocuparnos de él, nos gusta lavar, nos gusta planchar. Nos gusta, en serio. Resulta que el mundo del juguete no sólo nos prepara para nuestros deberes futuros, sino que nos señala nuestros más profundos deseos (o quizás fabrica un deseo conveniente para la sociedad sin que nos demos cuenta).   

Pero entonces, ¿significa que sólo las niñas deben ayudar? En el pasillo de niños sólo se encontraban los sets de herramientas, para decirles -sin decirles- a todos los varoncitos que mamá no tiene la fuerza ni la habilidad para reparar cosas, que eso se lo dejamos a papá, y a ellos cuando crezcan. (¿Será que los jardines de infantes siguen teniendo “la casita” para jugar a la mamá y al papá? ¿O se habrán dado cuenta que ya no existe la familia tipo?)   

Desesperada por encontrar otro modelo de mujer, continué por el pasillo y me topé con las famosas valijitas. Esas que te mostraban las distintas profesiones. Pero… ¡sorpresa! Sólo estaba la valijita de la maquilladora y la del salón de uñas. Entendí que no te querían sólo ama de casa. ¡Qué anticuada fui al pensarlo!, también tenías que aprender a ser una niña coqueta, toda una señorita. Replicar el estereotipo de la mina superficial que se maquilla, sale y sólo piensa en ir de shopping. Ahí estaba el tocador, el secador y trenzador de pelo, el set de maquillajes y de manicura, los vestiditos y los tacos de princesa. Tacos incómodos y plásticos que te enseñaban una gran verdad: la belleza duele.

Por suerte el pasillo de los nenes no contenía estos elementos de tortura, parecía más copado. Aunque… ¿qué significaba esa cantidad de armas y pistolas? de vaqueros, de policía, de soldado, de otra galaxia inclusive. Gigantes de plástico, que prometían lanzar con más y más fuerza. También se vendían las municiones sueltas. Recordé una peli de Disney, Mulán, en dónde cantan una canción mientras marchan para la guerra: “con armas el varón, con hijos la mujer“. Esa era la forma en que el pueblo ayudaba en tiempos bélicos, la mujer creando ejércitos, el hombre matándolos. De alguna manera esa idea se trasladó al terreno de la infancia y quedó arraigado desde entonces.

Decidí ir a mi zona favorita de la juguetería, a visitar a la muñeca más famosa del mundo, la que tomó al rosa como su emblema e inclusive creó un tipo de rosa: el rosa Barbie.

Lo cierto es que la muñeca fue polémica desde su nacimiento. Su creadora, había tomado como modelo una muñeca alemana pensada para lxs adultxs como juguete sexual. Con sus piernas largas, su abdomen chato, su busto perfecto y su pelo lacio, mostró de entrada un modelo imposible pero envidiable, y si no miren a la fallida Luli Salazar. Probablemente recuerden el episodio de Los Simpsons de la Stacy Malibú: “no me pregunten sólo soy una chica“, lo cierto es que parodia a una Barbie parlante que realmente existió y contenía un repertorio de frases idiotas.

¿La mando a la hoguera o no? En el estante de la juguetería hay Barbies con distintas profesiones, punto a favor. Aunque existen castañas, morochas y con distintos tonos de piel, casi siempre exhiben y venden sólo las rubias, punto en contra. El lema publicitario es “sé lo que quieras ser“, punto a favor. Lanzaron al mercado nuevos modelos con distintos cuerpos, pelo y piel, punto a favor. No los vi en ningún lado, punto en contra.  

Recordé que por el 2000 habían salido otras muñecas a hacerle competencia, era un grupo de adolescentes, todas de diferentes etnias. A mí me molestaba el excesivo maquillaje, los labios de botox,  y que sólo quisieran ir de compras. Intento fallido. Encontré también, las muñecas monstruosas. Como chica del ámbito de las Letras me fastidió que hubiera una hija de Frankenstein (“¡Frankenstein es el doctor, no la criatura!”; “la criatura no puede tener hijos, su drama es que no tiene un semejante”).

Ya en casa, más tranquila busqué y busqué una alternativa. Encontré la Lammily, una nueva muñeca con proporciones reales, que usa toallitas cuando le viene, y le podés pegar cicatrices y tatuajes. ¡Qué genial! Hay esperanza. La recomendé en Facebook, a ella, a sus zapatillas, a su pack de bombachas y toallitas, a sus amigas, a su mochila viajera, a su sombrerito y a su libro de poemas.

En la época del MSN se usaba poner de nick la frase “muñeca de todos, juguete de nadie”, que vendría a significar que la mujer puede ser promiscua sin por eso convertirse en un objeto para el consumo masculino. Aunque la frase habla de libertad, el límite es difuso. Aspirar a ser muñeca ya nos está convirtiendo en juguetes. No nos regalan muñecas para que juguemos con ellas. Nosotras nos transformamos en nuestros propios juguetes. Juegan con nosotras desde que nacemos. Nos crían con estereotipos: tenemos que saber los quehaceres del hogar y también vernos como muñequitas. Ambos demandan la perfección: lucir como una Barbie y ser la ama de casa ideal. En nosotras se conjugan esos modelos y crecen como un cáncer. Además, competimos a la par del hombre y nos defendemos del macho. Más que muñecas; heroínas.

Manuela Martinez
Manuela Martinez
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