Revista Palta | NO ES UN MUNDIAL: ES HISTORIA
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NO ES UN MUNDIAL: ES HISTORIA

Así como mi proyección política no goza de buena intuición, tampoco mi optimismo. Ni por asomo imaginaba que para el 13 de junio me iba a organizar con mis amigas para llevar mantas, termos de agua caliente y una tela verde de tres metros para pasar la noche afuera del Congreso, mientras se trataba -por primera vez- una Ley para legalizar el aborto. Tampoco suponía encontrarme con tal multitud. Una masa de personas que me arrastraban como una ola a una orilla que no aparecía nunca. La marea verde que viste en redes sociales no es alegórica: es eso, un fenómeno natural del tamaño de un maremoto, compuesto por la fuerza colectiva que nació de las injusticias, la desigualdad y la necesidad urgente de obtener derechos. De hablar de mi cuerpo, de mi destino como mujer, sin tabúes.

Cánticos, cuerpos encastrados unos con otros, avanzando en masa y generando una dirección difusa. Mi individualidad en las inmediaciones del Congreso ya era parte de una inmensidad que estaba dispuesta a llenar cada espacio con tal de hacer visible esos deseos de autonomía que queremos para todos los días. Supongo que la emoción mezclada con ansiedad que me acompañó los días previos a la vigilia me adelantó un estado lábil, de llanto fácil, de querer compartirlo con ese calor amigo de quienes transitan este camino conmigo. Necesitaba ver a mis amigas. Y tuvo que pasar una noche entera para, después de haberlas encontrado, ver que en esta oportunidad mis amigas eran todas: nunca abracé a tantas desconocidas con tanto amor como cuando anunciaron la media sanción en altavoz.

El aborto, en mi caso, jamás fue un tema a debatir en casa. En mi familia se han practicado abortos clandestinos, pero seguros: porque su posición económica lo habilitó y porque su educación les brindó otras interpretaciones morales. Tuve la libertad de crecer libre de ideologías nacidas y criadas en la metafísica; el privilegio de tener una mamá profesional y libre -dentro de los acotados márgenes de su generación-, y un papá que no se esconde cuando llora, labura y hace tareas del hogar. Suerte. Tuve suerte. Entender que esa suerte puede darme la chance de ampliar mi conciencia y hermanarme con personas que tienen otras realidades, fue un logro del feminismo. Y también hizo que viera que nadie, menos alguien de mi edad y educada en institutos privados y despolitizados, está libre de machismo en este mundo. Todo empezó por mí. Y el feminismo me enseñó que levantar la mano para hacer preguntas es algo que no se juzga ni se humilla.

El feminismo abrazó mi ignorancia, mis mambos de clase, mi nula militancia, mis años de observar al mundo desde una lógica patriarcal y me permitió liberarme. Porque el feminismo nace y crece con cada una de las preguntas que no nos hicimos, que nadie nos enseñó en ningún manual de historia y que tampoco quieren que hagamos. Acá no saber está bien y es necesario, porque lo dado -en donde también ubico al sentido común- está embriagado del mismo cóctel machista que tomamos sin preguntar qué tiene desde que somos niñxs.

Luciana Peker bautizó este ardor feminista como la revolución de las hijas. En esa categoría me incluyo, porque soy hija y, aunque a veces reniegue de mi juventud, sé que cuento con la edad suficiente como para permitirme cambios en los dogmas que esta cultura imprimió en mi cuerpo, mi sexualidad y mis proyectos como persona. Por haber nacido mujer, por auto-percibirme mujer, por ser heterosexual. Pero sé también que en la poderosa y fiel carátula de Peker las más implicadas son las más pibas.

Compartí la noche entera con esa juventud imparable, consciente de la importancia de la lucha y de ocupar el espacio público, de buscar visibilidad a pesar de un frío que nos anestesiaba la piel. Esa brisa de aires nuevos me recordó a mí, a esa misma edad, tan lejos de estar bañada en brillantina y haciendo ruido por mis derechos. En mi adolescencia yo tenía la líbido puesta en ser gustada por los que me gustaban y hoy las adolescentes tienen la líbido puesta en liberarse. Chicas para afuera, sin estar pendientes de su aspecto, distintas una de las otras, vibrando sin pudor en cada instancia festiva que acompañó esa vigilia tan desesperanzadora por momentos. Eso me queda grabado como la esperanza que no arrebatará ningún pronóstico ni resultado eventual. Las hijas, ellas, viven un presente que las tiene compañeras, hermanadas.

El feminismo es un movimiento transversal y esto quedó claro en el recinto de la cámara baja. El abrazo de referentes de distintos frentes, la empatía que sentí con personas que no votaría; la diversidad de generaciones en la calle, de identidades, de creencias: todxs atentxs a un resultado. Incluso alcanzó a personas que no se perciben feministas y que acompañan la conquista de un derecho que para muchxs es obvio: poder elegir nuestros proyectos. Lo que quedó claro después de esa jornada de 23 horas es que no hay retorno: vamos por una nueva política que nos incluya, y a partir de ahí plantaremos diferencias ideológicas y criterios políticos. Yo vi más de 20 veces la intervención de Lospennato y me emociona, porque aunque jamás le daría mi voto, en esta nos sentí juntas. El 14 de julio me hizo entender que mi apatía política durante tantos años tuvo que ver con que mis posibilidades de verme representada allí eran escasas. Hoy siento que mi portación de útero es un elemento de lucha y no una marca del destino.

Te faltan huevos: expresión más representativa no existe. En la vigilia y en la media sanción quedó claro que la ausencia de “huevos” es una herramienta de poder, que tenemos que seguir presionando para que existan políticxs capacitadxs para gobernarnos, y que muchas mujeres que votan leyes bregan por los huevos que Dios no les dio. Y nos comparan con perros porque, asumo, así de domesticadas deben haberse sentido toda su vida.

En un momento Victoria Donda se confunde, se le percibe un fallido en medio de su temblorosa exposición. Ella se refiere a “la oposición”, y después lo corrige. No hablaba de la oposición -exclusivamente- de este gobierno. Se refiere a las personas en contra de la legalización. Me gustó su error: porque la oposición, ahora y para nosotrxs, son todxs aquellxs que perpetúan una forma de gobernar que priva de libertad y autonomía a muchas personas. Y es por eso mismo que las diferencias partidarias se fundieron en abrazos después de la sesión, y eso también quedará para la historia.

En el debate también percibí que a muchxs diputadxs les costaba hablar. Incluso a algunxs que votaron a favor, como si la idea no la tuvieran del todo cerrada ni al tema tan estudiado. Con mis amigas nos preguntábamos si acaso vieron alguna de las 700 ponencias. Si con ese criterio de comparar nuestros cuerpos con los de los marsupiales, o hablar en nombre de Dios, comparar el aborto con el genocidio de la última dictadura, votan toda ley que ahí se trata. Si su convicción nace de su formación e ideología política o de las encuestas que hacen en twitter. Este tratamiento hizo sonar una alarma, y a la política de antes la dejó en ridículo.

En la plenaria de comisiones escuché a las personas que me iluminaron y enseñaron en todo este despertar, como Luciana Peker, Mariana Carbajal, Laura Belli, Claudia Piñeiro y Diana Maffia, entre otras. En cada ponencia a favor del aborto construí un nuevo tipo de fe que no tiene que ver con la religión sino con la esperanza de vivir bajo su amparo. Dolores Fonzi dejó de ser un estándar inalcanzable de belleza y pasó a ser una referente de lucha. Admiré y aprendí con las palabras de una chica de 18 años: Ofelia Fernández. Me emocioné con los varones del bien, representados por Darío Sztrainzrajberr. Sentí empatía con cuentas de twitter, me comprometí a entender más y más el problema del aborto, porque la hora de este debate es ahora. Y a nada de esto lo hice sola porque mis amigxs y este espacio siempre estuvieron a la orden del intercambio de información.

A lxs diputadxs que votaron a favor se les debe haber movido algo parecido. Más o menos comprometidxs con el feminismo, con mayor o menor estrategia política encima, todxs se plantaron en contra de la moral cristiana, cuyo exponente, el Papa, compara al aborto con el holocausto. Este debate alcanzó a familias, amigxs, al mainstream de la tele; instaló el tema sobre la mesa: el aborto existe, la postura del Estado puede ser dejarlo en la inseguridad -y el miedo, la vergüenza, la humillación- de lo clandestino o hacerlo por la vía legal. Un amigo me dijo que el problema del feminismo es que no tiene una alternativa política y acá se reveló que el problema es a la inversa: la política no estuvo eligiendo una alternativa feminista. Hasta ahora.

Dicen que este es nuestro mundial. No estoy de acuerdo. Esto no es una fiebre mundialista de corto plazo. No la estamos tribuneando, estamos haciendo política. No fue el grito de un gol, no se defendió a un ídolo o a una camiseta. Somos nuestra propia metáfora: un grito de aborto legal. Y en este avance sentí, en mi pecho y en los abrazos con mis amigas y con desconocidas, que pase lo que pase en el Senado, el feminismo ya está listo para que ocupemos esos espacios que nos fueron negados históricamente.

Porque ahora sí estamos juntas y ahora sí nos ven.

Maru Labat
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