Revista Palta | NO ME PEGUEN, SOY LESBIANA
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NO ME PEGUEN, SOY LESBIANA

Nos besamos en la vereda de mi casa, en un recital, en la facultad

Pasa un patrullero. A través de los parlantes del coche canta bajito Mario Luis mientras el semáforo se pone en rojo. Chofer y acompañante, cada uno, medialuna en mano. Corto el beso. Los veo querer decir algo con las bocas llenas de harina y azúcar; son las 7 de la mañana, es domingo, estamos frente a Plaza Moreno. Agudizo la vista porque no veo bien de lejos, aunque mi expresión tranquilamente puede dar una impresión de cierta actitud indecorosa. Y sonríen.

Miro a la chica que me acompaña. No nos alteramos demasiado porque ya amaneció, suponemos que la luz del día nos protege. El que más cerca tenemos nos hace una radiografía de pies a cabeza, sube las cejas y se lame los labios; la manteca de la factura en las comisuras de la boca no le sienta bien, aunque son el broche de oro de una escena de por sí grotesca y repugnante. Luz verde, el auto avanza.

Nos besamos en una esquina, en un boliche, en una plaza

Me encuentro con una chica en un boliche platense bien rockero. La mayor parte del público: varones. Camperas de cuero, remeras negras, barbas ilustres que indican años de espera y cuidado.

Estamos apoyadas contra la pared. Está tan oscuro y la música tan fuerte que perdemos la noción del tiempo -y quizás también del espacio-. Hasta que el volumen empieza a bajar y las luces a subir; resulta que la mitad de la gente ya se fue. El guardia de seguridad nos mira sin disimulo, con las manos en la espalda, recostado a la pared. El barman, lo mismo; un pibe se acerca y con un ademán canchero nos pregunta si estamos solas, si nos vamos solas. ¿Solas? Claro: sin un varón.

Nos besamos en un restaurante, en un hospital, en una parada de colectivo

Unos pibes pasan y nos miran. Son dos, son tres. Atinan a frenar, pero siguen, aunque a paso lento no sin antes murmurar algo. Otro beso interrumpido. Los miro, les respondo con la mirada no tengo nada para decirles, uno sonríe: no llego a descifrar si quiere levantarnos o desafiarnos. Mientras, sus amigos lo incitan a seguir camino. Se alejan riéndose con cobardía; ninguno dice nada.

Se besan en el subte

Rocío y Mariana están en la estación Constitución del tren Roca. Es lunes 2 de octubre, el reloj acaba de marcar las 13 horas, ellas fuman un cigarrillo; ya fumaron otros en la hora que pasó. Entre bocanadas de humo se besan, se abrazan, se acarician. Se besan porque tienen ganas, porque están juntas, porque están en todo su derecho.

Mientras tanto, un efectivo de Metrovías las observa. Lo exasperan, lo provocan, lo hacen transpirar. Transpira indignación, transpira lesbofobia.

A Mariana Solange Gómez, una agente mujer y el agente Jonathan Rojo de la Policía de la Ciudad la increpan en el centro de trasbordo del subte C. Vienen a socorrer al espectador del beso que en consecuencia va a resultar aliviado y satisfecho. La agente la agarra del cuello, la tira al piso ㅡmás tarde el pie de Mariana se empezará a hinchar: la policía acaba de esguinzarle el tobilloㅡ y le da lugar a Rojo para que se le suba encima y la espose. La caza de las lesbianas es exitosa.

Mariana no puede respirar, pero resiste. Porque es fuerte, resiste. Respira cuando puede; siente cómo el pie le late ㅡel peso de Rojo le aplasta la espaldaㅡ y cómo sus manos resisten el estrujamiento de las esposas. Piensa que podrían romperse como una hoja seca de otoño.

Así la tendrán durante las siguientes tres horas por orden de la policía Karen Villegas. Hasta que Rojo la traslada ㅡsin revelar el destino ni la jurisdicción que intervendráㅡ a la delegación de la Policía de la Ciudad en la superintendencia de subtes de la Línea E, estación Boedo. Esa será la siguiente sede de la violencia policial, esta vez, puertas adentro.

Mariana lo vivió y se acuerda. Reproduce en su mente las memorias de esa tarde noche como una película que mejor olvidar. Ahí está ella, es la protagonista principal: desnuda, visible, arañada, teñida de moretones morados.

Entre una requisa vejatoria y otra, la provocan. “¿Qué hacías besándote con tu amiga?”, le dicen. Esto te pasa por fumar en una estación. Esto te pasa por violar la ley.

ㅡMirá, y eso que parecés un tipoㅡ escucha, mientras le revisan los genitales un lunes 2 de octubre de 2017 alrededor de las 17 horas en la delegación de la Policía. Buscan droga, no la van a encontrar. Buscan humillar, lo van a conseguir.

La lesbofobia es compatible con la cobardía.

A Rocío Girat, su esposa, le exigieron un certificado de matrimonio para constatar que estuvieran casadas. Ella se pregunta a qué pareja heterosexual le exigen pruebas como esa. Ella les repitió hasta el cansancio: no es mi amiga, es mi mujer.

Rocío sí que conoce el funcionamiento de las fuerzas de (in)seguridad. Lo aprendió en su casa porque su padre, Marcelo Girat, exsuboficial de la Armada, la violó sistemáticamente entre sus 13 y sus 17 años. La torturaba en casa, la torturaba en la Base Naval de Mar del Plata. Gritaba, atada a una silla; sobre su cuerpo, el tipo apoyaba una cuchara caliente. Sentía el placer. Una vez tras otra, el metal ardiente le achicharraba la piel.

Pasaron los años. Rocío se hartó de servir. Rocío se cansó de proteger. Rocío se hastió de callar. Y denunció. Para denunciar a un padre violador hay que tener mucha valía. Ahora Marcelo Girat fue condenado a 14 años de prisión y pasa los días en Batán.

Mariana recuperó la libertad que le arrebataron, pero hay moretones y lesiones que todavía hablan en nombre de la Policía y nos mandan un mensaje: la violentaron y la arrestaron por ser lesbiana, por besarse con su esposa, por no lucir como una dama, por parecer un pibe.

La Policía nos interpela, vuelve a amenazarnos y a perseguirnos. La Policía nos golpea, nos asusta, nos empuja hacia a la intimidad y el ámbito privado.

Muy a pesar de esto, a nuestras pulsiones no las pensamos censurar. Las tortas no pensamos besarnos entre cuatro paredes, correr la cortina, esperar a llegar a casa para canalizar nuestros deseos.

Nos besamos en la estación, en una marcha, en un parque.

La policía no me llevó presa. Por ahora.

Ana Carrozzo
Ana Carrozzo
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