Revista Palta | NO ES AMOR
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NO ES AMOR

Como millenial, a diferencia de generaciones anteriores, soy una mujer que tuvo la suerte de tener aspiraciones profesionales. Soñar con ser una trabajadora activa no me resultó tan lejano como, asumo, le habrá parecido a las mujeres de la edad de mis abuelxs. Crecí jugando con juguetes como Barbie y Juliana, que me inspiraban a ser una adulta con muchos trabajos que corría de un lado a otro con una valijita con todo lo necesario para sus quehaceres diarios: una agenda, un estetoscopio, un celular, una mamadera, un producto para limpiar vidrios.

En esos momentos me parecía sencillo, y hasta esperanzador. Supongo que también fue así porque me enseñaron a valorar y a agradecer que las mujeres pudiésemos entrar en un espacio donde, hasta hace unos años, sólo entraban hombres. Tiempo más tarde entendí que la única manera de llevar a cabo una vida armoniosa y ordenada tanto en lo profesional como en lo personal, sería haciendo malabares (o tercerizando actividades que, parecía ser, me tocaban a mí).

Desde que me fui de la casa de mi familia que, al volver del trabajo, me encuentro con un doble turno. Quehaceres que me cansan, me cuestan y que, además, deben ser invisibles. Como si la limpieza fuese el estado natural de mi departamento; algo que, paradójicamente, sólo se deja ver en su ausencia. En la heladera vacía, el piso sucio, el horno grasoso, las ventanas marcadas, la cama deshecha. Probablemente, en unos años a esta lista se le sume el desorden de mi futura familia. Juguetes desparramados en el piso y pelos de barba en la bacha del baño. Me pregunto cómo será la dinámica en ese entonces.

Según el INDEC, las mujeres en Argentina invertimos tres horas más que los hombres en las estos quehaceres, fundamentales para el funcionamiento del mundo. Nosotras hacemos el 76% de este trabajo. El equipo de EcoFeminita hizo un gran trabajo reuniendo estos -y más- datos. Como explica Katrine Marçal en su libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, las tareas del cuidado representan un sustento material y emocional sin el cual la sociedad no podría llevarse adelante; sin embargo, no son reconocidas dentro de los modelos económicos, no aparecen en la contabilidad pública. Sólo son tenidas en cuenta cuando se tercerizan, por ejemplo, en empleadas domésticas, guarderías o geriátricos. Esta subestimación se refleja en el hecho de que, en términos evolutivos, la participación de los varones en el hogar no se haya movido al mismo ritmo que la inserción de las mujeres en el mercado laboral. Por ende, todas esas tareas que, en la época de nuestras abuelas, se nos asignaban a nosotras, no fueron redistribuidas.

El trabajo doméstico no remunerado es una de las principales causas de desigualdad, y es clave visualizarla para poder combatirla. Como se pregunta Mercedes D’alessandro en su libro Economía Feminista: “¿Podemos aspirar a un mundo igualitario cuando ni siquiera reconocemos el trabajo cotidiano de millones de mujeres?”

Parte de esta invisibilización tiene que ver con que, históricamente, se cree que estas tareas nos corresponden a las mujeres; como si fregar los pisos, hacer las compras y sacar piojos fuesen atributos de la personalidad femenina. Algo que hacemos por amor a la familia, al punto que cuando una mujer se dedica exclusivamente a estos quehaceres, se dice que “no trabaja”. Ser una buena ama de casa se convirtió, gracias al entrenamiento diario que recibimos de chicas con la cocinita, la escoba y la palita rosas, en algo deseable para nosotras, algo a lo que aspirar.

De la misma manera, se naturaliza que una mujer está dispuesta a sacrificar su carrera en pos de cuidar a su familia o tener hijos. Muchos empleadorxs incluso especulan a la hora de contratar a una mujer con cierta edad (en la que, se supone, ya debería desear ser madre), y la entrevistan haciéndole todo tipo de preguntas sobre su vida personal; porque se espera que una mujer tenga conflictos en su trabajo derivados del cuidado de su familia. En este sentido, la maternidad penaliza a las mujeres, porque respecto a los varones, nos vuelve más costosas para los empleadores. De ellos, en cambio, se espera lo opuesto. Y no solamente eso: se habla como si las tareas del hogar vulnerabilizaran la masculinidad.

Me acuerdo que, con ocho años, me fasciné con una idea: a una compañera de la escuela le aumentaban su mensualidad en proporción a la cantidad de trabajo que hiciese en la casa. En un mundo donde todo tenía un precio, me pareció obvio que esas tareas no eran algo que hiciéramos por amor; ni yo, ni mamá, ni “la chica que la ayudaba en casa”. Mi tiempo también era valioso y, si iba a invertirlo en algo trabajoso en vez de mirar la televisión o hacer pulseritas de macramé, que me dieran algo a cambio. Cuando lo planteé en mi casa no sólo me dijeron que no, sino que además les pareció de mal gusto. Nada de sobornarme para que yo lavase los platos o pasara un trapito por el mueble: eran las responsabilidades que venían con el mundo adulto.

Es extraña la manera en la que tendemos a naturalizar la negatividad de ciertas cosas que, de niñxs, deducíamos por lógica pura. Tuve que, primero, sentir culpa por ser una mala ama de casa y después leer a Silvia Federici hablar sobre nuestra necesidad de luchar por un salario para el trabajo doméstico; para volver a entenderme con mi yo de ocho años.

Hoy, esas horas que sólo tienen un precio cuando se tercerizan, las mujeres podríamos invertirlas en estudiar, hacer un posgrado, o trabajar fuera de casa. O incluso en disfrutar del ocio. Podrían incluso ser la clave para ascender en puestos laborales y obtener maestrías y salarios más altos.

En El cuidado infantil en el siglo XXI, Eleonor Faur plantea un círculo cruel alrededor del tiempo que destinan las mujeres al cuidado infantil según sus ingresos: explica que las de hogares más pobres le dedican más tiempo -porque no tienen otras opciones-, y por ende tienen menos posibilidades de acceder a un trabajo fuera del hogar, a educación, etc. Y aunque considera que muchas de ellas pueden elegirlo felizmente, también explica que todas esas decisiones se realizan dentro de un marco concreto tanto social, como cultural y económico.

Es verdad. Las políticas de Estado y las leyes y estructuras que ordenan esta sociedad legitiman esta división de roles, anacrónica e inequitativa, al interior de la familia. Se puede ver en el diferencial entre las licencias de maternidad y paternidad, en la falta de guarderías en lugares de trabajo (privadas o estatales), en la imposibilidad de jubilación para las mujeres que se dedican, exclusivamente, al trabajo doméstico. Esta situación no sólo genera desigualdad, sino que en muchos casos también genera dependencia económica de algunas mujeres con respecto a sus parejas, algo que puede ser muy peligroso en casos de violencia machista, al encontrarse ellas sin posibilidad de irse.

Parte de los reclamos del Paro Internacional de Mujeres convocado para este 8 de marzo apuntan en esta dirección: nosotras paramos porque queremos dejar de ser invisibles.

Quizás desaparecer de algunos lugares sea una herramienta para que empiecen a vernos. Para empezar a buscar una reorganización equitativa, entre varones y mujeres, pero también acompañada por instituciones y políticas de Estado. Para dejar de encaminarnos a un futuro como el de los Supersónicos, con grandes avances tecnológicos, donde la familia tradicional sigue sujeta a una división de roles injusta; y donde no hay lugar para otras configuraciones de familia.

Yo paro para que mis futuras hijas, si como yo, hablan de ser astronautas, bailarinas, veterinarias, bomberas y mamás a la vez, tengan el camino un poco más fácil.

Manuela Martinez
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